Imágenes de la Pasión de Cristo en Mi Piel
Estaba sola en mi depa de la Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas. Tenía esas imágenes de la Pasión de Cristo esparcidas sobre la mesa del comedor, unas impresiones antiguas que mi abuelita me había dejado antes de irse al otro barrio. No eran las típicas postales baratas de Semana Santa, no. Eran grabados detallados, con Jesús todo sudado y marcado por el látigo, la corona de espinas clavándose en su frente, gotas de sangre resbalando como perlas rojas sobre su piel morena. Miraba esas imágenes y algo se removía dentro de mí, un calor que no era solo devoción. Neta, ¿por qué me ponía así? El aroma del café que acababa de colar se mezclaba con el incienso que había prendido esa mañana, pero mi mente volaba a otro lado.
¿Qué carajos me pasa? pensé, mientras pasaba el dedo por el contorno del cuerpo flagelado en una de las láminas. La textura del papel era áspera, como la piel irritada que imaginaba bajo mis yemas. Sentí un cosquilleo entre las piernas, un pulso que iba acelerando. Siempre había sido católica de esas que van a misa los domingos, pero últimamente, desde que terminé con mi ex pendejo, todo me parecía más intenso. Llamé a Marco, mi carnal del alma, el wey que me conocía como la palma de su mano.
"Órale, ven pa'cá, neta que necesito verte ya."Le mandé un audio con la voz ronca, sin explicarle nada.
Media hora después, la puerta sonó. Ahí estaba él, con su camiseta ajustada marcando los músculos del gym, jeans gastados y esa sonrisa pícara que me derretía. Chingón, pensé, oliendo su colonia fresca mezclada con el sudor del tráfico de la ciudad. Lo jalé adentro y cerré la puerta de un golpe. Sin palabras, lo llevé a la mesa. Imágenes de la Pasión de Cristo por todos lados.
—¿Qué onda con esto, mi reina? —preguntó, rascándose la nuca, sus ojos oscuros recorriendo las láminas.
Me acerqué, pegando mi cuerpo al suyo, sintiendo el calor de su pecho a través de la tela. Su aliento sabe a menta y a deseo, registré mientras lo besaba suave, probando sus labios carnosos. —Míralas bien, Marco. Fíjate en el sufrimiento, en la carne abierta... Me prende ver eso. ¿Tú no?
Él tragó saliva, su mano bajando a mi cintura, apretando la curva de mi cadera. El aire se espesó, cargado con el olor de nuestra excitación naciente, ese almizcle sutil que ya empezaba a flotar. Asintió, voz grave:
"Simón, wey. Es como si doliera rico."Acto uno: la chispa. Nos sentamos en el sofá, con las imágenes entre nosotros. Le conté cómo desde chava me impactaban, pero ahora, con veintiocho pirulos, las veía diferente. No como pecado, sino como invitación a sentir todo al límite. Él escuchaba, su rodilla rozando la mía, enviando chispas eléctricas por mi piel.
El sol bajaba, tiñendo la habitación de naranja. Tomé una imagen donde Jesús carga la cruz, los músculos tensos, venas hinchadas. Se la puse en las manos. —Imagina que eres tú, cargando ese peso... y yo te ayudo a soltarlo. —Mis dedos trazaron su brazo, sintiendo los vellos erizarse bajo mi toque. Él gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi vientre.
Nos besamos de nuevo, esta vez con hambre. Sus labios devoraban los míos, lengua explorando, saboreando el café residual en mi boca. Manos por todos lados: las suyas subiendo por mi blusa, desabrochando botones con prisa torpe. Mi piel expuesta al aire fresco, pezones endureciéndose al instante. Qué chido sentirlo así, sin prisas pero con urgencia. Lo empujé contra el respaldo, montándome a horcajadas. Sus manos en mis nalgas, amasando la carne suave bajo el short de mezclilla.
—Quítate todo, Marco —susurré, mordiendo su oreja, inhalando el olor salado de su cuello.
Él obedeció, quitándose la playera de un tirón. Su torso desnudo, pectorales firmes, abdomen marcado por horas de pesas. Olía a hombre puro, a sudor limpio y loción. Bajé la cabeza, lamiendo una gota de transpiración que perlaba su clavícula, salada en mi lengua. Gemí contra su piel. Ahora era mi turno. Me paré, me desvestí lento, dejándolo ver cada centímetro. Mis senos libres, pesados, pezones oscuros pidiendo atención. El short cayó, revelando mis bragas húmedas, el aroma de mi arousal llenando el espacio.
Acto dos: la escalada. Lo llevé al piso, sobre una alfombra mullida que olía a limpio. Las imágenes alrededor como testigos mudos. Tomé una de la crucifixión, la corona de espinas sangrante. —Esto es pasión de verdad —dije, presionándola contra su pecho—. Siente el dolor que enciende.
Marco jadeó cuando le rasgué leve la piel con la esquina del papel, un hilito rojo brotando. No era daño, era juego consensuado, ese filo que duele chido.
"Más, mi amor, hazme tuyo."Besé la marca, chupando la sangre mínima, metálica en mi paladar. Él me volteó, boca en mis senos, succionando fuerte, dientes rozando. Arcos de placer me recorrieron, mi clítoris palpitando, pidiendo roce.
Sus dedos bajaron, deslizándose por mi monte de Venus, encontrando la humedad resbaladiza. Qué suave su tacto, qué preciso. Metió uno adentro, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Grité, uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos como en las imágenes. El sonido de mi humedad chorreando, slap slap contra su palma, música erótica. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en calor.
—Te quiero adentro, wey —rogué, voz quebrada.
Se puso de rodillas, jeans abajo, verga dura como piedra, venosa, goteando precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento. Él gruñó, caderas empujando. La guié a mi entrada, mojadita y lista. Entró de un thrust suave, llenándome hasta el fondo. ¡Madre mía, qué estirón tan rico! Nos movimos en ritmo, piel contra piel, sudor mezclándose, slap de carne.
Cambiábamos posiciones como en un ritual pagano inspirado en esas imágenes de la Pasión de Cristo. De misionero a vaquera, yo cabalgándolo, senos rebotando, él chupándolos. Luego perrito, su mano en mi clítoris frotando círculos, la otra jalando mi pelo suave. Gemidos llenaban el depa:
"¡Sí, cabrón, así! ¡Más duro!"El clímax se acercaba, tensión en espiral. Mi interior se contraía, pulsos acelerados, corazón retumbando en oídos.
Acto tres: la liberación. Sentí la ola venir, un tsunami de placer. Se me va, se me va... Grité su nombre, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus bolas. Él siguió bombeando, hasta que rugió, llenándome con chorros calientes, semen espeso mezclándose con mi esencia. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aroma era embriagador: sexo, sangre mínima, café frío.
Yacimos ahí, enredados, las imágenes revueltas a nuestro alrededor. Marco me besó la frente, suave.
"Neta, eso fue la pasión más chingona de mi vida."Reí bajito, trazando sus marcas rojas. En mi piel, en su piel, la Pasión de Cristo había cobrado vida, no como martirio, sino como éxtasis compartido. Afuera, la ciudad bullía con cláxones lejanos, pero en nuestro mundo, solo quedaban latidos calmándose, respiraciones sincronizadas y una promesa tácita de más noches así.
Me acurruqué contra él, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. Mañana iría a misa, pero con un secreto sonriente en el alma. La fe y el fuego, ¿por qué no juntos?