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Abismo de Pasion Capitulo 94 Caida al Placer Infinito

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Abismo de Pasion Capitulo 94 Caida al Placer Infinito

Gabriela sintió el calor pegajoso de la noche en la Riviera Maya envolviéndola como un amante impaciente. La villa privada, con su piscina infinita que se fundía con el mar Caribe, olía a sal y jazmín fresco. Había llegado de la ciudad esa tarde, huyendo del estrés de su empresa en Cancún, y ahora, mientras el sol se hundía en el horizonte tiñendo todo de naranja y púrpura, su corazón latía con anticipación. Alejandro la esperaba adentro, ese chulo de ojos verdes que la volvía loca con solo una mirada.

Entró por la terraza, el sonido de las olas rompiendo contra la playa como un tambor lejano. Llevaba un vestido ligero de algodón mexicano, floreado, que se pegaba a sus curvas por la humedad. ¿Cuántas noches como esta hemos tenido? pensó, recordando cómo su relación había empezado como un capricho en una fiesta en Playa del Carmen. Ahora era un vicio, un abismo al que se lanzaba voluntariamente. Abismo de pasion capitulo 94, se dijo riendo para sí, como si su vida fuera una telenovela picante que ella misma escribía.

Alejandro salió de la cocina con dos copas de tequila reposado, el líquido ámbar brillando bajo las luces tenues. "Órale, mi reina, ¿ya llegaste? Te extrañé todo el día, neta", dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel. Alto, moreno, con músculos definidos de tanto surfear, la miró de arriba abajo como si quisiera devorarla ahí mismo. Gabriela se acercó, sintiendo el pulso acelerarse en su cuello.

"Wey, no seas mamón, sabes que el tráfico me tuvo de malas", respondió ella juguetona, tomando la copa. Sus dedos se rozaron, y esa chispa eléctrica la recorrió desde la mano hasta el vientre. El tequila bajó ardiente por su garganta, con notas de vainilla y caramelo que le recordaban su sabor a él. Se sentaron en la hamaca doble, balanceándose suavemente, el aire cargado de promesas.

Quiero que me toque ya, que me haga olvidar todo menos su cuerpo contra el mío, pensó Gabriela, mientras él le apartaba un mechón de cabello húmedo de la nuca.

El beso empezó lento, como siempre. Sus labios se encontraron suaves, explorando, el sabor del tequila mezclándose con el dulzor de su boca. Alejandro la atrajo más cerca, su mano grande posándose en su muslo desnudo, subiendo despacio bajo el vestido. Gabriela gimió bajito, el sonido ahogado por el rumor del mar. "Qué rico hueles, a coco y mujer", murmuró él contra su cuello, inhalando profundo su perfume mezclado con sudor ligero.

La tensión crecía como una ola. Ella se giró a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza presionando contra su centro a través de la tela fina. "No mames, Alejandro, me tienes mojada ya", confesó con voz entrecortada, moviendo las caderas en círculos lentos. Él rio, esa risa grave que vibraba en su pecho, y le quitó el vestido de un tirón suave, dejando al aire sus senos plenos, pezones endurecidos por la brisa marina.

En el medio de la hamaca, bajo las estrellas que empezaban a puntear el cielo, el deseo escaló. Alejandro chupó un pezón con hambre, la lengua girando en círculos húmedos, mientras su mano libre bajaba sus bragas de encaje. Gabriela arqueó la espalda, el placer punzante como un rayo, oliendo su propia excitación mezclada con el salitre. "Simón, así, carnal, no pares", jadeó, clavando las uñas en sus hombros tatuados.

Él la volteó con facilidad, poniéndola de rodillas en la hamaca, el balanceo intensificando cada roce. Sus dedos expertas encontraron su clítoris hinchado, frotando con presión perfecta, círculos que la hacían temblar. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con los grillos y las olas. Gabriela sintió el calor acumularse en su bajo vientre, un fuego líquido que pedía más. Este es el abismo, justo aquí, donde todo se pierde en placer, pensó, mientras él lamía su espalda, bajando hasta sus nalgas redondas.

"Te voy a comer entera, mi amor", gruñó Alejandro, separando sus piernas. Su lengua se hundió en ella, caliente y ávida, saboreando sus jugos dulces y salados. Gabriela gritó, el placer explosivo, sus muslos temblando alrededor de su cabeza. El olor almizclado de su sexo lo enloquecía, y él lamía con devoción, metiendo la lengua profundo, chupando su esencia como si fuera néctar.

Pero querían más, siempre más. Ella se incorporó, empujándolo contra los cojines, y le bajó los shorts. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. "Qué chingona está, toda para mí", dijo ella, lamiendo la punta perlada de pre-semen, salado y adictivo. Lo tomó en la boca, succionando hondo, la garganta relajada por práctica, mientras sus manos masajeaban sus bolas pesadas. Alejandro gemía, "Ay, Gabriela, me vas a matar, neta eres la mejor".

La intensidad subía. Él la levantó como si no pesara, llevándola adentro a la cama king size con sábanas de hilo egipcio frescas. La tiró suave, subiendo sobre ella, piel contra piel sudada y ardiente. Sus ojos se clavaron, llenos de ese amor feroz. "Te quiero dentro, ya", suplicó ella, abriendo las piernas, su coño reluciente invitándolo.

Alejandro empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El sonido húmedo de unión era obsceno, erótico, acompañado de sus jadeos. "Estás tan apretada, tan caliente", gruñó, embistiendo más profundo. Gabriela envolvió las piernas en su cintura, clavándolo más, sintiendo cada vena rozando sus paredes sensibles. El ritmo aceleró, golpes fuertes que hacían crujir la cama, sus senos rebotando con cada impacto.

El clímax se acercaba como un tsunami. Ella rayaba su espalda, oliendo su sudor masculino mezclado con el jazmín de la habitación. "Más duro, pendejo, hazme venir", ordenó juguetona, y él obedeció, un animal en celo, frotando su clítoris con el pulgar mientras la follaba sin piedad. El placer la cegó, olas y olas rompiendo dentro, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos.

Me vengo!", gritó Gabriela, el mundo explotando en luces blancas, el cuerpo convulsionando, jugos chorreando. Alejandro la siguió segundos después, rugiendo su nombre, llenándola con chorros calientes y espesos, su verga pulsando hasta vaciarse por completo.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas unidas. El afterglow era puro éxtasis, el corazón latiendo al unísono con el mar afuera. Alejandro la besó suave, lamiendo el sudor de su sien. "Eres mi todo, mi abismo", susurró.

Abismo de pasion capitulo 94 completado, pero sé que habrá más capítulos, porque este fuego nunca se apaga, reflexionó Gabriela, acurrucándose en su pecho ancho, el olor de sexo y amor impregnando el aire.

Durmieron así, entrelazados, con la promesa de amaneceres igual de intensos, en ese paraíso mexicano donde el placer era infinito.

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