Navegando el Canal de Pasiones
Ana sentía el calor del sol de mediodía filtrándose entre las trajineras pintadas de colores chillones en Xochimilco. El aire estaba cargado de ese olor a tierra húmeda y flores marchitas flotando en el agua verde del canal de pasiones, como le decían los locales a esa ruta escondida donde las parejas se perdían en sus propios mundos. Ella caminaba por el muelle de madera astillada, el sonido de las risas lejanas y el chapoteo rítmico del agua contra las canoas golpeando sus oídos como un tambor lejano. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a su piel sudada, delineando sus curvas generosas, y sandalias que crujían con cada paso.
¿Por qué vine aquí sola? Neta, Ana, eres una pendeja romántica, pensó mientras escaneaba el horizonte acuático. Había quedado con Marco, su carnal de la universidad, ese vato alto y moreno con ojos que prometían tormentas. No eran novios oficiales, pero las miradas en las fiestas, los roces accidentales en los pasillos, habían encendido una chispa que ahora ardía como chile en la boca. Él le había mandado un mensajito esa mañana: "Trajinera azul, canal de pasiones, no me falles, morra". Y aquí estaba ella, con el corazón latiéndole a mil, imaginando sus manos grandes explorando su cuerpo.
De repente, una trajinera se acercó remolcando suavemente, pintada de azul eléctrico con flores amarillas. Marco estaba de pie en la proa, sin camisa, el sudor brillando en su pecho definido por horas en el gym. Su sonrisa era puro diablito mexicano, esa que dice "te voy a comer viva".
"¡Órale, reina! Sube que ya nos vamos a perder en el canal de pasiones", gritó él, extendiendo la mano. Ana tomó su palma cálida y áspera, sintiendo un cosquilleo eléctrico subir por su brazo hasta el centro de su vientre.
La trajinera se alejó del muelle principal, adentrándose en el dédalo de canales estrechos donde las ahuehuetes colgaban ramas como cortinas verdes. El gondolero, un señor chaparro con sombrero de palma, mariachi de fondo en su radio, los dejó solos con un guiño cómplice. Esto es chido, pero ¿y si alguien nos ve? No mames, Ana, ya estás mojada nomás de pensarlo. Marco se sentó a su lado en el banco de madera, tan cerca que sus muslos se rozaban. El aroma de su colonia mezclada con sudor macho la invadió, dulce y embriagador como mezcal añejo.
Hablaron de tonterías al principio, de la uni, de los pendejos de la clase de literatura. Pero sus ojos se devoraban. Él le acarició el brazo con el dorso de la mano, un toque ligero como pluma, y ella sintió la piel erizarse. El canal de pasiones se estrechaba, las paredes de vegetación rozando los lados de la barca, creando un túnel íntimo donde el mundo exterior se desvanecía. El agua chapoteaba suave, un ritmo hipnótico que aceleraba sus pulsos.
Marco se inclinó, su aliento caliente en su oreja.
"Sabes que desde la primera vez que te vi, quise tenerte así, solita conmigo". Ana giró la cara, sus labios a milímetros. El beso fue lento al inicio, exploratorio, sus lenguas danzando como serpientes en celo, sabor a chicle de tamarindo y deseo puro. Ella gimió bajito cuando él mordió su labio inferior, tirando suave para que el placer doliera un poquito. Sus manos subieron por su espalda, desatando el huipil con maestría, dejando sus pechos al aire fresco del canal. Los pezones se endurecieron al instante, rosados y ansiosos.
¡Qué rico se siente su boca! Marco bajó la cabeza, lamiendo un pezón con la lengua plana, chupando con succión que hacía eco en su clítoris palpitante. Ana arqueó la espalda, hundiendo los dedos en su cabello negro y revuelto. El sonido de su succión húmeda se mezclaba con el agua, un coro obsceno. Él alternaba entre pechos, pellizcando el libre con dedos juguetones, mientras su otra mano bajaba por su vientre plano hasta el borde de la falda.
"Estás empapada, mi amor. Neta, me vuelves loco", murmuró contra su piel, oliendo a su excitación almizclada.
Ana no se quedó atrás. Desabrochó sus shorts con urgencia, liberando su verga dura como palo de escoba, venosa y gruesa, coronada de un glande brillante de precum. La tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, el terciopelo sobre acero. ¡Madre santa, qué pedazo de carnal! Lo masturbó lento, arriba-abajo, mientras él gemía ronco, el sonido vibrando en su pecho. El canal los mecía, como si el agua misma los follara en su vaivén.
La tensión crecía como tormenta en el DF. Marco la recostó en el banco, quitándole la falda de un tirón. Sus piernas se abrieron por instinto, exponiendo su concha rosada y hinchada, jugos brillando al sol filtrado. Él se arrodilló entre sus muslos, el olor de su sexo invadiéndolo todo, dulce y salado.
"Déjame probarte, reina". Su lengua la lamió desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga, haciendo que Ana gritara al cielo. ¡Ay, wey, no pares! Lamía círculos en su botón, chupando labios mayores, metiendo la lengua adentro como si quisiera beberla entera. Ella se retorcía, las uñas clavadas en la madera, el sudor chorreando entre sus tetas.
Pero quería más. Lo jaló hacia arriba, guiando su verga a su entrada.
"Cógeme ya, Marco. Fóllame duro". Él empujó de un golpe, llenándola hasta el fondo, el estiramiento exquisito quemando placer. Gruñó al sentirla apretarlo como guante caliente. Empezaron un ritmo brutal, él embistiendo profundo, ella clavando talones en su culo prieto. El slap-slap de carne contra carne resonaba en el canal, mezclado con jadeos y ¡sí, cabrón, así! Sus bolas golpeaban su perineo, húmedas de sus jugos.
El clímax se acercaba como avalancha. Marco aceleró, sudando a chorros, sus músculos tensos brillando. Ana sentía el orgasmo construyéndose en su vientre, una ola gigante. ¡Ya viene, ya viene! Él la besó feroz, tragándose sus gritos cuando explotó, su concha convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo. Marco se corrió segundos después, chorros calientes pintando sus paredes internas, gimiendo su nombre como oración.
Se derrumbaron jadeantes, cuerpos entrelazados en el banco. El canal de pasiones seguía su curso sereno, testigo mudo de su éxtasis. Marco la besó suave en la frente, acariciando su cabello revuelto.
"Eres lo máximo, Ana. Neta, esto apenas empieza". Ella sonrió, el afterglow envolviéndola como niebla tibia, el sabor de su semen en su lengua cuando lo besó de nuevo.
El gondolero regresó tarareando una ranchera, ajeno a todo. Se vistieron entre risas nerviosas, el huipil pegajoso de sudor y fluidos. Mientras la trajinera volvía al muelle principal, Ana miró el agua turbia, viendo su reflejo mezclado con el de él. El canal de pasiones nos unió para siempre. El sol bajaba, tiñendo todo de oro, y en su pecho ardía una promesa de más navegaciones, más fuegos, más ellos.