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Pasion Capitulo 30 El Despertar Prohibido

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Pasion Capitulo 30 El Despertar Prohibido

La luz de las velas parpadeaba en mi departamento de Polanco, tiñendo las paredes de un naranja cálido que hacía que todo pareciera un sueño. Yo, Ana, con mi bata de seda roja apenas cubriéndome, caminaba de un lado a otro, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. Habían pasado semanas desde nuestra última noche, pero cada recuerdo de Diego me encendía por dentro. Pasion capitulo 30, pensé, como si esta fueran las páginas de mi propia novela erótica, donde el deseo se desborda sin control.

El timbre sonó, y mi piel se erizó al instante. Abrí la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me deshacía. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y un olor a colonia fresca con toques de madera me invadió, mezclándose con el aroma del tequila reposado que traía en la mano.

—Órale, nena, ¿me extrañaste? —dijo con esa voz grave, mexicana hasta la médula, mientras entraba y cerraba la puerta con el pie.

—Más de lo que imaginas, cabrón —le respondí, mordiéndome el labio, sintiendo ya el calor subiendo por mis muslos.

Nos quedamos mirándonos un segundo eterno, el aire cargado de electricidad. Él dejó la botella en la mesa y se acercó, sus manos grandes rodeando mi cintura. Su toque era fuego puro, quemándome a través de la seda. Me jaló contra su pecho, y aspiré su cuello, ese sabor salado mezclado con su sudor ligero de la noche calurosa de la ciudad.

Empezamos besándonos despacio, como si quisiéramos saborear cada segundo. Sus labios carnosos presionaban los míos, la lengua explorando con hambre contenida. Esto es lo que necesitaba, pensé, mientras mis manos subían por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, y el roce de la tela contra mi piel endurecía mis pezones.

Nos separamos un poco, jadeantes. Diego me miró a los ojos, oscuros como el chocolate amargo que tanto me gustaba.

—Esta noche va a ser especial, Ana. Como si fuera pasion capitulo 30, el clímax de todo —murmuró, y supe que lo decía en serio.

Me llevó al sofá de piel suave, donde nos sentamos uno frente al otro. Sirvió dos shots de tequila, el líquido dorado brillando bajo la luz. Chocamos vasos, el cristal tintineando como campanas lejanas, y el ardor bajó por mi garganta, despertando cada nervio. El sabor ahumado se mezcló con el de su boca cuando me besó de nuevo, más profundo, más urgente.

Sus manos bajaron por mis hombros, deslizando la bata hasta que quedé expuesta. El aire fresco de la habitación rozó mis senos, haciendo que se endurecieran más. Diego gimió bajito al verme, sus ojos devorándome.

—Qué chingona estás, mamacita —dijo, y esa palabra tan mexicana me puso la piel de gallina.

Yo no me quedé atrás. Le desabotoné la camisa con dedos temblorosos, revelando su torso bronceado, marcado por horas en el gym. Pasé las uñas por su abdomen, sintiendo la dureza de sus músculos contra mi palma suave. Él se inclinó y tomó uno de mis pezones en su boca, chupando con delicadeza al principio, luego con más fuerza. Un gemido escapó de mis labios, el placer como rayos eléctricos bajando directo a mi entrepierna.

El calor entre mis piernas crecía, húmedo y pegajoso. Me recargué en el sofá, abriendo las piernas instintivamente. Diego se arrodilló frente a mí, sus manos separando mis muslos con ternura. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que nos volvía locos a los dos. Su aliento caliente rozó mi clítoris antes de que su lengua lo tocara, suave como terciopelo mojado.

—¡Ay, Diego! —grité, mis caderas moviéndose solas contra su boca.

Él lamía despacio, saboreándome como si fuera el postre más rico. Cada roce de su lengua mandaba ondas de placer por todo mi cuerpo. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave, guiándolo. El sonido húmedo de su boca contra mi sexo era obsceno, delicioso, mezclado con mis jadeos y el tráfico lejano de Reforma.

Pero quería más. Lo jalé hacia arriba, besándolo con furia, probándome en su lengua. Le quité los pantalones, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel sobre el acero debajo. Él gruñó, un sonido animal que me excitó más.

—Te necesito dentro de mí, pendejo —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.

Nos movimos al piso, sobre la alfombra mullida que olía a limpio y a nosotros. Diego se colocó encima, pero yo lo volteé, queriendo control. Montándolo, guié su verga a mi entrada, bajando despacio. El estiramiento fue exquisito, llenándome por completo. Gemí alto cuando estuve sentada hasta el fondo, su pubis rozando mi clítoris.

Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose dentro y fuera. Sus manos en mis caderas me guiaban, pero yo marcaba el ritmo. Nuestros cuerpos chocaban con un slap slap rítmico, sudor perlando nuestras pieles. El olor a sexo, a tequila y a piel caliente llenaba el aire. Miré sus ojos, perdidos en el placer, y supe que esto era puro, consensual, nuestro.

Aceleré, cabalgándolo como en un rodeo salvaje. Mis senos rebotaban, y él los atrapó, pellizcando los pezones. El orgasmo se acercaba, una ola gigante formándose en mi vientre.

—¡Más rápido, Ana! ¡Chíngame duro! —gruñó, su voz ronca.

Obedecí, mis muslos ardiendo, el placer subiendo como lava. Él se incorporó, abrazándome fuerte, nuestras pieles pegajosas uniéndose. Nos besamos mientras follábamos, lenguas enredadas, respiraciones sincronizadas. Sentí sus bolas apretándose contra mí, listo para explotar.

El clímax me golpeó primero, un estallido de luces detrás de mis ojos cerrados. Grité su nombre, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Diego rugió, embistiéndome una última vez profundo, su semen caliente llenándome, mezclándose con mis jugos.

Colapsamos juntos, jadeantes, sudorosos. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo contra el mío como un solo tambor. Besó mi frente, suave, tierno.

—Eso fue la pasion capitulo 30, mi amor —dijo, riendo bajito.

Me acurruqué en su pecho, sintiendo el afterglow envolviéndonos como una manta cálida. El tequila olvidado en la mesa, las velas menguando, la ciudad zumbando afuera. En ese momento, supe que esto no era solo sexo; era conexión, fuego que no se apagaba. Mañana vendrían más capítulos, pero esta noche era perfecta, nuestra.

Nos quedamos así, entrelazados, hasta que el sueño nos venció, con el sabor de la pasión aún en los labios.

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