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Pasión 2007

7838 palabras

Pasión 2007

Ana sintió el calor pegajoso de la noche de verano en Ciudad de México mientras caminaba por las calles empedradas de Coyoacán. Era 2007, el año en que todo parecía vibrar con una energía loca, como si la ciudad entera estuviera en celo. El aire olía a elotes asados y a jazmín de los portales, mezclado con el humo de los cigarros que fumaban los chavos en las esquinas. Llevaba un vestido rojo ajustado que le rozaba la piel como una caricia prohibida, y sus tacones chasqueaban contra el suelo, anunciando su llegada al bar La Nueva Bodega.

Adentro, la música salsa retumbaba desde los altavoces, un ritmo que te hacía mover las caderas sin remedio. Luces tenues pintaban las paredes de ámbar y rojo, y el olor a tequila reposado se colaba por cada rincón. Ana se acercó a la barra, pidiendo un paloma con hielo fresco que crujía al chocar con el vidrio. Sus ojos escanearon el lugar, buscando algo, alguien que encendiera esa chispa que llevaba días sintiendo en el pecho.

Fue entonces cuando lo vio. Javier, alto, con camisa negra desabotonada hasta el pecho, mostrando un poco de piel morena y velluda que invitaba a tocar. Bailaba solo cerca de la pista, con una cerveza en la mano, moviéndose como si el ritmo le corriera por las venas. Neta, qué chulo, pensó Ana, mientras un cosquilleo le subía por las piernas. Él giró la cabeza y sus miradas chocaron. Sonrió, con esa sonrisa pícara de los mexicanos que saben lo que provocan, y se acercó sin prisa.

—Órale, mamacita, ¿vienes a calentar la noche o qué? —le dijo, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente en mantequilla.

Ana rio, sintiendo el pulso acelerarse. —Tal vez. ¿Y tú, wey, sabes bailar o nomás posas?

La química fue instantánea, como un trago de mezcal que quema la garganta y te deja queriendo más. Charlaron de todo: de la ciudad que no duerme, de los conciertos en el Zócalo, de cómo Pasión 2007 —ese disco de salsa que acababa de salir— los tenía enganchados. "Esa rola de Fuego en la Piel me pone la piel de gallina", confesó él, rozando su brazo accidentalmente. El toque fue eléctrico, un chispazo que le erizó los vellos de la nuca a Ana.

La tensión crecía con cada sorbo, cada risa compartida. Bailaron pegados, sus cuerpos sincronizados al ritmo de la salsa. Sentía el calor de su pecho contra su espalda, el roce de sus caderas que prometía más. El sudor perlaba su frente, mezclándose con el perfume masculino de él —sándalo y algo ahumado— que la mareaba.

¿Y si me lo llevo a su casa? ¿Y si esta noche es la que recuerdo para siempre?
se preguntaba Ana en su mente, mientras sus manos exploraban la curva de su cintura.

Al final de la canción, Javier la miró fijo. —¿Vamos a mi depa? Vivo cerquita, en la colonia. Neta, no quiero que acabe la noche aquí.

Ana asintió, el deseo latiéndole en el bajo vientre como un tambor. Salieron tomados de la mano, el aire fresco de la medianoche calmando un poco el fuego, pero no lo suficiente. Caminaron en silencio, el roce de sus dedos enviando ondas de placer por su espina dorsal.

El departamento de Javier era un nido acogedor en un edificio viejo de Coyoacán: paredes con posters de Salma Hayek y vinilos de José José, una cama king size con sábanas blancas revueltas y velas a medio quemar que olían a vainilla. Cerró la puerta y la besó de inmediato, un beso hambriento que sabía a tequila y menta. Sus labios eran firmes, su lengua juguetona, explorando su boca con una urgencia que la hizo gemir bajito.

Qué rico sabes, nena —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Ana arqueó la espalda, sintiendo sus pezones endurecerse contra el vestido. Sus manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con posesión juguetona. —Te quiero ya, pero despacito, para que dure.

La desvistió lento, como si saboreara cada centímetro. El vestido cayó al suelo con un susurro sedoso, dejando su cuerpo expuesto al aire fresco. Javier la miró con hambre pura, sus ojos oscuros devorándola. "Chingón, qué cuerpo tan perfecto", pensó ella, viendo cómo su verga se endurecía bajo los pantalones. Él se quitó la camisa, revelando un torso musculoso, con un tatuaje de águila en el pecho que brillaba bajo la luz tenue.

La llevó a la cama, tumbándola con gentileza. Sus besos bajaron por su cuello, lamiendo el valle entre sus senos, succionando un pezón hasta que ella jadeó, arqueándose. El placer era un torrente, caliente y líquido, acumulándose en su centro. Me está volviendo loca este pendejo, se dijo Ana, mientras sus dedos se enredaban en su cabello negro y revuelto.

Javier descendió más, besando su vientre plano, inhalando el aroma almizclado de su excitación. —Hueles a miel y pecado —gruñó, separando sus muslos con manos firmes pero tiernas. Su lengua tocó su clítoris, un roce ligero al principio, luego círculos lentos que la hicieron retorcerse. El sonido de su lamer era obsceno, húmedo, mezclado con sus gemidos ahogados. Ana sentía cada lamida como fuego líquido, sus caderas elevándose instintivamente hacia su boca.

¡No pares, cabrón, no pares!
gritaba su mente, mientras el orgasmo se acercaba como una ola inevitable. Él metió dos dedos dentro de ella, curvándolos justo en ese punto que la volvía loca, bombeando con ritmo experto. El placer explotó, un estallido de estrellas detrás de sus párpados, su cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre.

Pero no pararon. Javier se quitó los pantalones, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando pre-semen. Ana la tomó en su mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre la dureza de acero. —Ven, métemela ya —le rogó, guiándolo a su entrada húmeda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon al unísono, el estiramiento perfecto, el ajuste ideal. Empezó a moverse, embestidas lentas y profundas que rozaban cada nervio sensible. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con sus respiraciones entrecortadas y gemidos roncos. Sudor resbalaba por sus cuerpos, lubricando cada roce.

¡Qué chingón te sientes, Ana! Tan apretadita, tan mojada para mí —gruñó él, acelerando el ritmo. Ella clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, sintiendo sus bolas golpear su culo con cada thrust. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una diosa, sus senos rebotando, el cabello cayendo en cascada. Controlaba el ritmo, moliendo su clítoris contra su pubis, persiguiendo otro clímax.

La tensión crecía, un nudo apretado en su vientre, en el de él. Javier la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás, una mano en su cadera, la otra pellizcando su clítoris. —¡Me vengo, wey! —gritó ella, el orgasmo partiéndola en dos, contracciones que ordeñaban su verga.

Él se corrió segundos después, un rugido gutural saliendo de su garganta mientras llenaba su interior con chorros calientes. Colapsaron juntos, exhaustos, piel pegada a piel, corazones galopando al unísono. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y sudor, delicioso y crudo.

Después, en la quietud, Javier la abrazó, besando su frente húmeda. —Esta noche fue Pasión 2007, pura y neta. ¿Volveremos a bailar?

Ana sonrió, trazando círculos en su pecho. Sí, carnal, y mucho más que bailar, pensó, mientras el sueño los envolvía en un afterglow tibio. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro, habían encontrado su propio fuego eterno.

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