Relatos
Inicio Erotismo Cañaveral de Pasiones Capitulo 48 Llamas en la Caña Cañaveral de Pasiones Capitulo 48 Llamas en la Caña

Cañaveral de Pasiones Capitulo 48 Llamas en la Caña

7653 palabras

Cañaveral de Pasiones Capitulo 48 Llamas en la Caña

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones como un amante posesivo, haciendo que las hojas verdes se mecieran con un susurro constante, ese roce seco que parecía prometer secretos. Yo, Javier, caminaba entre los altos tallos, sintiendo el sudor empaparme la camisa pegada a la espalda. Hacía semanas que no veía a Lupe, desde ese capitulo 48 de nuestra historia que aún me quemaba en la piel. El aire olía a tierra húmeda y a caña madura, dulce como el aliento de una mujer deseosa.

La encontré al fondo del campo, donde los tallos se cerraban como un velo. Lupe estaba inclinada, cortando un manojo con su machete, el sudor perlando su cuello moreno y resbalando hasta perderse en el escote de su blusa ajustada. Su falda floreada se pegaba a sus caderas anchas, moviéndose con cada golpe preciso. Chingado, qué mujer, pensé, el corazón latiéndome fuerte como tambor de fiesta. Ella levantó la vista y sus ojos negros me atraparon, brillando con esa chispa que siempre me ponía la verga dura al instante.

—Javier, carnal —dijo con esa voz ronca que me erizaba los vellos—. ¿Qué haces aquí tan temprano? El jefe anda cerca.

Me acerqué, el crujido de mis botas ahogándose en el viento. Olía a ella ya, a su perfume de jazmín mezclado con sudor fresco. La tomé de la cintura, sintiendo su calor a través de la tela fina.

—No pude más, Lupe. Desde lo del otro día, en el río, te traigo loca en la cabeza. Este cañaveral de pasiones capitulo 48 no espera, güey. Necesito sentirte.

Ella soltó una risa baja, juguetona, y se giró hacia mí, su cuerpo presionando el mío. Sus pechos firmes rozaron mi torso, y juro que sentí sus pezones duros como piedritas. El machete cayó al suelo con un golpe sordo, y sus manos subieron a mi nuca, enredándose en mi pelo húmedo.

Si el jefe nos pilla, estamos jodidos, pero qué chingados, este fuego no se apaga con un regaño.

Sus labios se pegaron a los míos, saboreando a sal y a miel de caña que chupaba mientras trabajaba. La besé con hambre, la lengua explorando su boca cálida, succionando ese néctar que me volvía loco. Sus gemidos suaves se perdían en el rumor de las hojas, como si el cañaveral mismo aprobara nuestro pecado.

La empujé contra un grupo de tallos gruesos, que se doblaron pero no cedieron, envolviéndonos en su sombra verde. Mis manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas redondas, firmes bajo la falda. Ella jadeó, arqueando la espalda, y yo metí la mano por debajo, encontrando su piel suave, caliente, y su calzón ya empapado.

Estás chingada de mojada, mi reina —le murmuré al oído, mordisqueando el lóbulo—. Me encanta cómo te pones por mí.

—Es por ti, pendejo —rió ella, pero su voz temblaba de deseo—. Tócame, Javier. Hazme tuya aquí mismo.

El calor subía, el sol filtrándose en rayos dorados que bailaban sobre su piel olivácea. Le subí la falda hasta la cintura, exponiendo sus muslos fuertes, marcados por el trabajo pero suaves al tacto. Arranqué el calzón con un tirón, oyendo el rasgón ligero, y mis dedos encontraron su concha hinchada, resbaladiza de jugos calientes. Ella gimió fuerte, clavándome las uñas en los hombros, el sonido ahogado por el viento que azotaba las cañas.

La penetré con dos dedos, sintiendo sus paredes apretarme, pulsando como un corazón desbocado. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me nublaba la razón. Lupe se movía contra mi mano, cabalgándola, sus caderas girando en círculos lentos, torturantes.

