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Como Avivar la Llama de la Pasión

7308 palabras

Como Avivar la Llama de la Pasión

La rutina nos había comido vivos a Marco y a mí. Diez años de matrimonio, una casa chida en Polanco, trabajos que nos dejaban hechos mierda al llegar, y las noches se reducían a un beso rápido antes de caer rendidos en la cama king size. Pero esa chispa, esa llama de la pasión que nos había unido en la playa de Cancún hace una década, se estaba apagando. Yo, Ana, de treinta y cinco tacos, con mi curvas que aún volvían locos a los weyes en la calle, no iba a dejar que eso pasara. Busqué en Google como avivar la llama de la pasion y leí un chorro de consejos: sorpresas, lencería, juegos previos. Órale, pensé, esta noche voy a prenderle fuego al carnal.

Me metí al baño mientras él veía el partido de las Águilas en la tele. El vapor del agua caliente llenaba el aire con el aroma dulce de mi gel de baño de vainilla y jazmín, ese que sabe a pecado. Me depilé con cuidado, cada roce de la cuchilla en mi piel suave me erizaba los vellos. Me unté crema hidratante, masajeando mis pechos firmes, imaginando las manos callosas de Marco apretándolos.

Va a flipar cuando me vea, el muy pendejo no sabe lo que le espera
, me dije en el espejo empañado, mordiéndome el labio inferior hasta que se hinchó un poquito.

Salí envuelta en una bata de seda negra que rozaba mis muslos como una caricia prohibida. La casa olía a las enchiladas suizas que preparé antes, pero ahora el ambiente se cargaba de algo más primitivo: anticipación. Marco estaba tirado en el sofá, chela en mano, gritando goles. Me acerqué por detrás, mis tetas rozando su nuca, y le susurré al oído con voz ronca: "Apaga esa madres, mi rey, que hoy te voy a enseñar como avivar la llama de la pasion". Él se volteó, ojos como platos, y yo dejé caer la bata al piso. Ahí estaba yo, desnuda, solo con unas tanguitas de encaje rojo que apenas cubrían mi conchita ya húmeda.

Su mirada me recorrió entera, del cabello negro suelto que caía en cascada sobre mis hombros, bajando por mi cintura estrecha, hasta mis caderas anchas y piernas tonificadas de tanto gym. "¿Qué pedo, Ana? ¿Estás cañona o qué?" balbuceó, su voz grave temblando. Lo jalé del brazo, lo puse de pie y lo besé con hambre, mi lengua invadiendo su boca, saboreando la cerveza fría y su saliva cálida. Sus manos grandes me agarraron el culo, apretando fuerte, y sentí su verga endureciéndose contra mi vientre plano. El corazón me latía como tamborazo en la cabeza, el pulso acelerado en mis sienes.

Lo llevé a la recámara, el pasillo iluminado solo por velas que prendí antes, lanzando sombras danzantes en las paredes blancas. La cama nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, y el aire olía a incienso de sándalo que compré en el tianguis de Coyoacán. Lo empujé suave contra el colchón y me subí encima, a horcajadas sobre sus jeans. "Quítate todo, carnal, pero despacio, que quiero verte", le ordené, y él obedeció como perrito, desabotonando su camisa con dedos torpes. Su pecho moreno, marcado por horas en el gimnasio, brillaba bajo la luz tenue. Le lamí un pezón, mordisqueándolo, y él gimió bajito, un sonido gutural que me mojó más.

Mientras él se sacaba los pantalones, yo bailé para él, meneando las caderas al ritmo de una cumbia imaginaria en mi cabeza. Mis manos bajaron por mi cuerpo, rozando mis pezones duros como piedras, hasta meterme un dedo en la tanga, tocando mi clítoris hinchado. "Mírame, Marco, mira como me prendo pensando en ti". Él se masturbaba ya, su pito grueso y venoso palpitando en su puño, la cabeza roja brillando con precum. El olor a macho sudado me invadió las fosas nasales, mezclado con mi propio aroma almizclado de excitación. Me quité la tanga de un jalón y me arrodillé entre sus piernas, lamiendo sus bolas peludas primero, chupándolas con succiones lentas que lo hacían arquear la espalda.

Esto es como avivar la llama de la pasion, pensé mientras subía mi lengua por su tronco, saboreando la sal de su piel, hasta engullir su verga entera. La sentía golpear el fondo de mi garganta, mis labios estirados alrededor de su grosor. Él me agarró el pelo, no fuerte, sino guiándome, gimiendo "Ay, pinche Ana, qué chingón". Escupí saliva por su eje, lubricándolo, y lo mamé con ritmo, mis tetas rebotando con cada movimiento. Sentía mi coño chorreando, las sábanas ya mojadas debajo de mí.

No lo dejé acabar. Me subí de nuevo, frotando mi raja húmeda contra su pito, lubricándolo con mis jugos. "Fóllame ya, mi amor", le rogué, y él volteó el juego, poniéndome boca arriba con una fuerza que me encantó. Sus besos bajaron por mi cuello, mordiendo suave, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Chupó mis tetas, succionando los pezones hasta que dolió de placer, y sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos expertos.

Diez años y aún sabe exactamente cómo hacerme volar
, gemí en mi mente mientras mis caderas se alzaban solas.

Me abrió las piernas anchas, admirando mi coño depilado, rosado y abierto como flor. "Estás empapada, mamacita", murmuró, y hundió dos dedos adentro, curvándolos contra mi punto G. El sonido de mis jugos chapoteando llenó la habitación, obsceno y delicioso. Lamí sus dedos después, probando mi sabor dulce y salado, y él gruñó como animal. Finalmente, posicionó su verga en mi entrada y empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. "¡Sí, cabrón, así!" grité, mis uñas clavándose en su espalda musculosa.

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mis paredes internas, su pubis chocando contra mi clítoris. El sudor nos cubría, gotas cayendo de su frente a mis tetas, resbalando calientes. Aceleró, la cama crujiendo bajo nosotros, mis gemidos mezclándose con sus gruñidos roncos. "Más duro, Marco, rómpeme", le supliqué, y él obedeció, follándome como en nuestros primeros días, salvaje y posesivo. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de su pito.

Cambié de posición, queriendo control. Me puse a perrito, mi culo redondo alzado, y él me penetró desde atrás, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Agarró mis caderas, jalándome contra él, y metió un dedo en mi ano, solo la yema, lo suficiente para volvernos locos. El placer era eléctrico, rayos subiendo por mi espina. "Me vengo, me vengo", chillé, y exploté, mi coño ordeñando su verga en espasmos, chorros calientes salpicando sus muslos. Él no aguantó más, sacó su pito y se pajeó furioso, eyaculando chorros espesos y blancos sobre mi espalda, marcándome como suyo.

Caímos exhaustos, jadeando, su cuerpo pesado sobre el mío. El aire olía a sexo crudo: semen, sudor, mi esencia. Me besó la nuca, suave ahora, sus manos acariciando mis costados. "Te amo, Ana, gracias por esto", susurró. Yo sonreí, el corazón lleno.

Así es como avivar la llama de la pasion: recordándole al carnal quién manda en la cama
. Nos quedamos así, enredados, hasta que el sueño nos venció, sabiendo que esto era solo el principio de noches más calientes.

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