La Pasion de Cristo Maria y Jesus
En el polvoriento pueblo de San Cristóbal, donde el sol besa la tierra como un amante impaciente, María preparaba su traje para la representación anual de La Pasión de Cristo. Era la Virgen María en la obra, pero en su mente bullían pensamientos que nada tenían de santos. Sus curvas generosas se marcaban bajo la túnica blanca, y el sudor perlaba su piel morena, haciendo que el aire oliera a jazmín y deseo contenido. Jesús, el carnal que interpretaba al Hijo de Dios, la observaba desde el otro lado del atrio de la iglesia. Alto, con músculos forjados en el campo, sus ojos cafés brillaban con una hambre que no se saciaba con rezos.
¿Por qué carajos me mira así, el wey? pensó María, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Habían crecido juntos, jugando en las calles empedradas, pero ahora, a sus veintiocho años, todo había cambiado. Jesús era un pendejo guapo, con esa sonrisa chueca que la hacía mojar las chancletas. Durante los ensayos, sus manos se rozaban accidentalmente, y el roce enviaba chispas por su espina dorsal. El olor a su loción barata, mezclado con el sudor fresco del esfuerzo, la volvía loca.
La noche del Viernes Santo llegó cargada de incienso y murmullos. La plaza bullía de gente: familias con veladoras, niños correteando, y el sacerdote bendiciendo con agua bendita que olía a metal y santidad. María subió al escenario improvisado, su corazón latiendo como tambor de banda. Jesús, con su corona de espinas falsas, clavado en la cruz de madera, gemía su agonía. Pero cuando sus miradas se cruzaron en la escena de la Piedad, algo se rompió. Sus dedos se entrelazaron más tiempo del necesario, y el público aplaudió, ajeno al fuego que ardía entre ellos.
Después de la obra, en la penumbra del callejón detrás de la iglesia, Jesús la acorraló contra la pared áspera.
"María, neta que no aguanto más. Desde el primer ensayo, tú eres mi pasioncita."Su aliento cálido rozaba su cuello, oliendo a tequila y canela de los tamales que habían compartido. Ella sintió su verga dura presionando contra su muslo, y un jadeo se le escapó. ¡Órale, qué prieta la tiene el cabrón!
Acto primero de su propia pasión: besos robados, lenguas danzando como serpientes en el Edén. Las manos de Jesús subieron por sus caderas, amasando la carne suave bajo la túnica. María olía su aroma masculino, terroso, y saboreaba el salado de su piel cuando mordisqueó su oreja. Esto es pecado, pero qué chingón pecado, pensó, mientras sus pezones se endurecían como piedras bajo la tela. Se separaron jadeantes cuando oyeron pasos, pero la promesa ardía en sus ojos.
Al día siguiente, Sábado de Gloria, el pueblo dormía la siesta bajo el sol abrasador. María lo citó en su casa, una casita pintada de rosa con buganvilias trepando las paredes. El aire dentro olía a café de olla y a su perfume de vainilla. Jesús llegó con una botella de mezcal, su camisa desabotonada mostrando el pecho velludo y bronceado. Es como un Cristo vivo, pero con ganas de follar, se dijo ella, el pulso acelerado.
Se sentaron en la sala, el ventilador zumbando perezosamente. Charlaron de la obra, de cómo el pueblo chismeaba sobre la pasión de Cristo María y Jesús, como si fueran personajes reales.
"Dicen que somos la versión cachonda de la Biblia, ¿sabes?"rió él, y su mano rozó la rodilla de ella. El toque fue eléctrico, enviando calor líquido entre sus piernas. María se mordió el labio, sintiendo la humedad crecer en su panocha. No seas pendeja, invítalo.
Lo llevó a su cuarto, donde la cama king size –herencia de su tía– los esperaba con sábanas frescas de algodón egipcio. La luz filtrada por las cortinas pintaba sus cuerpos en dorado. Jesús la besó despacio, saboreando sus labios carnosos como tamarindos maduros. Sus manos expertas desataron la blusa, exponiendo sus tetas grandes y firmas, pezones oscuros erguidos como invitación. Qué rico huele su sudor, a hombre de verdad, pensó ella mientras lamía su cuello, probando la sal.
Acto segundo: la escalada. Él se arrodilló, besando su vientre suave, bajando hasta el ombligo. María temblaba, el sonido de su respiración agitada llenando la habitación. Cuando sus labios tocaron la tela de las panties, ella gimió:
"¡Ay, Jesús, no mames, qué sabroso!"Él las bajó con dientes, revelando su concha depilada, húmeda y rosada, oliendo a almizcle dulce. Su lengua exploró, lamiendo el clítoris hinchado, chupando como si fuera el fruto prohibido. María arqueó la espalda, uñas clavándose en su cuero cabelludo, el placer subiendo en olas. Se me va a salir el alma, cabrón. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras succionaba. Ella se corrió gritando, jugos calientes empapando su barbilla, el cuerpo convulsionando en éxtasis.
Pero no pararon. Jesús se quitó la ropa, su verga saltando libre: gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de pre-semen. María la tomó en mano, sintiendo el pulso furioso, el calor abrasador. ¡Madre mía, qué pedazo de Cristo! La lamió desde la base, saboreando el gusto salado y amargo, metiéndosela hasta la garganta. Él gruñó,
"¡María, mi virgen puta, qué chida chupas!"Sus caderas se movían, follando su boca con cuidado, el sonido húmedo de saliva y carne resonando.
La tensión crecía como tormenta en el desierto. La puso a cuatro patas en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Desde atrás, frotó la punta contra sus labios vaginales, untándola de sus jugos. Entra ya, wey, no me hagas rogar. Él empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor placer la hizo jadear, sus paredes apretando como guante. Comenzó a bombear, piel contra piel chocando con palmadas rítmicas, sudor goteando, mezclando sus olores en una nube embriagadora.
María giró la cabeza, viendo su rostro contorsionado en placer, músculos tensos.
"Más duro, Jesús, dame tu pasión completa."Él aceleró, una mano en su clítoris frotando círculos, la otra amasando una teta. El cuarto olía a sexo crudo, a feromonas y amor líquido. Sus gemidos se fundían: ah-ah-ah de ella, gruñidos guturales de él. La segunda ola la golpeó, contrayendo su coño alrededor de su verga, ordeñándolo. Jesús rugió,
"¡Me corro, María, toma mi leche!"y se vació dentro, chorros calientes inundándola, el exceso goteando por sus muslos.
Acto tercero: el afterglow. Colapsaron enredados, pieles pegajosas, respiraciones calmándose. El sol poniente teñía la habitación de naranja, y el viento traía olor a tortillas calientes de la vecina. Jesús la besó en la frente,
"Eres mi María eterna, más que en cualquier pasión de Cristo."Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Esto no es pecado, es bendición. Se quedaron así, planeando fugas a la playa, futuros hijos con nombres bíblicos pero almas libres. La pasión de Cristo María y Jesús no terminaba en la cruz; renacía en carnes mortales, eterna y ardiente.
En San Cristóbal, los chismes volaron, pero ellos ya no escuchaban. Habían encontrado su propio evangelio, escrito en gemidos y toques, en el lenguaje del cuerpo que no miente.