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Coalo Zamorano Eres Mi Pasión

7434 palabras

Coalo Zamorano Eres Mi Pasión

La noche en Polanco estaba viva como un corazón latiendo a todo lo que daba. Las luces de neón parpadeaban sobre las fachadas de los bares elegantes, y el aire traía ese olor a tequila reposado mezclado con jazmín de los jardines cercanos. Yo, Mariana, acababa de entrar al La Fuente, un antro chido donde la gente guapa se codeaba sin parar. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, y mis tacones resonaban contra el piso de mármol pulido. Pero nada me preparó para verlo a él.

Allí estaba Coalo Zamorano, el delantero estrella del América, rodeado de carnales y unas morras que lo miraban como si fuera el último taco al pastor del universo. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Sus ojos cafés profundos escanearon la pista hasta que se clavaron en mí.

Coalo Zamorano eres mi pasión, pensé, recordando las noches que lo vi por la tele, imaginando sus manos fuertes sobre mi piel.
Me acerqué a la barra, pidiendo un margarita con sal, sintiendo su mirada quemándome la espalda.

Órale, güerita, ¿vienes sola o qué? —dijo su voz grave, como un ronroneo que me erizó la nuca.

Me volteé, fingiendo sorpresa. —Sola pero no aburrida, wey. Tú eres el que parece perdido en este mar de gente.

Se rio, esa carcajada profunda que vibró en mi pecho. Pidió otra ronda y nos quedamos platicando. Hablamos de fútbol, de la Ciudad de México que no duerme, de cómo el pulque sabe mejor en las fiestas patronales. Su aroma, una mezcla de colonia cara y sudor fresco del gimnasio, me envolvía como una niebla caliente. Cada vez que se inclinaba, su brazo rozaba el mío, enviando chispas por mi espina dorsal. La tensión crecía, lenta pero segura, como el calor que sube antes de la tormenta.

En la pista de baile, las luces estroboscópicas pintaban su piel de tonos azules y rojos. Me jaló hacia él, su mano grande en mi cintura, guiándome al ritmo del reggaetón que retumbaba. —Estás cañona, Mariana, murmuró en mi oído, su aliento cálido oliendo a tequila y menta. Bailamos pegados, mis caderas ondulando contra las suyas, sintiendo lo duro que se ponía debajo de sus jeans. Mi corazón galopaba, el sudor perlaba mi escote, y el roce de su pecho contra mis tetas me hacía jadear bajito.

No puedo más, Coalo Zamorano eres mi pasión desde que te vi meter ese golazo en el Azteca. Quiero probarte, sentirte dentro.
Lo besé primero, mis labios chocando con los suyos suaves pero firmes. Él respondió con hambre, su lengua explorando mi boca como si fuera un territorio nuevo. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona, y yo gemí contra su boca, el sabor salado de su piel mezclándose con el mío.

Salimos del antro hechos un desmadre, riendo como pendejos mientras subíamos a su camioneta Range Rover negra. El motor rugió suave, y él manejó hasta su penthouse en Lomas de Chapultepec, con vistas al skyline iluminado. En el elevador, no aguantamos: me levantó contra la pared, mis piernas envolviéndolo, besándonos como si el mundo se acabara. Su erección presionaba contra mí, dura como piedra, y yo la froté con mi entrepierna, mojada ya de anticipación. Olía a sexo inminente, a deseo crudo.

Adentro, el lugar era puro lujo: sillones de piel, botella de Don Julio abierta en la barra. Me quitó el vestido de un tirón, sus ojos devorando mis curvas. —Eres una chulada, nena, gruñó, lamiendo mi cuello mientras sus dedos jugaban con mis pezones endurecidos. Caí de rodillas, desabrochando su cinturón con dientes, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el olor almizclado de su excitación. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum, y él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo.

¡Qué rico chupas, Mariana! Sigue así, pendejita caliente.

Lo succioné profundo, mi lengua girando alrededor del glande, mientras él gemía y empujaba suave. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el slap húmedo de mi boca. Me levantó, cargándome al cuarto como si no pesara nada. La cama king size nos recibió, sábanas de hilo egipcio frescas contra mi piel ardiente.

Se tendió sobre mí, besando cada centímetro: mis tetas, mi ombligo, bajando hasta mi coño depilado y chorreante. Su lengua experta lamió mis labios mayores, abriéndolos, chupando mi clítoris hinchado. —Estás empapada por mí, ¿verdad? —dijo, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G. Grité, arqueándome, el placer como electricidad recorriendo mis nervios. Olía a mi propia excitación dulce, a su sudor masculino. Lamí sus hombros salados mientras él me comía viva, mis uñas clavándose en su espalda musculosa.

Coalo Zamorano eres mi pasión, fóllame ya, hazme tuya.
No aguanté más. —¡Métemela, Coalo! Quiero sentirte adentro.

Se puso condón rápido, posicionándose. La punta de su verga rozó mi entrada, y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí alto, el ardor placentero de ser llena por completo. Empezó a bombear, primero suave, luego más duro, sus caderas chocando contra las mías con un slap slap rítmico. Sudábamos juntos, piel resbalosa, el colchón crujiendo bajo nosotros. Lo monté después, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando, sus manos apretando mis caderas. Él gruñía, ¡Qué prieta estás, cabrona!, pellizcando mis pezones.

La tensión subió como una ola imparable. Sentía mi orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre. Él aceleró, su verga hinchándose más, golpeando profundo. —Vente conmigo, Mariana, jadeó. Exploté primero, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, gritando su nombre mientras luces estallaban detrás de mis párpados. Él se vino segundos después, rugiendo, su cuerpo temblando contra el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su piel pegajosa y cálida. Besó mi frente, suave ahora, y rodamos para mirarnos. El cuarto olía a sexo satisfecho, a promesas cumplidas. —Eres increíble, wey, le dije, trazando su pecho con un dedo.

Tú tampoco te quedas atrás, mi pasión, respondió con esa sonrisa que me derritió de nuevo.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el sudor, jabón espumoso resbalando por nuestros cuerpos. Sus manos me masajearon la espalda, tiernas, y yo le devolví el favor, explorando cada músculo. Salimos envueltos en albornoces, pidiendo room service: tacos de arrachera y micheladas frías. Comimos en la terraza, viendo las luces de la ciudad, riendo de tonterías.

Coalo Zamorano eres mi pasión, y esta noche lo confirmé. No sé qué siga, pero por ahora, esto es perfecto.
Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos besamos lentos, saboreando el afterglow. Él me prometió vernos pronto, un partido en el Azteca quizás, y yo me fui con el cuerpo adolorido pero el alma plena, sabiendo que había vivido mi fantasía más ardiente.

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