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Pasión por la Limpieza Shen Yue

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Pasión por la Limpieza Shen Yue

El sol de la Ciudad de México se colaba por las cortinas polvorientas de mi departamento en la Condesa, iluminando el desmadre que había dejado la semana pasada. Yo, Alejandro, un vato de treinta y tantos que trabaja en marketing desde casa, neta que ya no podía con el relajo. Papeles tirados, platos sucios en el fregadero y un baño que parecía zona de guerra. Decidí contratar a alguien para una limpieza profunda. Fue así como encontré el anuncio de Shen Yue, una chava con acento exótico que prometía dejar todo como los chorros del agua. Chinita preciosa, según las fotos, pero lo que no esperaba era su pasión por la limpieza.

Llegó puntual, puntualazo, con una sonrisa que iluminaba más que el sol matutino. Llevaba un overol ajustado que marcaba sus curvas de infarto: tetas firmes, cadera ancha y un culazo que se movía como hipnosis. Su pelo negro azabache recogido en una coleta alta, y un olor suave a jazmín que contrastaba con el pinche tufo a humedad de mi depa. “¡Buenos días, Alejandro! Soy Shen Yue, lista para atacar este chiquero”, dijo con esa voz cantarina, mezcla de china y mexicana, porque llevaba años aquí.

Empecé a sentir un cosquilleo en la nuca mientras la veía sacar su arsenal: trapeadores, desinfectantes, esponjas que parecían juguetes eróticos. Se arrodilló en la cocina, fregando el piso con una dedicación que me dejó boquiabierto. Cada movimiento era sensual: el overol se tensaba sobre su espalda, el sudor perlaba su cuello moreno, y el aroma cítrico del limón se mezclaba con su perfume, creando un olor embriagador que me ponía la piel de gallina.

¿Qué chingados me pasa? Esta morra está limpiando mi cocina y yo aquí con la verga medio parada. Neta, su pasión por la limpieza es como un baile porno.

Intenté concentrarme en mi laptop, pero no podía. Shen Yue tarareaba una rola china mientras restregaba las baldosas, sus nalgas redondas subiendo y bajando al ritmo. El sonido del agua chapoteando, el roce áspero de la esponja contra el azulejo, todo era hipnótico. Se incorporó para limpiar la estufa, estirándose, y su overol se abrió un poco en el pecho, dejando ver el encaje negro de su bra. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome como tambor en las costillas.

“¿Todo bien, jefe?”, me preguntó, girándose con una sonrisa pícara. Sus ojos almendrados brillaban con picardía. “Sí, sí, nomás... qué chido te ves trabajando. Tienes una pasión por la limpieza que envidiaría cualquiera”. Ella rio, un sonido como campanitas. “Ay, Alejandro, es mi vicio. Me encanta ver cómo las cosas quedan perfectas, impecables. Me da un rush, ¿sabes? Como si estuviera dominando el caos”. Se acercó con un trapo húmedo, limpiando la mesa a centímetros de mí. Su aliento cálido rozó mi oreja, y el olor a su piel sudada me invadió las fosas nasales.

El ambiente se cargó de electricidad. Le ofrecí un vaso de agua fría, y al pasárselo, nuestras manos se tocaron. Sus dedos suaves, aún húmedos por el jabón, enviaron una descarga directa a mi entrepierna. “Gracias, guapo”, murmuró, lamiéndose los labios rosados. Nos quedamos mirándonos, el vapor del fregadero subiendo como niebla erótica. Ella siguió limpiando los gabinetes, subiéndose a una silla, y yo no pude evitar ponerme detrás para “ayudarla”. Mi pecho rozó su espalda, y sentí el calor de su cuerpo a través de la tela delgada.

¡Órale! Su piel quema como chile en nogada. Si no me controlo, esto va a acabar en desmadre, pero qué rico desmadre.

