Protagonista de la Pasión Carnal de Cristo
El sol de Iztapalapa caía como plomo derretido sobre la calle empedrada, durante la Semana Santa. Yo, Alejandro, era el protagonista de la Pasión de Cristo en la famosa representación del pueblo. Con la túnica raída pegada al cuerpo por el sudor, cargaba la cruz de madera pesada sobre los hombros, sintiendo cada astilla clavándose en mi piel curtida. La multitud gritaba, olía a incienso quemado mezclado con el aroma terroso de la tierra seca y el sudor colectivo. Mis músculos ardían, el corazón me latía con fuerza, como si de verdad estuviera en el Calvario.
Entre la marabunta de gente, la vi. Una morena de ojos negros profundos, labios carnosos pintados de rojo pasión, vestida con un huipil ligero que marcaba sus curvas generosas. Me miró fijamente mientras azotaban mi espalda con fuetes de hule. Órale, wey, pensé, esa chava me está comiendo con la mirada. Su piel brillaba bajo el sol, como si el mismo calor la hubiera untado de miel. Cuando clavaron las púas falsas en mis manos, ella mordió su labio inferior, y juro que vi un destello de deseo en sus ojos. El público aplaudía, pero yo solo oía mi pulso acelerado y el eco de su respiración entrecortada.
¿Qué carajos? ¿Una devota cachonda en mi pasión? Me late esta morra, neta. Su mirada me quema más que el sol.
Al bajar del escenario, exhausto pero vivo, la vi esperándome junto a los cambuches improvisados. Se acercó con pasos felinos, el viento trayendo su perfume de jazmín y algo más, un olor almizclado que me erizó la piel.
—Eres el protagonista de la Pasión de Cristo, ¿verdad? Qué chingón te ves sufriendo así, carnal —dijo con voz ronca, extendiendo una mano fresca que rozó mi brazo sudoroso.
—Sí, soy yo, Alejandro. ¿Y tú, mamacita? —respondí, sintiendo un chispazo eléctrico donde su piel tocó la mía.
—Lorena. Me tienes mojada desde que te vi cargar esa cruz. ¿Quieres que te ayude a quitarte el sudor?
Su propuesta fue directa, como un trago de mezcal en ayunas. La llevé a mi cuartito detrás del escenario, un espacio chiquito con una cama vieja y un ventilador que zumbaba perezoso. Cerré la puerta, y el mundo afuera se apagó: solo quedamos nosotros, el calor sofocante y la tensión que crecía como tormenta.
Acto primero de nuestra propia pasión: la desvestí despacio, admirando cómo el huipil caía revelando sus tetas firmes, pezones oscuros endurecidos por el deseo. Olía a ella, a mujer en celo, un aroma dulce y salado que me invadió las fosas nasales. Mis manos, ásperas por la cruz, recorrieron su espalda suave, bajando hasta sus nalgas redondas. Ella jadeó, presionando su cuerpo contra el mío. Sentí su calor a través de la tela fina de mi túnica.
—Quítate eso, protagonista. Quiero verte todo —susurró, tirando de la prenda.
Me quedé desnudo, mi verga ya dura como la madera que cargué, palpitando al aire caliente. Ella se arrodilló, como María Magdalena ante su señor, pero con ojos de loba. Su lengua caliente lamió la punta, saboreando el sudor salado mezclado con mi esencia. ¡Puta madre, qué rico! El sonido húmedo de su boca chupando me volvía loco, sus labios suaves envolviéndome, succionando con hambre. Mis manos enredadas en su cabello negro, guiándola, mientras gemía bajito.
Esto es mi resurrección, wey. Su boca es el paraíso después del infierno de la cruz.
La levanté, la acosté en la cama chirriante. Besé su cuello, mordisqueando la piel tibia, bajando por sus tetas. Chupé un pezón, duro como piedra pulida, mientras mi mano exploraba su panocha. Estaba empapada, labios hinchados y resbalosos, el clítoris erecto pidiendo atención. Metí un dedo, luego dos, sintiendo sus paredes calientes apretándome, su jugo chorreando por mi mano. Ella arqueó la espalda, gimiendo fuerte:
—¡Sí, cabrón! Fóllame ya, protagonista de mi pasión.
La tensión subía, como el Viernes Santo antes del clímax. Nuestros cuerpos se frotaban, piel contra piel sudorosa, el ventilador moviendo el aire cargado de nuestro olor a sexo. La volteé, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo perfecto. Escupí en mi verga para lubricar, y la penetré despacio. ¡Qué delicia! Su concha apretada me tragó entero, caliente y húmeda, contrayéndose alrededor de mi picha. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena rozando sus paredes, el slap-slap de carne contra carne, sus gemidos mezclados con mis gruñidos.
—Más fuerte, Alejandro. Dame tu pasión completa —rogaba, empujando hacia atrás.
Aceleré, mis bolas golpeando su clítoris, el sudor goteando de mi pecho a su espalda. Olía a nosotros, a sexo crudo y puro, como el incienso de la procesión pero mil veces más adictivo. Sus uñas clavadas en las sábanas, mi boca en su oreja susurrando guarradas mexicanas:
—Te voy a llenar, mamacita. Tu panocha es mi cruz de placer.
Esto es lo que la gente no ve: el protagonista de la Pasión de Cristo también tiene fuego en las venas, un volcán listo para erupcionar.
La volteé de nuevo, cara a cara, para ver sus ojos vidriosos de placer. Sus piernas alrededor de mi cintura, clavándome más profundo. Besos salvajes, lenguas enredadas con sabor a sal y deseo. Mi pulso retumbaba en los oídos, su corazón galopando contra mi pecho. La intensidad crecía, sus paredes apretándome más, anunciando el éxtasis.
—Me vengo, wey... ¡Córrete conmigo! —gritó, convulsionando.
Su orgasmo me arrastró: su concha ordeñándome, chorros de jugo caliente mojando mis muslos. Exploto dentro de ella, chorros calientes llenándola, mi cuerpo temblando como en la agonía de la cruz, pero de puro gozo. Gemí largo, profundo, colapsando sobre ella.
En el afterglow, nos quedamos abrazados, el ventilador secando nuestro sudor mezclado. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Afuera, la procesión seguía, pero aquí dentro habíamos creado nuestra propia resurrección.
—Eres más que el protagonista de la Pasión de Cristo —murmuró Lorena, trazando círculos en mi piel—. Eres el de mi alma, carnal.
Sonreí, besando su frente. El deseo inicial se había transformado en algo más profundo, un lazo forjado en sudor y placer. Mañana cargaría la cruz de nuevo, pero esta noche, mi pasión era ella. Y neta, valió cada latigazo.