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Abismo de Pasion Capitulo 37 Llamas Eternas

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Abismo de Pasion Capitulo 37 Llamas Eternas

El sol de la tarde caía como una caricia ardiente sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul profundo que se fundía con el cielo. Yo, Ana, caminaba descalza por la arena tibia, sintiendo cada grano rozar mis pies como un amante juguetón. Hacía semanas que no veía a Javier, mi carnal de toda la vida, ese pendejo guapo que me volvía loca con solo una mirada. Habíamos quedado en su cabaña frente al mar, un refugio de madera y cristal donde el viento del Pacífico traía olor a sal y jazmín salvaje.

Al llegar, lo vi en la terraza, recargado en la barandilla, con su camisa blanca abierta dejando ver ese pecho moreno y musculoso que tanto me gustaba lamer. Sus ojos negros me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts cortitos y la blusa escotada que apenas contenía mis chichis. Qué chulo está el cabrón, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta.

Esto va a ser el desmadre, Ana. No te resistas, déjate llevar por el abismo de pasion que siempre nos arrastra.

Mamacita, murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose con pasos lentos como un jaguar acechando. Me tomó de la cintura, sus manos grandes y callosas deslizándose bajo mi blusa, tocando mi piel desnuda. Olía a loción de coco y a hombre sudado por el calor, un aroma que me hacía mojarme al instante.

Javier, güey, me tienes loca de ganas, le respondí, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como piedra, y un gemido se me escapó. Nos besamos con hambre, lenguas enredándose, saboreando el salado de su boca y el dulce de mi labial de fresa. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos se mezclaba con nuestros jadeos, como si el mar aplaudiera nuestro reencuentro.

Entramos a la cabaña sin soltarnos, tropezando con los muebles en el camino. La habitación principal era un paraíso: cama king size con sábanas de algodón egipcio, ventiladores girando perezosamente y ventanales abiertos al océano. Lo empujé contra la pared, mordisqueando su cuello mientras mis uñas arañaban su espalda. Él rio bajito, ese sonido grave que vibraba en mi pecho.

Quítate eso, pinche tentación, gruñó, jalando mi blusa por encima de la cabeza. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como caramelos listos para chupar. Javier se arrodilló, lamiendo uno con devoción, succionando hasta que arqueé la espalda gimiendo ¡ay, qué rico, carnal! Su lengua era fuego, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.

Le desabroché los pantalones, liberando su verga gruesa y venosa, que saltó erecta apuntándome. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso acelerado bajo la piel suave. Es mía esta noche, toda para mí. La masturbe despacio, viendo cómo sus ojos se cerraban de placer, oyendo su respiración entrecortada. Goteaba precum, salado y viscoso en mi lengua cuando me agaché a probarlo. Lo chupé profundo, garganta relajada, saboreando cada centímetro mientras él enredaba sus dedos en mi pelo oscuro.

Para, o me vengo ya, mi reina, jadeó, levantándome para arrojarme a la cama. Me quitó los shorts y la tanguita de encaje rojo, exponiendo mi concha depilada y húmeda. El aire fresco rozó mis labios hinchados, y gemí ante la anticipación. Javier se desnudó completo, su cuerpo atlético brillando de sudor bajo la luz dorada del atardecer. Se colocó entre mis piernas, besando mis muslos internos, inhalando mi aroma almizclado de excitación.

En este momento, todo es perfecto. Javier y yo, perdidos en nuestro abismo de pasion capitulo 37 de la vida, donde cada toque es un capítulo nuevo de éxtasis.

Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo en círculos lentos, succionando suave. ¡Chíngame con la boca, papi! grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara. Introdujo dos dedos gruesos en mi interior, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, mientras su nariz rozaba mi monte de Venus. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos altos y sus gruñidos ahogados. Olía a sexo puro, a jugos míos cubriendo su barbilla.

No aguanté más. El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando su boca. ¡Sí, así, no pares! Grité su nombre mientras estrellas explotaban detrás de mis párpados. Javier bebió todo, lamiendo hasta dejarme temblando.

Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Sentí su verga presionando mi entrada, resbaladiza de mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué grande estás, cabrón, me llenas toda! Gemí, empujando hacia atrás para tomarlo más profundo. Sus manos agarraron mis caderas, embistiéndome con ritmo creciente, piel contra piel en palmadas rítmicas que resonaban en la habitación.

El sudor nos unía, goteando por su pecho a mi espalda, mezclándose con el olor a mar y pasión. Me jaló el pelo suave, arqueando mi espalda, mientras su otra mano bajaba a frotar mi clítoris. Cada estocada tocaba mi cervix, enviando ondas de placer que me nublaban la mente.

Esto es el abismo, puro fuego eterno donde nos perdemos sin vuelta atrás.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos amasaron mis tetas, pellizcando pezones mientras yo cabalgaba fuerte, mi concha apretándolo como guante. Veía su cara de éxtasis, músculos tensos, venas hinchadas en el cuello. ¡Córrete conmigo, Javier, lléname! le ordené, acelerando hasta que sentí sus bolas apretarse.

Explotamos juntos. Su verga latió dentro, chorros calientes inundándome, mientras mi segundo orgasmo me hacía gritar como loca. Colapsamos enredados, respiraciones agitadas, corazones galopando al unísono. El sol se hundía en el horizonte, pintando la habitación de rojos y naranjas, como si el cielo celebrara nuestro clímax.

Después, yacimos en silencio, sus dedos trazando patrones perezosos en mi piel pegajosa. Olía a nosotros, a semen y jugos secos, un perfume íntimo y adictivo. Me besó la frente, suave.

Eres mi todo, Ana. Este abismo de pasion no tiene fin, susurró.

Sonreí, acurrucándome en su pecho. Capitulo 37 cerrado con broche de oro, pero vendrán más, siempre más. El mar susurraba promesas de noches eternas, y yo sabía que nuestro fuego solo ardía más fuerte.

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