La tensión creció como olla exprés. Shen Yue bajó de la silla, giró hacia mí con el trapo en la mano, y lo pasó juguetona por mi camisa, quitando una mancha imaginaria. “Mira nomás, hasta tú necesitas una limpieza”. Su voz era ronca ahora, cargada de deseo. Yo la tomé de la cintura, sintiendo la curva suave bajo mis palmas, el overol áspero contra mis yemas. “Shen Yue, tu pasión por la limpieza me está volviendo loco”. Ella jadeó, presionando su cuerpo contra el mío, sus tetas aplastándose contra mi pecho. El olor a limón y jazmín era abrumador, mezclado con el almizcle de nuestra excitación naciente.

Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento. Su boca sabía a menta fresca y un toque salado de sudor, su lengua danzando con la mía como en un tango prohibido. La cargué hasta la encimera, donde aún goteaba agua jabonosa. Le bajé el overol por los hombros, revelando su piel dorada, suave como seda. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire, y yo los lamí, saboreando el salado de su piel mientras ella gemía: “¡Ay, cabrón, qué rico!”. Sus manos bajaron mi pantalón, liberando mi verga tiesa, palpitante, que ella acarició con dedos expertos, oliendo a jabón cítrico.

La volteé, apoyándola en la encimera fría, y le quité el overol del todo. Su culo perfecto brillaba bajo la luz, redondo y firme. Le separé las nalgas, besando la curva, inhalando su aroma íntimo, dulce y almizclado. “Límpieme usted ahora, Shen Yue”, le dije juguetón, y ella rio, girándose para arrodillarse. Su boca caliente envolvió mi miembro, chupando con la misma pasión que ponía en fregar pisos. El sonido húmedo de su succión, sus labios resbalosos, me hicieron gemir alto. Sentí su lengua girando, el calor de su garganta, mientras sus manos masajeaban mis bolas.

Neta, esta chava es una diosa. Su pasión por la limpieza se traduce en follar como profesional.

La levanté, la senté en la mesa limpia que acababa de restregar, y abrí sus piernas. Su concha depilada relucía húmeda, hinchada de deseo. La lamí despacio, saboreando su jugo dulce y salado, como mango maduro con chile. Ella se arqueó, clavándome las uñas en el pelo, gritando: “¡Más, pendejo, no pares!”. El sonido de sus gemidos rebotaba en las paredes, el agua goteando como fondo erótico. Mi lengua exploraba cada pliegue, su clítoris endureciéndose bajo mis labios, hasta que tembló en un orgasmo que la dejó jadeante, su cuerpo convulsionando.

Entonces la penetré, lento al principio, sintiendo su calor apretado envolviéndome centímetro a centímetro. “¡Qué chingón estás, Alejandro! Lléname”, suplicó. Empujé fuerte, el slap-slap de piel contra piel llenando la cocina, su concha chorreando jugos que olían a sexo puro. Sus tetas rebotaban con cada embestida, yo las amasaba, pellizcando pezones. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo mezclándose con el limón residual. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, su coleta azotando mi cara, sus caderas girando en círculos perfectos.

El clímax se acercó como tormenta. “Me vengo, Shen Yue, ¡órale!”, gruñí, y ella aceleró, su concha contrayéndose alrededor de mi verga. Explotamos juntos, mi leche caliente llenándola mientras ella chillaba en éxtasis, sus jugos empapando mis muslos. El mundo se volvió blanco, pulsos latiendo en sincronía, el aire cargado de nuestro aroma compartido.

Nos derrumbamos en el piso recién limpiado, aún tibios y pegajosos. Ella se acurrucó en mi pecho, su piel resbalosa contra la mía, el corazón latiéndole fuerte. “Ves, Alejandro, mi pasión por la limpieza siempre termina así... en puro desmadre chido”, dijo riendo bajito. Yo la besé en la frente, oliendo su pelo húmedo. “Pues regresa cuando quieras, mi reina de la escoba”.

El sol se ponía ahora, tiñendo la cocina impecable de naranja. Todo brillaba: los azulejos, la mesa, nosotros. Shen Yue se vistió despacio, prometiendo volver pronto. Cuando cerró la puerta, el silencio era dulce, cargado de recuerdos sensoriales: su sabor en mi boca, su olor en mi piel, el eco de sus gemidos. Neta, esa pasión por la limpieza de Shen Yue había limpiado algo más en mí: el tedio de la rutina.

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