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El Diario de una Pasion en Netflix Desata Mi Fuego Interno

7477 palabras

El Diario de una Pasion en Netflix Desata Mi Fuego Interno

Era una noche cualquiera en mi depa de la Condesa, con el ruido de los coches en la calle y el olor a taquitos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, sentada en el sillón con una chela fría en la mano, scrolleando Netflix sin ganas de nada. ¿Qué pedo con esta vida de soltera? pensé, mientras el calor de la ciudad me hacía sudar un poco bajo la blusa ligera. De repente, vi el título: El diario de una pasión está en Netflix. Sonreí pendeja, porque neta que sonaba a algo que me podía poner de malas o de buenas, dependiendo. Le di play, y desde los primeros minutos, la historia de esa pareja intensa me jaló como imán.

La prota del diario escribía sobre sus antojos más cabrones, y yo sentía que me leía el pensamiento. Su piel brillando bajo la luz tenue, el roce de sus dedos en el papel, el susurro de las páginas... todo eso me erizaba la piel. Mi mano bajó sola a mi muslo, acariciando despacito la piel suave, mientras el aire se cargaba con mi propio aroma, ese dulzor entre sudor y deseo que ya me conocía bien.

Si supiera Marco de esto, el wey se pondría como loco
, me dije, recordando a mi vecino de al lado, el morro alto con ojos cafés que siempre me guiñaba el ojo en el elevador. Hacía semanas que coqueteábamos, pero nada serio. Esa noche, el calor entre mis piernas crecía con cada escena de besos húmedos y miradas que prometían más.

El teléfono vibró. Era él. "¿Qué onda, Ana? ¿Sola viendo tele?" Tecleé rápido: "Sí, wey, checa El diario de una pasión está en Netflix. Está chido, ven." No lo pensé dos veces. Minutos después, sonó el timbre, y ahí estaba Marco con una six de Indio y esa sonrisa que me deshacía. Olía a colonia fresca mezclada con el humo de la ciudad, y su camiseta pegada al pecho musculoso por el bochorno. Órale, qué rico se ve, pensé, mientras lo dejaba pasar y cerraba la puerta con un clic que sonó como promesa.

Nos sentamos juntitos en el sillón, las piernas rozándose accidentalmente al principio. Puse la peli de nuevo desde donde la había pausado. La pantalla iluminaba nuestras caras, y el sonido de las respiraciones agitadas de los actores llenaba la habitación. Su muslo contra el mío era fuego puro, piel cálida y firme. Sentí su mirada clavada en mí más que en la tele. "Neta, esta historia está cañona", murmuró él, su voz ronca rozándome el oído. Yo asentí, mordiéndome el labio, mientras mi mano descansaba en su rodilla, subiendo poquito a poco como si no me diera cuenta.

La tensión crecía como tormenta. En la peli, la pareja se besaba con hambre, lenguas danzando, manos explorando curvas. Marco se movió, su brazo rodeándome la cintura, y yo me recargué en él, sintiendo el latido de su corazón acelerado contra mi espalda. El olor de su cuello me volvía loca, salado y masculino, mezclado con el mío que ya era puro néctar de excitación.

No aguanto más, quiero probarlo
, rugió mi mente. Giré la cara, y nuestros labios se encontraron en un beso suave al inicio, labios carnosos chocando con ternura, saboreando la cerveza en su lengua y el dulzor de mi gloss de fresa.

El beso se volvió feroz, lenguas enredándose como serpientes, chupando y mordiendo con ganas. Sus manos subieron por mi blusa, dedos ásperos rozando mi piel suave, erizándome hasta los pezones que se pusieron duros como piedras. "Ana, estás rica", jadeó él contra mi boca, y yo reí bajito, "Tú no te quedas atrás, pendejo". Le quité la playera de un jalón, admirando su torso moreno, pectorales firmes que lamí despacio, saboreando el sudor salado que perlaba su piel. Él gimió, un sonido grave que vibró en mi concha, mojándola más.

Nos paramos, tropezando un poco, riendo como tontos mientras íbamos al cuarto. La luz de la tele seguía parpadeando en el pasillo, proyectando sombras sexys en las paredes. En la cama, king size con sábanas frescas de algodón egipcio, nos desnudamos mutuamente. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como arma lista. La toqué, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en mi palma. Qué chingona, justo lo que necesitaba. Él me abrió las piernas, besando mis chichis, chupando los pezones con succiones que me arqueaban la espalda, enviando chispas directo a mi clítoris hinchado.

Marco bajó despacio, su aliento caliente en mi monte de Venus, oliendo mi panocha empapada. "Hueles a paraíso, mami", dijo, y metí los dedos en su pelo negro, guiándolo. Su lengua tocó mi botón primero, un roce ligero que me hizo gemir alto. Luego lamió mis labios mayores, saboreando mis jugos dulces y salados, metiendo la lengua adentro como follándome con ella. Yo me retorcía, caderas alzándose, el sonido de su chupeteo húmedo mezclándose con mis quejidos. "¡Sí, cabrón, así!" grité, mientras él metía un dedo, luego dos, curvándolos para darme en el punto G, ese que me hace ver estrellas.

No aguanté y lo jalé arriba. "Métemela ya", le supliqué, y él se puso encima, su peso delicioso aplastándome contra el colchón. La punta de su verga rozó mi entrada, untándose en mis mieles, y empujó despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, un ardor placentero que me arrancó un grito. Empezamos a movernos, lento al principio, piel contra piel sudada, el slap slap de nuestros cuerpos chocando, olor a sexo puro impregnando el aire. Sus embestidas se aceleraron, profundas y duras, mi concha apretándolo como guante, ordeñándolo.

Esto es mejor que cualquier diario de pasión
, pensé en medio del éxtasis, mientras él me besaba el cuello, mordiendo suave, dejando marcas que mañana dolerían rico. Cambiamos de posición, yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano juguetón. Rebotaba en su verga, mis chichis saltando, pezones rozando su pecho. El clímax se acercaba, un nudo en mi vientre apretándose. "Me vengo, Marco, ¡me vengo!" chillé, y exploté, jugos chorreando, concha convulsionando alrededor de él, olas de placer sacudiéndome entera.

Él gruñó, volteándome para follarme de perrito, verga golpeando mi cervix con furia. Sentí sus bolas contra mi clítoris, el sudor goteando de su frente a mi espalda. "Ana, te voy a llenar", avisó, y con un rugido animal, se vació dentro de mí, chorros calientes bañando mis paredes, prolongando mi orgasmo. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. Su verga aún palpitaba dentro, suave ahora, mientras besos perezosos sellaban el momento.

Minutos después, recostados con la cabeza en su pecho, oí su corazón calmándose. El olor a nosotros era embriagador, mezcla de semen, jugos y piel. Apagué la tele con el control remoto de la mesita, y la habitación quedó en penumbras, solo la luna de la ventana iluminando su sonrisa. "El diario de una pasión en Netflix nos armó buena bronca, ¿eh?", bromeó él, acariciándome el pelo. Yo reí, "Neta, wey, pero esto apenas empieza. Mañana vemos la segunda temp y repetimos". Cerré los ojos, sintiendo su calor envolviéndome, un afterglow que prometía más noches así, llenas de pasión real, no solo de pantalla.

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