Diario de una Pasion Completa en Español
Querido diario, hoy empiezo este relato que llevo tanto tiempo queriendo escribir. Este es mi diario de una pasion completa en español, porque neta, wey, lo que me pasa con él no se puede contar en otro idioma. Se llama Alejandro, un morro alto, moreno, con ojos que te tragan viva y una sonrisa que te hace mojar las chancletas. Nos conocimos en el tianguis de Coyoacán, entre el olor a tamales humeantes y el ruido de los vendedores gritando ofertas. Yo andaba comprando artesanías para mi departamentito en la Roma, y él estaba ahí, regateando por un sarape. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que iba a pasar.
Desde ese día, no paramos de mensajearnos. Sus palabras en WhatsApp me ponían la piel de gallina: "Nena, no sabes las ganas que tengo de oler tu perfume". Yo, que soy Ana, de veintiocho pirulos, soltera por elección pero con un fuego interno que no se apaga, le respondí con un "Ven y compruébalo, cabrón". Quedamos en un cafecito en la Condesa, con mesas de madera que crujen y el aroma a café de chiapas recién molido flotando en el aire. Cuando llegó, su colonia fresca me invadió las fosas nasales, y al rozar mi mano al darme la taza, un calor eléctrico subió por mi brazo hasta el pecho. Hablamos horas, riéndonos de pendejadas, pero debajo de todo, la tensión sexual era como un elote hirviendo, a punto de reventar.
Ay, diario, su voz grave me hace temblar las rodillas. Quiero que me bese ya, que me toque donde nadie más ha llegado con tanta hambre.
La primera cita escaló rápido. Caminamos por las calles empedradas, el viento fresco de la noche rozando mi piel desnuda bajo el vestido ligero. Sus dedos se enredaron en los míos, fuertes y cálidos, y cada paso aumentaba el pulso en mi entrepierna. Llegamos a su depa en Polanco, un lugar chido con vista a los edificios iluminados. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos como lluvia torrencial. Sabían a menta y deseo puro, su lengua explorando mi boca con urgencia juguetona. "¿Estás segura, mi reina?" murmuró contra mi cuello, su aliento caliente erizándome la nuca. "Más que nunca, amor", le contesté, jalándolo hacia el sillón.
Acto uno del deseo: nos desvestimos despacio, saboreando cada revelación. Su pecho ancho, cubierto de vello suave que olía a jabón y hombre, presionado contra mis senos turgentes. Mis pezones se endurecieron al roce de sus palmas ásperas, enviando ondas de placer hasta mi clítoris palpitante. Lo empujé al sofá, montándome encima, sintiendo su verga dura como fierro contra mi humedad creciente. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la ciudad. Le besé el torso, lamiendo el sudor salado de su piel, bajando hasta su ombligo donde el olor almizclado de su excitación me volvía loca.
Pero no quisimos apresurar el clímax. Nos fuimos a la cama, king size con sábanas de algodón egipcio que se sentían como seda contra mi espalda. Él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, su barba incipiente raspando deliciosamente. "Eres tan rica, Ana", gruñó, y su lengua encontró mi centro. El primer lametón fue como un rayo: jugo dulce saliendo de mí, mi sabor mezclado con el suyo en su boca. Gemí fuerte, arqueando la cadera, mis manos enredadas en su pelo negro mientras él chupaba mi clítoris con maestría, círculos lentos que aceleraban mi corazón a mil. El cuarto se llenó de mis jadeos y el shlop shlop húmedo de su boca devorándome.
Diario, nunca había sentido un placer tan puro. Su lengua es un pinche instrumento del diablo, me tiene al borde del abismo.
En el medio del fuego, vinieron las luchas internas. Yo pensaba en mis ex, en cómo nunca me habían hecho sentir así, tan viva, tan mujer. Él se incorporó, su verga gruesa y venosa rozando mi entrada resbaladiza. "Dime si quieres parar", dijo con ojos ardientes. "No pares ni un segundo, wey", supliqué, guiándolo dentro de mí. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con un ardor placentero que me arrancó un grito. Su grosor llenaba cada rincón, pulsando contra mis paredes internas. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando sudor. El olor a sexo crudo nos envolvía, testosterona y feromonas mexicanas puras.
Escalamos juntos. Yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando al compás de sus embestidas desde abajo. Sus manos amasaban mi culo redondo, dedos hundiéndose en la carne suave. "¡Más duro, Alejandro!" grité, y él obedeció, clavándome con fuerza que hacía crujir la cama. El sonido de nalgas contra pelvis era hipnótico, plaf plaf plaf, sincronizado con nuestros gemidos. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado al lamerlo. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de su pija hinchada.
Pero queríamos más. Cambiamos a perrito, mi posición favorita. De rodillas, con la cara en la almohada que olía a su colonia, él me penetró profundo, tocando mi punto G con cada estocada. Sus bolas peludas golpeaban mi clítoris, enviando chispas. "Estás tan apretada, mi amor, me vas a hacer venir", jadeó. Yo me masturbaba el botón mientras él me taladraba, el placer duplicándose. La tensión psicológica explotó: recordé nuestra primera mirada, el destino jodiéndonos para unirnos así. Lágrimas de éxtasis rodaron por mis mejillas.
¡Neta, diario, esto es pasión completa! Mi cuerpo es suyo, y el suyo mío, en esta danza salvaje.
El final llegó como tormenta. Mi orgasmo me destrozó primero: un estallido desde el clítoris irradiando al cerebro, piernas temblando, chorros de jugo empapando las sábanas. Grité su nombre, "¡Alejandro, cabrón, sí!", mientras él se hundía una última vez, gruñendo como león, su leche caliente inundándome, pulso tras pulso. Colapsamos juntos, cuerpos enredados, piel pegajosa y brillantes de sudor. Su corazón latía contra mi espalda, fuerte y rápido, calmándose poco a poco. Besos suaves en mi hombro, su mano acariciando mi vientre plano.
En el afterglow, nos quedamos así, escuchando la ciudad nocturna: cláxones lejanos, un perro ladrando. Su olor a semen y sudor mezclado con mi esencia floral nos arrullaba. "Eres increíble, Ana. Quiero más de esto, todos los días", susurró. Yo sonreí, girándome para besarlo lento, saboreando nuestros jugos compartidos. "Yo también, mi rey. Esto apenas empieza".
Querido diario, esta es solo la primera página de mi diario de una pasion completa en español. Mañana más, porque con Alejandro, el deseo no tiene fin. Mi cuerpo aún tiembla, mi coño sensible palpita con el recuerdo. Neta, la vida es chida cuando encuentras a tu media naranja cachonda.