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La Canción Erótica de Abismo de Pasión

7013 palabras

La Canción Erótica de Abismo de Pasión

La noche en La Piedad caía como un manto caliente de verano michoacano, con ese olor a tierra húmeda y jazmines que se colaba por las ventanas abiertas de mi casa. Yo, Alejandra, estaba sola en el sillón de la sala, con una chela fría en la mano, viendo la tele sin mucho ánimo. De repente, el canal cambió a las repeticiones de telenovelas y empezó a sonar la canción de la novela Abismo de Pasion. Esa melodía ronca, llena de pasión contenida, me erizó la piel al instante. Las notas se metían en mis venas como un fuego lento, recordándome a Marco, mi ex, el wey que me había dejado con el corazón hecho trizas hace meses.

El ritmo de la guitarra y esa voz quejumbrosa hablaban de amores imposibles, de cuerpos que se buscan en la oscuridad. Sentí un cosquilleo entre las piernas, un calor que subía desde mi vientre.

¿Por qué carajos justo esta rola ahora? Me traes loca todavía, pendejo
, pensé, mientras mi mano libre se deslizaba por mi blusa suelta, rozando el encaje de mi brasier. El aire olía a mi perfume de vainilla mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa.

De pronto, un golpe en la puerta me sacó del trance. Abrí y ahí estaba él, Marco, con su camisa blanca pegada al pecho por el calor, el cabello revuelto y esa sonrisa chueca que siempre me desarmaba. "¿Qué onda, Ale? No pude quedarme lejos más tiempo", dijo con voz grave, entrando sin permiso como si la casa fuera suya. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts cortos que dejaban ver mis muslos bronceados.

La canción seguía sonando de fondo, envolviéndonos como un hechizo. La canción de la novela Abismo de Pasion parecía escrita para nosotros, para este reencuentro cargado de electricidad. Me acerqué, oliendo su colonia amaderada mezclada con el aroma masculino de su piel. "¿Qué haces aquí, cabrón? Me dejaste tirada", le reclamé, pero mi voz salió ronca, traicionándome.

Él se rio bajito, tomándome de la cintura con manos firmes y cálidas. "No pude, mi reina. Esa canción me persigue igual que a ti. Ven, baila conmigo". Sus dedos se hundieron en mi carne suave, enviando chispas por mi espina. Empezamos a movernos al ritmo lento, sus caderas pegadas a las mías, el bulto en sus jeans presionando contra mi monte de Venus. Sentía su aliento caliente en mi cuello, su barba incipiente raspando mi piel sensible.

Acto primero del deseo: el roce inocente que enciende todo. Mi corazón latía como tambor en fiesta patronal, y el olor de su excitación empezaba a mezclarse con el mío, un almizcle dulce que llenaba la sala.

La tensión crecía con cada vuelta. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría.

Qué chingón se siente su toque, como si conociera cada rincón de mi cuerpo
. La tela cayó al suelo, dejando mis tetas libres bajo el brasier negro de encaje. Él gimió bajito al verlas, sus labios rozando mi clavícula, lamiendo el sudor salado. Yo arqueé la espalda, presionando contra él, sintiendo cómo su verga palpitaba dura contra mi vientre.

"Te extrañé tanto, Ale. Tus curvas, tu sabor", murmuró, bajando la cabeza para morder suavemente mi pezón a través de la tela. Un jadeo se me escapó, mis manos enredándose en su pelo negro. La canción seguía, ahora en el estribillo apasionado, como si narrara nuestra historia: abismo de pasión desatada. Le quité la camisa, revelando su pecho moreno y musculoso, marcado por horas en el gym. Mis uñas arañaron su piel, dejando surcos rojos que lo hicieron gruñir de placer.

Nos fuimos al sillón, él sentado y yo a horcajadas, frotándome contra su paquete endurecido. El roce de la tela era tortura deliciosa; sentía mi concha empapada, chorreando jugos que mojaban mis panties. "Estás rica, mi amor. Hueles a miel y pecado", dijo, metiendo la mano en mis shorts para tocarme ahí. Sus dedos gruesos separaron mis labios hinchados, rozando mi clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón! Un relámpago de placer me recorrió, mis caderas moviéndose solas, cabalgándolo sin piedad.

Internal lucha: quería odiarlo por haberme dejado, pero el deseo era más fuerte.

Olvida el pasado, solo siente, déjate llevar por esta ola
. Le desabroché el cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, que saltó erecta, goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. La apreté, masturbándolo lento mientras él me chupaba las tetas, succionando fuerte hasta dejarlas marcadas.

Escalada: bajé los shorts, quedando en tanguita empapada. Él la apartó, exponiendo mi coño rasurado, brillante de excitación. "Mírate, tan mojada por mí". Su lengua se hundió en mí, lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando mis jugos salados y dulces. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mezclado con la canción que llegaba a su clímax emocional. Sus dedos entraron, curvándose para tocar mi punto G, mientras su boca succionaba mi botón sensible. El olor a sexo crudo llenaba el aire, sudor perlando nuestras pieles.

Lo empujé al sillón, montándolo despacio. La punta de su pija rozó mi entrada, untándose en mis fluidos. Bajé de golpe, empalándome hasta el fondo. "¡Qué rico, Marco! Lléname". Empecé a cabalgar, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas. Él me agarraba las caderas, guiándome, sus ojos fijos en mis tetas rebotando. El tacto de su verga estirándome, llenándome por completo, era indescriptible: duro, caliente, palpitante.

Intensidad subiendo: volteamos, él encima, embistiéndome con fuerza animal. Cada estocada profunda hacía que mis paredes se contrajeran, ordeñándolo.

Es mío, todo mío esta noche
. Sudor goteaba de su frente a mis labios; lo lamí, sabor salado. Sus bolas golpeaban mi culo, el sonido obsceno como música erótica. La canción terminó y empezó de nuevo, loop eterno de nuestro abismo.

Cerca del pico, me puso a cuatro patas en el piso, el tapete áspero contra mis rodillas. Entró por atrás, agarrando mi pelo como riendas, follándome duro. "¡Ven, córrete conmigo, putita mía!", gruñó, y yo exploté: un orgasmo brutal que me dejó temblando, chorros calientes salpicando sus muslos. Él se hundió profundo, eyaculando chorros espesos dentro de mí, su semen caliente inundándome mientras rugía mi nombre.

Afterglow: colapsamos en el sillón, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su espalda. La canción suave ahora, como arrullo. "No te suelto más, Ale. Este abismo es nuestro", susurró. Yo sonreí, oliendo nuestro amor consumado, saboreando la paz después de la tormenta.

La noche nos envolvió, prometiendo más versos de pasión infinita.

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