Abismo de Pasión del Elenco Secreto
El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en Tequila, Jalisco, donde filmábamos Abismo de Pasión. Yo, Daniela, era la antagonista seductora, esa que todos amaban odiar. Mi piel bronceada brillaba bajo el sudor, y el vestido ajustado de época me hacía sentir como una diosa ranchera. Alejandro, el galán principal del abismo de pasión elenco, me observaba desde el otro lado del set con esos ojos cafés que prometían tormentas. Neta, desde el primer día de ensayos, sentía esa electricidad entre nosotros, como si el guion nos hubiera escrito un capítulo prohibido.
—Corte —gritó el director, secándose el frente con un pañuelo—. ¡Todos a comer, cabrones! Mañana seguimos con la escena del beso.
Me acerqué al tráiler de maquillaje, el aire cargado con olor a tierra húmeda y flores de agave. Mi corazón latía fuerte, imaginando esos labios de Ale contra los míos.
¿Y si el beso de mañana no es solo actuación? ¿Y si nos perdemos en este abismo de verdad?me dije, mientras me quitaba el vestido y me ponía un short jean y una blusa suelta. El espejo reflejaba mis curvas, pechos firmes y caderas que se movían solas al caminar.
Alejandro entró sin tocar, con una sonrisa pícara. —Mamacita, ¿ya te estás cambiando? No vaya a ser que el director nos cache y piense que estamos improvisando.
Reí, sintiendo un cosquilleo en el vientre. —Wey, si supiera lo que pasa por mi cabeza con tus escenas, nos echaría a los dos.
Nos sentamos en el sofá viejo del tráiler, compartiendo una cerveza fría. Su muslo rozó el mío, y el calor de su piel traspasó la tela. Hablamos del abismo de pasión elenco, de cómo todos éramos una familia disfuncional llena de chismes y miraditas. Pero entre risas, sus dedos jugaban con un mechón de mi pelo negro, y yo no me aparté. El deseo crecía como la marea, lento pero imparable.
Al atardecer, el set se vació. Los reflectores se apagaron, dejando la hacienda en penumbras doradas. Me quedé practicando líneas sola en el patio, bajo las luces de papel que colgaban como estrellas. Alejandro apareció de la nada, camisa desabotonada mostrando su pecho velludo y marcado por horas en el gym.
—No puedo dejar de pensar en esa escena del beso —dijo, acercándose tanto que olí su colonia mezclada con sudor macho—. ¿Quieres ensayar, Dani?
Mi pulso se aceleró. —Órale, pero sin cámaras, pendejo. Esto es entre nosotros.
Sus manos tomaron mi cintura, firmes pero tiernas. Nuestros labios se rozaron primero, un toque ligero como pluma, probando el sabor salado del día. Luego, la boca se abrió, lenguas danzando en un ritmo frenético. Gemí bajito, sintiendo su verga endurecerse contra mi vientre. El mundo se redujo a ese beso: el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies, el viento fresco en la nuca, el calor húmedo entre mis piernas.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al interior de la hacienda. La recámara de invitados olía a sábanas frescas de lavanda y madera antigua. Me tiró en la cama king size, riendo. —Eres fuego puro, Daniela. Me traes loco desde el casting.
Me quité la blusa despacio, dejando que mis tetas rebotaran libres, pezones duros como piedras. Él se desnudó en segundos, su cuerpo atlético brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.
¡Qué chulo está este wey! Cada músculo, cada vena en su brazo... lo quiero todo dentro de mí.Sus manos exploraron mi piel, dedos callosos rozando mis muslos, subiendo hasta mi concha ya empapada. Jadeé cuando metió dos dedos, moviéndolos en círculos que me hicieron arquear la espalda.
—Qué rica estás, mojada como charco —murmuró, besando mi cuello, mordisqueando suave—. Dime que lo quieres, Dani.
—Sí, carnal, métemela ya. No aguanto más.
Se posicionó entre mis piernas, su verga gruesa y venosa palpitando contra mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer inicial se convirtió en éxtasis puro cuando empezó a bombear, fuerte y profundo. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos y sus gruñidos roncos. Sudábamos, cuerpos resbalosos uniéndose en un vaivén perfecto. Olía a sexo crudo, a feromonas y pasión desatada.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Mis caderas giraban, sintiendo cómo su pija tocaba ese punto que me volvía loca. Agarré sus hombros, uñas clavándose, mientras él amasaba mis nalgas. —¡Más duro, Ale! ¡Dame todo!
El clímax se acercaba como tormenta. Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, enviando chispas por mi espina. Él se tensó debajo de mí, —Me vengo, chula... ¡ahora!
Explotamos juntos. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras oleadas de placer me sacudían. Grité su nombre, el mundo blanco y negro. Él rugió, llenándome con chorros calientes que se derramaban por mis muslos.
Caímos exhaustos, jadeando. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones latiendo al unísono. Me besó la frente, suave. —Esto no fue solo un ensayo, ¿verdad?
Reí bajito, trazando círculos en su piel salada. —Neta que no, wey. Somos el abismo de pasión elenco más caliente.
Nos quedamos así horas, hablando en susurros sobre el futuro, sobre escenas que escribiríamos nosotros mismos. El amanecer tiñó el cielo de rosa, y con él, una promesa de más noches así. Salimos de la hacienda de la mano, listos para enfrentar el set con sonrisas cómplices. Ese abismo nos había tragado, pero qué chingón era nadar en él.