—Más, chulo. No pares —suplicaba, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta dejando escapar jadeos entrecortados.

Me arrodillé frente a ella, el suelo terroso raspándome las rodillas, pero no importaba. Separé sus labios con la lengua, lamiendo desde el clítoris hasta el fondo, saboreando su sal dulce, espesa. Ella temblaba, sujetándose a las cañas, que crujían bajo su peso. Chupé su botón hinchado, succionándolo con fuerza, mientras mis dedos seguían follándola adentro. Sus muslos me apretaban la cabeza, el sudor goteando en mi boca, mezclándose con su esencia.

Esto es el paraíso, carajo. Su sabor, su olor, todo ella me consume.

Lupe gritó mi nombre, el cuerpo convulsionando en un orgasmo que la dejó jadeante, las piernas flojas. La sostuve, besando su vientre suave, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel. Pero no habíamos terminado. Mi verga latía dolorida dentro del pantalón, pidiendo libertad.

—Quítate la ropa, amor —le ordené, la voz ronca—. Quiero verte toda.

Ella obedeció, desabotonando la blusa con dedos temblorosos, dejando caer los pechos plenos, oscuros pezones erectos como invitación. Me desnudé rápido, mi polla saltando libre, venosa y dura, goteando precum. Lupe la tomó en su mano cálida, masturbándome lento, el roce de su palma callosa enviando chispas por mi espina.

Qué rica verga tienes, Javier —dijo, lamiendo la punta, saboreando mi sal—. Te la voy a mamar hasta que ruegues.

Se arrodilló, engulléndomela hasta la garganta, su boca húmeda y caliente succionando con maestría. El sonido obsceno de su chupada se mezclaba con el zumbido de insectos y el susurro eterno de las cañas. La vi tragar, las mejillas hundidas, los ojos fijos en los míos, y casi me vengo ahí. La detuve, tirando de su pelo suave.

—No, mi vida. Quiero follarte ya.

La puse de espaldas contra las cañas, levantándole una pierna. Su concha brillaba, abierta y lista. Empujé despacio, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndome, apretándome como guante de terciopelo mojado. Gemí profundo, el placer subiéndome por las bolas hasta el pecho.

Ay, Javier, qué grande estás —gimió ella, moviendo las caderas para tomarme todo—. Fóllame duro, como animales.

Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo el roce de su interior, el jugo chorreando por mis huevos. El cañaveral nos mecía, las hojas rozándonos la piel como caricias extras. Aceleré, mis caderas chocando contra sus nalgas con palmadas húmedas, el sudor volando. Ella gritaba, "¡Sí, cabrón, así!", clavándome las uñas en la espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso.

El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con la dulzura de la caña. Sus pechos rebotaban con cada embestida, y yo los amasaba, pellizcando los pezones hasta hacerla aullar. Cambiamos: ella encima, cabalgándome en el suelo blando, sus muslos apretándome, el ritmo frenético. Veía su cara de éxtasis, el pelo negro pegado a la frente, la boca abierta en gemidos salvajes.

No aguanto más, este calor me va a matar, pero qué muerte tan chingona.

El clímax llegó como tormenta: ella se tensó, la concha contrayéndose en espasmos, ordeñándome mientras gritaba mi nombre al cielo. Yo exploté dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegándome, el cuerpo temblando en oleadas. Nos quedamos unidos, jadeando, el corazón tronando en unisono.

Después, recostados entre las cañas, el sol bajando tiñó todo de oro. Lupe acurrucada en mi pecho, su dedo trazando círculos en mi piel sudorosa. Olía a nosotros, a paz después de la guerra.

—Esto es nuestro cañaveral de pasiones, Javier —susurró—. Capítulo 48 y contando. Nadie nos para.

Sonreí, besando su frente salada. El viento susurraba promesas de más, y supe que volveríamos, siempre.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.