El Final de Pasión y Poder
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa. Yo, Ana, caminaba por el lobby del hotel con mi vestido rojo ceñido al cuerpo, sintiendo cómo la tela rozaba mis muslos con cada paso. El aroma a jazmín flotaba en el aire, mezclado con el humo de cigarros caros y risas falsas de la alta sociedad. Ahí lo vi: Diego, el cabrón que me había robado un contrato la semana pasada. Alto, con esa mandíbula marcada y ojos que te desnudan sin piedad. Neta, ¿por qué me moja tanto verlo? pensé, mientras mi pulso se aceleraba.
—Ana, qué chingón verte aquí —dijo él, acercándose con una copa de champagne en la mano. Su voz grave me erizó la piel, como si sus palabras fueran dedos recorriéndome la nuca.
—Diego, no me vengas con tus mamadas. Sigues siendo el mismo pendejo ambicioso —respondí, pero mi sonrisa lo delataba. Nuestras miradas chocaron, y sentí ese cosquilleo en el estómago, el inicio de la tensión que siempre nos envolvía. Éramos rivales en los negocios, dueños de agencias publicitarias que se pisaban los talones en la Ciudad de México. Pero en privado, éramos fuego puro.
Charlamos un rato, coqueteando con indirectas sobre poder y deseo. Su colonia, un olor amaderado con toques de vainilla, me invadió las fosas nasales. Cada roce accidental de su mano en mi brazo enviaba chispas por mi espina dorsal.
Si no me lleva a su recámara esta noche, me voy a volver loca, me dije, imaginando sus labios en mi cuello.
La fiesta se alargó, pero cuando sonó esa salsa ardiente, Diego me jaló a la pista. Sus manos en mi cintura eran firmes, posesivas. Bailamos pegados, mi pecho contra el suyo, sintiendo el latido acelerado de su corazón. El sudor empezaba a perlar su frente, y yo saboreaba el salado en su piel cuando me acerqué a susurrarle al oído:
—Esta noche termina lo nuestro, Diego. Este es nuestro final de pasión y poder.
Él se rio bajito, su aliento caliente contra mi oreja. —Si es el final, hagámoslo inolvidable, morra.
Salimos del hotel en su camioneta negra, el motor rugiendo como un animal en celo. El tráfico de Reforma era un caos, pero dentro del auto, el mundo se redujo a nosotros. Su mano subió por mi muslo, apartando la tela del vestido, y yo gemí suave cuando sus dedos rozaron el encaje de mi tanga. Chingado, cómo me prende este wey, pensé, abriendo las piernas un poco más.
Llegamos a su penthouse en Lomas. Las luces de la ciudad brillaban abajo como estrellas caídas. Él me cargó hasta la recámara, tirándome sobre la cama king size con sábanas de seda negra. El cuarto olía a él: cuero y deseo. Se quitó la camisa, revelando ese torso marcado por horas en el gym, vello oscuro bajando hasta su abdomen. Yo me incorporé, jalando su cinturón con urgencia.
—Despacio, Ana. Quiero saborearte —murmuró, empujándome de vuelta. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando mi clavícula hasta que arqueé la espalda. El sonido de mi zipper bajando fue como un trueno en la habitación silenciosa. El vestido cayó, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.
Me besó el estómago, su lengua trazando círculos húmedos alrededor de mi ombligo. Sentí su aliento caliente en mi monte de Venus, y cuando apartó mi tanga, inhaló profundo. —Hueles a miel y pecado, nena —dijo, antes de enterrar la cara entre mis piernas. Su lengua era mágica, lamiendo mi clítoris con movimientos lentos, chupando mis labios hinchados. Gemí fuerte, mis manos enredadas en su pelo, tirando mientras mis caderas se movían solas. El sabor de mi propia excitación me llegó cuando metí un dedo en mi boca, imaginando su verga.
Pero no era suficiente. Lo empujé hacia arriba, desabrochando sus pantalones. Su pinga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel suave. —Ahora me la vas a dar toda, cabrón —le ordené, y él gruñó de placer cuando la tragué hasta la garganta. El sabor salado me llenó la boca, su gemido ronco vibrando en mis oídos mientras lo mamaba con hambre, saliva chorreando por mi barbilla.
La tensión crecía como una tormenta. Nos volteamos, yo encima, frotando mi concha mojada contra su verga dura. Esto es poder, controlarlo así, pensé, mientras él me agarraba las nalgas, amasándolas fuerte. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándome por dentro. —¡Ay, wey! —grité cuando estuve llena, sus pelotas contra mi culo.
Cabalgue como poseída, mis tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación. Sudor nos pegaba, su olor almizclado mezclándose con mi aroma dulce. Él se incorporó, chupando un pezón mientras me clavaba desde abajo, profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas.
Este es nuestro final de pasión y poder, pero qué chido arde.
La intensidad subía. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, jalándome el pelo como riendas. Cada embestida era un choque de cuerpos, mi clítoris rozando la sábana, ondas de placer subiendo por mis piernas. —¡Más fuerte, Diego! ¡Dame todo tu poder! —supliqué, y él obedeció, su mano bajando a frotarme el botón mientras me taladraba. Sentí el orgasmo construyéndose, ese nudo apretado en mi vientre.
—Me vengo, Ana... ¡juntos! —rugió, y explotamos. Mi concha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo, chorros calientes llenándome mientras yo temblaba, gritando su nombre. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en mis oídos, sabor a sal en mis labios mordidos.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra mi espalda, su mano aún en mi cadera. El aire olía a sexo crudo, a nosotros. Me volteé, besándolo suave, saboreando el afterglow.
—Fue el final de pasión y poder perfecto —susurré, trazando su labio con el dedo.
Él sonrió, ojos brillando. —No es el final, morra. Es solo el principio de más.
Y en ese momento, con la ciudad durmiendo abajo y nuestros cuerpos aún latiendo, supe que tenía razón. El poder no estaba en ganar contratos, sino en esta entrega total, en esta pasión que nos consumía sin quemarnos del todo.