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La Pasion de Cristo Franco Zeffirelli en Carne Viva

8486 palabras

La Pasion de Cristo Franco Zeffirelli en Carne Viva

En el corazón de Polanco, en ese depa chido con vista al skyline de la CDMX, Ana y Rodrigo se acomodaron en el sillón de piel suave esa noche de viernes. El aire olía a palomitas recién hechas con un toque de chile en polvo, y la pantalla del tele grande estaba lista para la maratón. La Pasion de Cristo Franco Zeffirelli, esa versión épica que Rodrigo tanto quería ver, la de Jesús de Nazareth que capturaba cada gota de sudor y cada mirada de sufrimiento con una intensidad brutal. Ana no era tan fan de las pelis religiosas, pero ver a Rodrigo emocionado, con esa playera ajustada marcando sus pectorales y jeans que abrazaban sus muslos fuertes, la ponía de buenas.

—Órale, wey, ponle play —dijo ella, recargándose en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo filtrarse a través de la tela. Su piel morena olía a jabón de sándalo mezclado con el leve aroma masculino que siempre la volvía loca.

Rodrigo sonrió, ese guiño pícaro que prometía más que una simple película. Pulsó play y las luces se atenuaron. La música solemne llenó la habitación, tambores lejanos y coros que erizaban la piel. Ana se acurrucó más, su mano descansando casualmente en el muslo de él, sintiendo la firmeza de los músculos debajo.

A medida que avanzaba la historia, la pasión en pantalla se volvía palpable. Cristo cargando la cruz, el látigo rasgando la carne, los ojos llenos de una entrega total. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, no por el dolor, sino por la intensidad cruda, esa devoción que trascendía el sufrimiento hacia algo casi erótico en su pureza.

¿Por qué carajos me excita esto? Es la entrega absoluta, como si el cuerpo gritara por más, por tocar el límite, pensó ella, mordiéndose el labio.

Rodrigo notó su respiración cambiando, más profunda, y su mano se deslizó sobre la de ella, guiándola un poco más arriba en su pierna. El roce era eléctrico, la fricción de sus dedos contra la costura del jean enviando chispas directas a su entrepierna.

La película seguía, ahora en el Calvario, gotas de sangre cayendo lentas como miel espesa. Ana giró la cara hacia Rodrigo, sus labios rozando el lóbulo de su oreja.

—Neta, esta La Pasion de Cristo Franco Zeffirelli está cañona. Me prende ver tanta pasión —susurró ella, su aliento caliente contra su piel.

Él apagó el tele de un golpe, la pantalla en negro dejando solo la luz tenue de una vela parpadeante. —Pues hagamos la nuestra, mi reina.

El beso llegó como una avalancha, labios chocando con hambre acumulada. Rodrigo la tomó por la nuca, su lengua invadiendo su boca con sabor a palomitas y deseo puro. Ana gimió bajito, el sonido vibrando entre ellos, mientras sus manos subían por su espalda, clavando uñas en la tela de la playera. Lo jaló hacia abajo, tumbándose en el sillón, sus cuerpos entrelazados como en una danza antigua.

Él se separó un segundo, mirándola con ojos oscuros ardiendo. —Te quiero toda, Ana. Como Cristo dio todo por amor. —Sus palabras eran roncas, mexicanas puras, con ese acento chilango que la derretía.

Ella rio suave, juguetona. —No seas pendejo romántico, pero sí, dame todo, cabrón. —Le quitó la playera de un tirón, revelando el torso esculpido, piel bronceada con un rastro de vello que bajaba tentador hacia el ombligo. Lo besó ahí, lengua trazando círculos, saboreando el salado de su sudor fresco.

Rodrigo jadeó, sus manos expertas desabotonando la blusa de ella, exponiendo el bra de encaje negro que apenas contenía sus senos plenos. Los liberó con delicadeza, pulgares rozando los pezones ya duros como piedras preciosas. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta, el roce enviando ondas de placer directo a su clítoris palpitante.

Su toque es fuego puro, cada caricia como un latigazo de placer que me hace querer rogar por más, pensó, mientras sus caderas se mecían instintivas contra él.

