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Pasión a la Música en Carne Viva

6403 palabras

Pasión a la Música en Carne Viva

La noche en el corazón de la Ciudad de México bullía con ese ritmo que solo un buen antro de salsa sabe imprimir. El Antro del Sonido, un lugarcito escondido en la Roma, con paredes grafiteadas y luces neón que parpadeaban al compás de los tambores. Entré sola, como siempre, buscando esa pasión a la música que me hacía olvidar el pinche estrés del día. El aire olía a sudor mezclado con perfume barato y tequila reposado, y el sonido de la conga retumbaba en mi pecho como un corazón acelerado.

Ahí estaba él, en el escenario improvisado, un morro alto y moreno con una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos. Tocaba la guitarra con unos dedos que volaban sobre las cuerdas, sacándole gemidos al instrumento que me erizaban la piel. Se llamaba Diego, lo supe después, pero en ese momento solo era el wey que me tenía clavada. Nuestras miradas se cruzaron mientras interpretaba un bolero ardiente, "Bésame Mucho", y sentí un cosquilleo en el estómago, como si la música se colara directo a mi entrepierna.

¿Qué chingados me pasa? Solo es un músico, pero neta, esa forma en que cierra los ojos y se muerde el labio...
Pensé, mientras me acercaba a la barra, pidiendo un cuba libre que sabía a limón fresco y ron dulce.

La banda terminó su set y Diego bajó del escenario, secándose el sudor de la frente con el antebrazo. Caminó directo hacia mí, como si la pasión a la música nos hubiera marcado el mismo camino. "Órale, güerita, ¿te late la rola?", me dijo con una sonrisa pícara que mostraba dientes blancos y perfectos. Su voz era ronca, como el eco de la guitarra después de un solo.

"Chido, carnal. Me prendiste con ese bolero", respondí, sintiendo el calor de su cuerpo cerca del mío. Olía a colonia masculina y a esa esencia terrosa de quien ha sudado por su arte. Bailamos entonces, pegaditos, sus manos en mi cintura guiándome al ritmo de la salsa que ahora sonaba. Cada giro, cada roce de su cadera contra la mía, era una promesa. Mi piel ardía bajo el vestido rojo ceñido, y el roce de sus dedos en mi espalda baja me hacía jadear bajito.

Acto seguido, la tensión creció como una ola. Salimos del antro, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego que nos consumía por dentro. Caminamos hasta su depa, a unas cuadras, riéndonos de tonterías. "Mi pasión a la música es como esta noche, intensa y sin frenos", me confesó mientras subíamos las escaleras. Yo asentí, mi corazón latiendo al mismo pulso que recordaba de su guitarra.

Adentro, el lugar era un desmadre creativo: posters de bandas mexicanas, una guitarra apoyada en la pared, velas aromáticas que olían a vainilla y jazmín. Me sirvió un trago de mezcal ahumado, el sabor terroso quemándome la garganta. Nos sentamos en el sofá, y de pronto sus labios estaban en los míos. Fue un beso lento al principio, explorando, saboreando el mezcal en su lengua. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la tela del vestido, y yo arqueé la espalda, gimiendo contra su boca.

Neta, este wey sabe besar como toca la guitarra, con alma y fuego.

La ropa voló entre risas y jadeos. Su camisa cayó primero, revelando un torso definido, con vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta su abdomen. Le quité el pantalón con urgencia, sintiendo la dureza de su erección contra mi palma. Él me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba: el cuello, los senos, el ombligo. Mi olor a mujer excitada llenaba el aire, mezclado con el suyo, masculino y salvaje.

Caímos en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Diego se colocó sobre mí, sus ojos negros fijos en los míos, pidiendo permiso con una mirada. "¿Quieres?", murmuró. "Sí, pendejo, ya", le respondí juguetona, jalándolo hacia mí. Entró despacio, centímetro a centímetro, y el estiramiento delicioso me hizo clavar las uñas en su espalda. El sonido de nuestra piel chocando se mezcló con sus gruñidos y mis gemidos, un ritmo propio, más intenso que cualquier salsa.

Sus caderas se movían con la precisión de un músico, profundo y alternando velocidades, tocando notas altas y bajas en mi cuerpo. Sentí cada vena de su verga pulsando dentro de mí, el calor húmedo de mi excitación facilitando cada embestida. Le mordí el hombro, probando el salado de su sudor, mientras mis manos exploraban sus nalgas firmes, apretándolas para que fuera más adentro.

La tensión subía, mis pezones rozando su pecho, enviando chispas a mi clítoris. "¡Más rápido, Diego!", supliqué, y él obedeció, el colchón crujiendo bajo nosotros. El olor a sexo impregnaba la habitación, almizclado y adictivo. Mi orgasmo llegó como un solo de guitarra eléctrica, ondas de placer que me sacudían entera, contrayendo mis músculos alrededor de él hasta que gruñó y se derramó dentro, caliente y abundante.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún latía desbocado. "Tu pasión a la música me contagió, güey", le dije, acariciando su cabello revuelto. Él rio bajito, besándome el vientre. "Y la tuya por la vida, carnala, me volvió loco".

El afterglow fue dulce, como el final de una rola que deja con ganas de más. Nos duchamos juntos, el agua caliente cascando sobre nuestras pieles sensibles, jabón espumoso entre risas y besos perezosos. Salimos a la terraza, con vistas a las luces de la ciudad, fumando un cigarro compartido –el humo danzando en la brisa nocturna–. Hablamos de música, de sueños, de cómo esa noche había sido como una composición perfecta.

Quién iba a decir que mi pasión a la música me traería esto, un morro que toca mi cuerpo como si fuera su instrumento favorito.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despedimos con un beso largo, prometiendo repetir. Salí de ahí con las piernas flojas, el cuerpo satisfecho y el alma plena. La ciudad despertaba a mi alrededor, pero yo llevaba conmigo el eco de esa noche: guitarra, sudor, placer puro. Y supe que la pasión a la música ahora tenía un nuevo significado, uno grabado en mi piel para siempre.

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