Relatos
Inicio Erotismo El Demonio de la Pasión de Cristo en Mi Carne El Demonio de la Pasión de Cristo en Mi Carne

El Demonio de la Pasión de Cristo en Mi Carne

6033 palabras

El Demonio de la Pasión de Cristo en Mi Carne

En el corazón de mi pueblo en Jalisco, durante la Semana Santa, el aire olía a copal quemado y a flores de bugambilia marchitas. Las campanas de la iglesia repicaban sin parar, anunciando la procesión de la Pasión de Cristo. Yo, María, de treinta años, con mi piel morena brillando bajo el sol abrasador, caminaba entre la multitud vestida con mi rebozo negro de luto. Siempre había sido la devota, la que rezaba el rosario todas las noches, pero esa pinche comezón en el cuerpo no me dejaba en paz. Hacía años que no sentía un hombre cerca, desde que mi marido se fue con otra.

De repente, lo vi. Alto, moreno, con ojos negros como el carbón y una sonrisa que parecía salida del infierno. Estaba recargado en un muro viejo, fumando un cigarro, observando la procesión como si se burlara de ella. La gente murmuraba: "Ese es el demonio de la pasión de Cristo", decían las comadres,

"Viene cada año a tentar a las santas, a despertar lo que la iglesia esconde."
Yo me reí por dentro. Qué pendejadas, pensé, pero mi corazón latió más fuerte. Sus músculos se marcaban bajo la camisa blanca sudada, y olía a tierra mojada y a algo salvaje, como el mezcal puro.

Me acerqué, fingiendo comprar unas veladoras. Órale, María, ¿qué chingados haces? me dije, pero mis pies no obedecían. Él volteó, me miró de arriba abajo, y su voz ronca me erizó la piel: "Hermosa, ¿vienes a confesar pecados o a cometerlos?" Reí nerviosa, sintiendo el calor subir por mis muslos. "Soy María, y tú pareces el que anda buscando problemas." Se acercó, su aliento cálido en mi oreja: "Soy el que despierta pasiones, como el demonio de la pasión de Cristo. ¿Quieres probar?" Mi cuerpo traicionero se humedeció al instante. ¡Virgen santa!

La procesión siguió, pero nosotros nos escabullimos por un callejón angosto, donde el sol filtraba rayos dorados entre las tejas. Sus manos grandes me tomaron la cintura, y presionó su cuerpo contra el mío. Sentí su verga dura contra mi vientre, gruesa y palpitante. "Dime que pare, María", murmuró, pero yo negué con la cabeza, jadeando. Nuestros labios se encontraron en un beso feroz, su lengua invadiendo mi boca como un fuego líquido, saboreando a tabaco y deseo puro. Gemí bajito, el sonido ahogado por los vítores lejanos de la multitud.

Me llevó a una hacienda abandonada pero limpia, con un patio interior lleno de bugambilias rojas como sangre. El aire estaba cargado de jazmín y de nuestro sudor. Me quitó el rebozo despacio, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensé mientras sus dedos desabotonaban mi blusa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él las lamió con hambre, chupando uno mientras pellizcaba el otro. "¡Ay, cabrón!", grité, arqueándome. El roce de su barba raspaba delicioso, enviando chispas directo a mi concha, que ya chorreaba jugos calientes.

Caímos sobre un catre viejo cubierto de sábanas frescas que él había preparado. Sus manos exploraron mi cuerpo como si fuera un mapa sagrado profanado. Bajó mi falda, separó mis piernas, y sopló sobre mis bragas empapadas. "Mira cómo te mojas por mí, mamacita", dijo con esa voz que me derretía. Metió los dedos, dos de golpe, curvándolos dentro de mí, frotando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba el aire, mezclado con mis gemidos roncos: "¡Más, pinche demonio, no pares!" Él reía, lamiendo mis jugos de sus dedos, el sabor salado y dulce volviéndome loca.

Pero no era solo carne. En mi mente, luchaba.

¿Qué diría mi familia? ¿La iglesia? Pero este hombre me hacía sentir viva, poderosa, dueña de mi fuego interior.
Le quité la camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado que corría por sus abdominales. Bajé a su pantalón, liberando esa verga enorme, venosa, con la cabeza roja brillando de precum. La tomé en mi mano, palpitante y caliente, y la chupé despacio, saboreando el gusto almendrado, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía: "¡Qué chingona eres, María!" Mis jugadas corrían por mis piernas, el olor a sexo impregnando todo.

La tensión crecía como tormenta. Me volteó boca abajo, azotándome el culo suave pero firme, el ardor dulce avivando mi lujuria. "Dime que me quieres dentro", exigió. "¡Sí, métemela toda, demonio de la pasión de Cristo!", supliqué, empinándome. Entró despacio al principio, estirándome delicioso, centímetro a centímetro, hasta que sus bolas peludas chocaron contra mi clítoris. El placer era cegador, su grosor llenándome por completo, rozando cada nervio. Empezó a bombear, lento y profundo, luego más rápido, el catre crujiendo al ritmo de nuestros cuerpos chocando. Sudor volaba, piel contra piel resbalosa, mis tetas rebotando con cada embestida.

Yo lo cabalgaba ahora, montándolo como yegua salvaje, mis caderas girando, sintiendo cómo su verga me perforaba hasta el alma. El patio resonaba con nuestros gritos: "¡Más duro, wey!", "¡Córrete conmigo, puta santa!". El clímax se acercaba, un volcán rugiendo dentro. Sus manos en mis caderas, uñas clavándose, mi concha contrayéndose alrededor de él. "¡Me vengo!", aullé, el orgasmo explotando en oleadas, jugos salpicando, visión borrosa de tanto placer. Él se derramó segundos después, chorros calientes inundándome, su semen goteando por mis muslos mientras temblábamos juntos.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. El sol bajaba, tiñendo el cielo de rojo pasión. Él me besó la frente: "No soy demonio, solo el que despierta lo que ya arde en ti." Sonreí, sintiéndome libre, empoderada. El demonio de la pasión de Cristo no era él, era yo, despertando al fin. Afuera, las campanas tocaban la resurrección, y yo renacía en mi propia carne, satisfecha, con el cuerpo marcado por mordidas dulces y el corazón lleno de fuego eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.