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Libros de Pasion y Lujuria Desnuda

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Libros de Pasion y Lujuria Desnuda

Entré a esa librería en el corazón de la Roma, con el sol de la tarde colándose por las vitrinas y pintando todo de dorado. El aire olía a papel viejo y a café recién molido de la máquina al fondo. Mis dedos rozaban las portadas de los libros de pasion y lujuria, esas novelas que prometían mundos prohibidos entre sus páginas. Neta, andaba con un calor que no era solo del clima; llevaba días fantaseando con algo que me sacara de la rutina de oficina y tacos al pastor.

Ahí estaba él, recargado en el estante de al lado, con una camisa blanca que se le pegaba al pecho por el sudor ligero de la ciudad. Moreno, ojos cafés intensos, como los de un galán de telenovela pero con esa vibe real, de wey que sabe lo que quiere. Me pilló hojeando un libro con una portada de cuerpos entrelazados y sonrió de lado.

¿Qué, buscas inspiración o acción real? me dijo, voz grave, con ese acento chilango que me eriza la piel.

Le contesté con una risa coqueta: Depende de qué tan buena sea la acción. Nos pusimos a platicar de autores prohibidos, de esas historias que te dejan mojadita solo de leerlas. Se llamaba Diego, fotógrafo freelance, y olía a colonia fresca mezclada con algo masculino, como tierra mojada después de la lluvia. Sus manos grandes rozaban las mías al pasar los libros, y cada toque era como una chispa. Sentía mi corazón latiendo fuerte, el pulso en las sienes, y un cosquilleo bajito que subía despacito.

Salimos juntos, caminando por las calles empedradas, con el ruido de los coches y los vendedores de elotes de fondo. Compró un par de libros de pasion y lujuria para mí, envueltos en papel kraft que crujía al tocarlo. Para que practiquemos, guiñó. Llegamos a su depa en una casa vieja pero chida, con balcón a la plaza. Adentro, luz tenue de lámparas de papel, olor a incienso de copal y sábanas limpias.

Nos sentamos en el sillón, abrimos uno de los libros. Leí en voz alta un párrafo caliente, mi voz temblando un poco: Sus labios devoraban su piel, lamiendo el sudor salado... Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello. Sigue leyendo, murmuró, mientras su mano subía por mi muslo, despacio, rozando la tela de mi falda. Sentía el calor de su palma a través de la ropa, mi piel erizándose como si estuviera viva por primera vez.

El deseo crecía como una ola. Lo miré, sus ojos oscuros devorándome. ¿Quieres que pare? preguntó, siempre atento. Ni madres, sigue, le dije, jalándolo hacia mí. Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, saboreando el café y el dulce de su boca. Luego, hambre pura: lenguas enredadas, mordidas suaves, el sonido húmedo de besos que llenaba la habitación. Sus manos desabotonaron mi blusa, dedos ásperos de tanto manejar cámaras rozando mis pezones, que se pusieron duros como piedras.

Me recargó en el sillón, besando mi clavícula, bajando al valle entre mis chichis. Olía a mi perfume mezclado con su sudor, un aroma embriagador que me mareaba. Eres una chingona, susurró, mientras lamía un pezón, chupándolo con succiones que me hacían arquear la espalda. Gemí bajito, el placer como electricidad bajando directo a mi entrepierna. Mis manos en su pelo, jalándolo más cerca, sintiendo los músculos de su espalda tensos bajo la camisa.

Lo empujé suave para quitarle la ropa. Su pecho ancho, vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta su pantalón. Desabroché su chamarra, besando su abdomen, saboreando la sal de su piel. Él jadeaba, Pinche delicia, mientras yo bajaba su zipper. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con mi aliento cerca. La tomé en la mano, piel suave sobre dureza, y la lamí de abajo arriba, sintiendo su pulso en mi lengua. Él gruñó, profundo, agarrándome el pelo con ternura.

Me levantó como si no pesara nada, llevándome a la cama. Sábanas frescas contra mi espalda desnuda, su cuerpo cubriéndome. Rozaba su verga contra mi concha, ya empapada, el calor húmedo mezclándose. Dime si quieres, siempre chequeando. Sí, cabrón, métemela ya, le rogué, piernas abiertas invitándolo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome, el roce contra mis paredes internas que me hacía ver estrellas.

Empezamos lento, sus caderas moviéndose en círculos, frotando mi clítoris con su pubis. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, nuestros gemidos mezclados con el tráfico lejano. Sudor resbalando entre nosotros, salado en mis labios cuando lo besé. Aceleró, embestidas profundas que me clavaban al colchón, mi concha apretándolo como guante. Me vengo, wey, grité, el orgasmo explotando desde adentro, olas de placer que me temblaban las piernas, contracciones ordeñándolo.

Él siguió, sudando, músculos brillando bajo la luz. Ahí viene, avisó, y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su gruñido animal en mi oído. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. Su peso sobre mí era perfecto, protector.

Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en el balcón, envueltos en una cobija. El viento fresco secaba nuestro sudor, la ciudad bullendo abajo con luces y risas. Me dio otro de los libros de pasion y lujuria, Para la próxima lectura en voz alta. Reí, sintiéndome viva, empoderada, como si hubiera salido de esas páginas directamente.

Nos quedamos así hasta el amanecer, platicando de todo y nada, sus dedos trazando lazy patterns en mi brazo. No era solo sexo; era conexión, esa chispa que enciende el alma. Caminé de regreso a casa con las piernas flojas, el cuerpo marcado por sus besos, y una sonrisa que no se borraba. Neta, los libros de pasion y lujuria eran chidos, pero la realidad con Diego los superaba con creces.

Desde esa noche, cada vez que paso por la librería, el olor a papel y café me trae recuerdos: su sabor en mi boca, el calor de su cuerpo, el éxtasis compartido. Y sé que volveremos a abrir esas páginas juntos, para escribir nuestras propias historias de pasión desatada.

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