Pasión por la Limpieza con el Reparto Netflix
Yo era Sofia, una chilanga de veintiocho años que vivía en un departamentito chido en la Roma Norte. Neta, mi vicio era la limpieza. Todo empezó una noche de insomnio cuando prendí Netflix y caí en Pasión por la Limpieza, un reality donde el reparto se la rifaba organizando casas desmadrosas. El wey que me voló la cabeza fue Marco, el experto en pisos relucientes, con sus brazos tatuados y esa sonrisa pícara que hacía que mi panocha se mojara solo de verlo fregar. ¿Qué pedo contigo, Sofia? ¿Limpieza te prende?, me dije mientras pasaba el control, pero ya estaba enganchada con el reparto de Netflix.
Al día siguiente, mi depa brillaba como espejo. Trapos, desinfectante con olor a limón fresco, el vapor subiendo del trapeador caliente. Me ponía shortcitos ajustados y una blusa sin brasier para sentir el roce del aire en mis chichis mientras restregaba. El sudor me perlaba la piel, y en mi cabeza, Marco estaba ahí, a mi lado, sus manos grandes guiando las mías sobre la loza.
Imagínate si ese carnal del reparto viniera a limpiar contigo, Sofia. Te comería viva entre la espuma.Me reí sola, pero la idea me dejó caliente toda la tarde.
Semanas después, vi que el reparto de Pasión por la Limpieza venía a México por un evento en Polanco. Subí una foto de mi cocina impecable a Insta con el hashtag #PasionPorLaLimpiezaNetflixReparto. No lo podía creer: Marco me dio like y me mandó DM. "Qué chido tu estilo, nena. ¿Quieres venir al evento? Necesito tips mexicanos para limpiar en DF". Mi corazón latió como tamborazo. Le contesté que sí, y para mi sorpresa, me invitó a su hotel temporal. "Ven a ayudarme a limpiar el depa que renté. Trae tu pasión por la limpieza". Esto es real, no mames.
Llegué al hotel en la Condesa, con mi kit de limpieza: vinagre, bicarbonato, guantes de látex que me apretaban las nalgas. Marco abrió la puerta en playera ajustada, jeans caídos mostrando el elástico de su bóxer. Olía a colonia fresca con un toque de sudor varonil. "¡Sofi! Pásale, carnala". Su voz grave me erizó la piel. El depa era un desmadre light: platos sucios, ropa tirada, polvo en las cortinas. Empezamos en la cocina. Yo esparcía el desinfectante, el aroma cítrico llenando el aire, mientras él lavaba trastes. Nuestros brazos se rozaban, su piel caliente contra la mía. Sentí su mirada en mis tetas cuando me agaché por un trapo.
"Neta, tu pasión por la limpieza es contagiosa", dijo, secándose las manos en una toalla. Se acercó por detrás mientras yo fregaba la estufa. Su aliento en mi cuello, mano en mi cintura. "Déjame ayudarte con eso". Su cuerpo pegado al mío, la verga semi-dura presionando mis nalgas. El corazón me tronaba en los oídos, el olor a jabón y su masculinidad me mareaba. Me giré despacio, nuestros ojos chocando. Quiere lo mismo que tú, pinche caliente. "Marco, esto no es solo limpieza, ¿verdad?", susurré, mi voz ronca. Él sonrió, jalándome de la blusa. "Nunca lo fue, reina".
Nos besamos como hambrientos. Sus labios gruesos sabían a menta y deseo, lengua explorando mi boca con urgencia. Manos por todos lados: las mías en su pecho firme, sintiendo los músculos contraerse bajo mis uñas. Él me alzó sobre la mesita, el mármol frío en mis muslos contrastando con su calor. Me quitó la blusa, chupando mis pezones duros como piedras. Gemí, el sonido rebotando en las paredes. "Estás cañón, Sofi. Tu piel huele a limón y mujer". Bajó mis shorts, dedos hurgando mi tanga empapada. Olía a mi excitación, almizclada y dulce.
Lo jalé al piso, sobre las rodillas entre espuma y trapos. Le bajé el bóxer, su verga saltó gruesa, venosa, goteando precum. La lamí desde la base, sabor salado en mi lengua, mientras él gruñía "¡Qué rico, nena!". Lo chupé profundo, garganta apretándolo, sus caderas empujando suave. El pelo de su pubis rozaba mi nariz, olor a hombre puro. Me levantó, nos movimos al baño. La regadera abierta, vapor subiendo como niebla erótica. Agua caliente nos mojó, jabón resbalando por curvas. Sus manos en mi culo, dedos metiéndose en mi chocha chorreante. "Estás lista, mi limpiadora sexy".
Me penetró contra la pared azulejada, fría en mi espalda, su pija abriéndome centímetro a centímetro. Grité de placer, uñas clavadas en sus hombros. "¡Más duro, wey! Limpia mi interior". Ritmo salvaje, agua salpicando, slap-slap de pieles chocando. Sentía cada vena pulsando dentro, mi clítoris rozando su pubis. El vapor olía a sexo mezclado con gel de baño.
Esto es mejor que cualquier episodio del reparto Netflix. Es mi pasión real.Cambiamos: yo encima en la regadera, cabalgándolo, tetas botando, agua corriendo por mi espalda arqueada. Él mamaba mis chichis, mordisqueando suave.
Salimos empapados al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas como mi obsesión por lo limpio. Me puso en cuatro, embistiéndome desde atrás. Su saco chocando mis nalgas, manos jalando mi pelo. "¡Ven, Sofi, córrete conmigo!". El orgasmo me explotó: olas de fuego desde el útero, piernas temblando, chocha contrayéndose ordeñándolo. Él rugió, llenándome de leche caliente, chorros pegajosos goteando por mis muslos. Colapsamos, jadeando, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Su olor a corrida y mío impregnaba el aire.
Después, en afterglow, limpiamos juntos de nuevo, pero ahora riendo, desnudos. Trapos en cuerpos, besos suaves. "Tu pasión por la limpieza Netflix reparto me conquistó", dijo, abrazándome. Yo sonreí, dedo en su pecho. Esto no acaba aquí, carnal. Volveremos a fregar... y más. Salí del hotel con el cuerpo adolorido de gusto, el sol de la Condesa calentándome la piel. Mi vida ya no era solo trapos y Netflix; ahora tenía a Marco, mi rey de la limpieza, y una pasión que brillaba más que cualquier superficie pulida.