Relatos
Inicio Erotismo Don Martín Despierta la Pasión de las Gavilanes Don Martín Despierta la Pasión de las Gavilanes

Don Martín Despierta la Pasión de las Gavilanes

6325 palabras

Don Martín Despierta la Pasión de las Gavilanes

En las vastas llanuras de Sinaloa, donde el sol besa la tierra con fuego eterno, se erguía la imponente hacienda de Don Martín. Hombre de cincuenta bien llevados, con piel curtida por el sol, ojos negros como la noche y un cuerpo fornido que aún guardaba la fuerza de sus años mozos rancheros. Su reputación corría como el viento: un chingón en los negocios del ganado, pero también un semental que dejaba huella en las camas de las mujeres que se le antojaban. Gabriela, de veintiocho años, hija del rancho vecino Pasión de Gavilanes, lo había visto de lejos mil veces. Sus curvas generosas, caderas anchas como las de una diosa azteca y pechos que se mecían libres bajo las blusas de manta, la convertían en el sueño húmedo de los vaqueros. Pero ella solo tenía ojos para él.

La fiesta patronal en el pueblo era el pretexto perfecto. El aire olía a carne asada, tortillas recién hechas y el dulzor del mezcal que corría como río. Mariachis tocaban corridos bravos, y el polvo se levantaba con los pasos de baile. Gabriela llegó con su falda floreada ceñida a las nalgas, el escote dejando ver el valle sudoroso entre sus senos.

«Ay, Diosito, ahí está Don Martín, con esa camisa blanca pegada al pecho por el sudor. Qué hombre, qué pendejo tan guapo»
, pensó mientras su corazón latía como tambor de guerra.

Él la vio de inmediato. Sus ojos se clavaron en ella como espuelas. Se acercó con paso firme, oliendo a tabaco y cuero fresco. «Buenas noches, Gabriela. ¿Cómo está esa belleza de Pasión de Gavilanes?», dijo con voz grave que le erizó la piel. Ella sintió un cosquilleo en el vientre, como si mariposas con alas de fuego revolotearan ahí abajo. «Bien, Don Martín, pero con este calor uno se derrite», respondió coqueta, mordiéndose el labio. Él sonrió, mostrando dientes blancos. «Ven, baila conmigo. Te enseño cómo se menea un gavilán de verdad».

Acto primero: la chispa. Sus cuerpos se pegaron en la pista improvisada. Las manos grandes de Don Martín en su cintura, firmes pero tiernas, guiándola al ritmo del son. Ella olía su aroma macho, mezcla de sudor limpio y colonia barata que volvía loco. Cada roce de su pecho contra sus tetas endurecía sus pezones, traicioneros bajo la tela fina. Qué rico se siente su verga contra mi muslo, dura como palo de roble, pensó Gabriela, mientras su concha se humedecía, empapando las bragas. Él la miró a los ojos: «Eres fuego puro, chula. Me estás volviendo loco».

La noche avanzaba. Se apartaron del bullicio hacia los corrales, donde las estrellas parpadeaban como testigos mudos. El viento traía el relincho de los caballos y el eco lejano de las rancheras. Don Martín la acorraló suave contra una cerca de madera áspera que raspaba su espalda. «Gabriela, desde que te vi crecer en Pasión de Gavilanes, te quería así, mía», murmuró, su aliento caliente en su cuello. Ella jadeó, las manos temblorosas desabotonando su camisa. «Tómame, Don Martín. Hazme tuya como solo un hombre de verdad sabe».

Acto segundo: la escalada. Sus labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando como serpientes en celo. Saboreó su boca a tequila y deseo puro. Las manos de él subieron por sus muslos, levantando la falda, rozando la piel suave y húmeda. «Estás chorreando, mi reina», gruñó, metiendo dedos expertos en su calzón empapado. Gabriela gimió alto, el sonido ahogado por su boca.

«¡Carajo, qué dedos tan mágicos! Me abre como flor al sol, tocando ese clítoris que palpita por él»
. Ella le bajó el pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, con cabeza morada hinchada. La tomó en mano, masturbándola lento, sintiendo el pulso acelerado, el calor que quemaba la palma.

Se tumbaron sobre un montón de heno seco que pinchaba delicioso la piel desnuda. El olor a tierra fértil y sexo inminente llenaba el aire. Don Martín besó su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a los pechos. Chupó un pezón duro como piedra, mordisqueando suave hasta que ella arqueó la espalda, gritando «¡Más, pendejo, chúpame más!». Su lengua trazó caminos de fuego por su vientre, llegando a la concha rasurada, hinchada de necesidad. La probó, lamiendo los labios mayores jugosos, metiendo la lengua profunda en su interior dulce y salado. Gabriela se retorcía, uñas clavadas en su cuero cabelludo, el placer subiendo como ola gigante.

Él se incorporó, verga apuntando como rifle. «¿Me quieres adentro, amor?». «¡Sí, métemela toda, Don Martín! Rompe mi Pasión de Gavilanes con tu fuerza». La penetró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola hasta el fondo. El dolor placer mezclado la hizo llorar de gusto. Luego, embestidas fuertes, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando su culo. El ritmo aceleró, sudor goteando de su frente a sus tetas. Gabriela lo montó después, cabalgando como amazona, nalgas rebotando, concha tragando esa polla hasta las bolas.

«Soy su gavilán, libre y salvaje, volando en éxtasis»
. Gemidos roncos, insultos cariñosos: «¡Qué rico te chingas, cabrona deliciosa!». El clímax se acercaba, tensiones internas rompiéndose.

Acto tercero: la liberación. Don Martín la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, follando como toro enloquecido. El sonido de carne chocando, húmedo y obsceno, se mezclaba con sus gritos: «¡Me vengo, Gabriela! ¡Toma mi leche!». Ella sintió la verga hincharse, explotar dentro, chorros calientes bañando su útero. Eso la llevó al borde. Su concha se contrajo en espasmos violentos, jugos brotando, piernas temblando. «¡Ay, Don Martín, me matas de placer!», aulló, colapsando en el heno.

El afterglow fue tierno. Yacían abrazados, pieles pegajosas de sudor y semen, respiraciones calmándose. Él acariciaba su cabello revuelto, besando su frente. «Eres la mujer de mi vida, Gabriela. Esta pasión de gavilanes no acaba aquí». Ella sonrió, dedo trazando su pecho velludo. Qué hombre tan completo, me hace sentir reina. El alba pintaba el cielo de rosa, prometiendo más noches de fuego. En Pasión de Gavilanes, el rumor correría, pero a ellos les valía madre. Habían encontrado su nido de placer eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.