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La Pasion de Cristo Mel Gibson en Espanol Desnuda Nuestras Almas

5925 palabras

La Pasion de Cristo Mel Gibson en Espanol Desnuda Nuestras Almas

Era una noche cualquiera en mi depa de la Roma, con el aire cargado del olor a tacos de suadero que acabábamos de devorar y un toque de tequila reposado que nos había soltado la lengua. Mi carnal, Javier, el wey más guapo y pícaro que conocí en la uni, se recargó en el sofá conmigo, su brazo musculoso rodeando mis hombros. Órale, Ana, vamos a ver algo fuerte esta noche, me dijo con esa sonrisa que me hace derretir. Sacó el disco de La Pasion de Cristo Mel Gibson en Espanol, esa película que tanto le gustaba por el drama y la crudeza. Yo no era de misas ni nada, pero neta, la intensidad de esas escenas siempre me ponía la piel chinita.

Apagamos las luces, solo el resplandor de la tele iluminaba la sala. El sonido de los latigazos empezó a retumbar, graves y secos como truenos lejanos. Podía oler el cuero viejo del sofá mezclado con su colonia fresca, esa que huele a madera y deseo. Javier se acercó más, su muslo rozando el mío, cálido y firme bajo los jeans. Yo sentía mi corazón latiendo al ritmo de los gemidos de Jim Caviezel, el sudor brillando en su piel en la pantalla.

¿Por qué esta película siempre me excita tanto? Es sufrimiento, pero hay algo primal, como si el dolor se convirtiera en placer puro.
Mis pezones se endurecieron contra la blusa ligera, y un calor húmedo empezó a crecer entre mis piernas.

En la escena del azote, los golpes resonaban en mis oídos, vibrando hasta mis huesos. Javier soltó un suspiro, su mano bajando casualmente a mi rodilla. ¿Te imaginas ese dolor transformándose en éxtasis? murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Yo giré la cara, mis labios rozando los suyos. Simón, cabrón, me imagino, respondí juguetona, mi voz ronca. Nuestras bocas se unieron en un beso lento, saboreando el tequila y el salado de la piel. Sus dedos subieron por mi muslo, trazando círculos que me erizaban la piel. La película seguía, los clavos hundiéndose, pero yo ya no veía nada más que sus ojos oscuros, llenos de hambre.

Nos fuimos desvistiendo sin prisa, como si el tiempo se estirara con cada latido. Primero mi blusa voló al piso, mis tetas liberadas al aire fresco, pezones duros pidiendo atención. Él se quitó la playera, revelando ese pecho tatuado con un águila que siempre me volvía loca. Olía a hombre, a sudor limpio y excitación. Estás riquísima, mami, gruñó mientras lamía mi cuello, su lengua áspera enviando chispas directo a mi clítoris. Yo metí la mano en sus pantalones, sintiendo su verga tiesa, palpitante, gruesa como una promesa. La apreté suave, oyendo su gemido ahogado que se mezclaba con los gritos de la peli.

La tensión crecía como una tormenta. En la pantalla, la corona de espinas sangraba, pero en mi mente, era Javier quien me coronaba de placer. Me recostó en el sofá, sus manos expertas bajando mis panties empapados. Estás chorreando, pinche caliente, dijo riendo bajito, su dedo índice rozando mi raja resbalosa. Gemí fuerte, el sonido de mi propia voz sorprendiendo el silencio entre escenas. Él se arrodilló, su boca devorando mi panocha con hambre de lobo. Sentí su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el botón, saboreando mis jugos dulces y salados.

Neta, esto es mejor que cualquier crucifixión; este es mi vía dolorosa al paraíso.
Mis caderas se alzaban solas, empujando contra su cara barbuda, el roce raspando delicioso.

Pero quería más, quería montarlo como una diosa. Lo empujé al piso, la alfombra persa suave bajo mis rodillas. Le bajé los bóxers, su verga saltando libre, venosa y reluciente de precum. La tomé en mi boca, chupando la cabeza hinchada, probando su sabor almizclado, salado como el sudor de los actores en la tele. Él jadeaba, ¡Chíngame la boca, güey!, no, era él quien rogaba ¡sigue, Ana, no pares! La película llegaba al calvario, clavos y maderas crujiendo, pero nosotros crujíamos en sincronía. Lo monté despacio, mi chochita envolviéndolo centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. ¡Qué rico te sientes, tan llena! grité, mis uñas clavándose en su pecho como espinas de placer.

El ritmo aceleró, mis caderas girando en círculos, su verga golpeando mi punto G con cada embestida. Sudábamos como en el desierto de Judea, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas, el olor a sexo impregnando el aire. Él me apretaba las nalgas, guiándome más rápido, Más duro, pendejito, dame todo, le exigía yo, empoderada, dueña de mi placer. Sentía las contracciones building up, mi vientre tensándose, pulsos en mi clítoris hinchado. La pantalla mostraba la cruz alzándose, pero yo era la que ascendía, olas de éxtasis rompiendo. ¡Me vengo, Javier, me vengo! chillé, mi coño apretándolo como un puño, jugos chorreando por sus bolas.

Él no se quedó atrás. Con un rugido gutural, se arqueó, llenándome de su leche caliente, chorros espesos que me bañaban por dentro. Colapsamos juntos, piel contra piel pegajosa, corazones galopando al unísono. La película terminaba con la resurrección, luz divina inundando la pantalla, pero nuestro afterglow era terrenal, perfecto. Besos suaves, caricias perezosas en la espalda. La Pasion de Cristo Mel Gibson en Espanol nunca fue tan buena, bromeó él, riendo contra mi pelo. Yo sonreí, oliendo nuestro aroma mezclado.

En el fondo, toda pasión duele un poquito, pero vale cada latigazo por este cielo.

Nos quedamos así hasta que el sueño nos venció, envueltos en sábanas revueltas, con el eco de gemidos divinos y humanos resonando en mi alma. Al día siguiente, neta, la vida se sentía más viva, más sensual. Javier y yo, pecadores felices, listos para más noches de película... y de pasión propia.

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