Él bajó la cabeza, succionando un pezón con labios calientes, lengua girando en espirales húmedas. El sonido era obsceno, chupeteo suave mezclado con sus suspiros. Ana metió las manos en su cabello negro revuelto, tirando suave para guiarlo. Olía a él, a macho listo para poseer, y el aroma la embriagaba más que cualquier tequila.

—Quítate el pantalón, wey —ordenó ella, voz entrecortada. Rodrigo obedeció, levantándose para bajarse los jeans y bóxers en un movimiento fluido. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando con pre-semen. Ana la miró hipnotizada, lamiéndose los labios.

Se arrodilló frente a él, el sillón crujiendo bajo su peso. Tomó la base con mano firme, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. La acercó a su boca, exhalando caliente sobre la punta, viendo cómo se contraía de anticipación. Luego, lo lamió desde la base hasta arriba, saboreando el gusto salado y almizclado que era puro Rodrigo.

¡Qué chingón! —gruñó él, caderas empujando leve. Ella lo engulló más profundo, garganta relajada por práctica, succionando con ritmo que lo hacía temblar. El sonido de su mamada llenaba la sala, húmedo y rítmico, como una oración pagana.

Pero Ana quería más, quería sentirlo dentro. Se puso de pie, quitándose la falda y tanga de un jalón, quedando desnuda, su panocha depilada reluciendo húmeda bajo la luz de la vela. Rodrigo la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a la recámara. La cama king size los recibió con sábanas de algodón egipcio frescas, contrastando con sus cuerpos ardientes.

La tumbó suave, pero ella lo volteó, montándose a horcajadas. Sus senos rebotaban libres mientras frotaba su concha mojada contra la verga dura de él, lubricándola con sus jugos. El roce era tortura exquisita, clítoris hinchado deslizándose sobre la vena prominente.

—Entra en mí, Rodrigo. Fóllame como si fuera el fin del mundo —suplicó, ojos clavados en los suyos.

Él asintió, manos en sus caderas guiándola. La punta abrió sus labios vaginales, estirándola delicioso, centímetro a centímetro hasta llenarla por completo. Ana gritó de placer, el estirón perfecto, su verga golpeando ese punto dentro que la volvía loca.

Empezaron a moverse, ella cabalgando con furia, caderas girando en círculos, él embistiendo desde abajo con fuerza controlada. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con gemidos y el crujir de la cama. Sudor perlando sus cuerpos, goteando entre senos de ella al pecho de él, salado en sus lenguas cuando se besaban.

Es como la pasión en esa película, darlo todo, romperse en el otro, renacer en el clímax, flash de pensamiento en medio del éxtasis.

Rodrigo la volteó sin salir, ahora él encima, piernas de ella en sus hombros para penetrar más hondo. Cada estocada era un trueno, su pubis chocando contra el clítoris de ella, enviando descargas. —¡Te sientes tan chingona, tan apretada! —jadeó él, voz ronca.

—Más duro, pendejito, hazme venir —exigió ella, uñas arañando su espalda, dejando surcos rojos que lo excitaban más.

La tensión creció, espiral interminable, hasta que Ana explotó primero. Su orgasmo la sacudió como un terremoto, paredes internas contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando. Gritó su nombre, visión borrosa de placer puro, olor a sexo impregnando el aire.

Rodrigo la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes de semen, caderas temblando en las últimas embestidas.

Se derrumbaron juntos, jadeos sincronizados calmándose gradual. Rodrigo se salió suave, un hilo de semen mezclándose con sus jugos goteando por el muslo de ella. La abrazó por detrás, su pecho pegado a su espalda, mano acariciando perezosa su vientre.

—Fue mejor que cualquier película —murmuró él, besando su cuello húmedo.

Ana sonrió, girando para mirarlo, dedos trazando su mandíbula. —Neta, la la pasion de cristo franco zeffirelli nos prendió cañón. Pero la nuestra fue devoción pura, sin cruces ni espinas.

Se quedaron así, envueltos en el afterglow, el aroma de sus cuerpos unidos flotando como incienso. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, habían encontrado su propio cielo terrenal, una pasión que no necesitaba guion ni director, solo dos almas mexicanas entregadas al placer mutuo.

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