Abismo de Pasión Capítulo 160
El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de encaje, tiñendo la habitación de un naranja ardiente que hacía que mi piel picara de anticipación. Yo, Ana, llevaba horas esperando a Javier en esta villa frente al mar, con el sonido de las olas rompiendo como un tambor en mi pecho. Habían pasado semanas desde nuestra última noche, esas semanas eternas en las que el abismo de pasión que nos unía parecía un recuerdo lejano. Pero hoy, capítulo 160 de nuestra historia, todo iba a explotar.
Me miré en el espejo del vestidor, ajustando el bikini rojo que apenas cubría mis curvas. Mi pelo negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y el aroma de mi perfume de jazmín y vainilla flotaba en el aire, mezclándose con la sal del Pacífico.
¿Y si no viene? ¿Y si el pendejo se arrepintió?pensé, pero sacudí la cabeza. Javier no era de esos. Él era el carnal que me hacía temblar con una sola mirada, el que conocía cada rincón de mi cuerpo como si fuera un mapa del tesoro.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado con un águila mexicana. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y una sonrisa chueca se dibujó en su cara. "Mamacita, ¿me extrañaste?" dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.
—Más que al tequila en una fiesta de quinceañera —respondí, caminando hacia él con las caderas balanceándose. Nuestros cuerpos se chocaron en un abrazo que olía a sudor fresco y loción de coco. Sus manos grandes me apretaron la cintura, y sentí su verga ya dura contra mi vientre. El corazón me latía como tamborazo en una verbena.
Nos besamos como si el mundo se acabara, lenguas enredadas, sabor a menta y mar en su boca. Mordí su labio inferior, y él gruñó bajito, un sonido que vibró en mi clítoris. Esto es el principio del fin, mi amor, pensé mientras sus dedos se colaban bajo el bikini, rozando mi panocha ya mojada.
Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nuestro peso. La habitación estaba llena del zumbido de los ventiladores de techo y el lejano grito de las gaviotas. Javier me quitó el top del bikini con dientes, exponiendo mis chichis duras como piedras. Las lamió despacio, succionando los pezones hasta que gemí alto, arqueando la espalda. Su lengua es fuego, carnal.
—Eres una diosa, Ana —murmuró contra mi piel, su aliento caliente enviando chispas por mi espina—. No aguanto más sin ti.
Le arranqué la camisa, arañando su espalda con las uñas pintadas de rojo. Su piel bronceada brillaba de sudor, y olía a hombre puro, a esa mezcla de colonia Barbasol y deseo crudo. Bajé la mano a su short, sintiendo la verga palpitante bajo la tela. La saqué, gruesa y venosa, con la cabeza ya brillando de precum. La apreté, masturbándolo lento mientras él metía dos dedos en mi concha, curvándolos justo en el punto G. El jugo chorreaba por mis muslos, y el sonido chapoteante llenaba el aire.
¡Ay, Diosito! Esto es mejor que cualquier novela, pensé, mientras mi cuerpo se retorcía. La tensión crecía como una tormenta en el horizonte, nubes negras sobre el mar visible por la ventana.
Javier me volteó boca abajo, besando mi nuca, bajando por la columna hasta las nalgas. Me dio una nalgada juguetona que resonó como un latigazo. "Ponte en cuatro, nena", ordenó, y obedecí, empinándome como gata en celo. Su lengua exploró mi ano primero, lamidas húmedas que me hicieron jadear, luego se hundió en mi panocha, chupando el clítoris con maestría. Gemí su nombre, agarrando las sábanas, el olor de mi propia excitación invadiendo la habitación.
Pero no era solo físico. En mi mente, revivía nuestras peleas tontas, las reconciliaciones calientes en moteles de carretera, las promesas susurradas bajo las estrellas de la playa. Él es mi abismo, y yo salto voluntaria. Javier se incorporó, frotando su verga contra mis labios vaginales, lubricándolos con mi flujo. "¿La quieres adentro, mi reina?"
—¡Sí, pendejo, métemela ya! —supliqué, empujando hacia atrás.
Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, y grité de placer. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con palmadas rítmicas, piel contra piel, sudor goteando. Agarró mi pelo, tirando suave, mientras embestía profundo, rozando mi cervix con cada thrust. Yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos, sintiendo el orgasmo subir como ola gigante.
Nos cambiamos de posición sin salir, él debajo ahora. Monté su verga como vaquera en rodeo, rebotando con fuerza, mis chichis saltando. Javier las amasaba, pellizcando pezones, mirándome con ojos en llamas. "¡Qué rica estás, Ana! ¡Córrete para mí!" Su voz era un rugido animal.
El clímax me golpeó como tsunami. Mi concha se contrajo alrededor de su polla, chorros de squirt mojando su pubis. Grité, visión borrosa, cuerpo temblando. Él no paró, follándome a través del orgasmo hasta que su propia liberación llegó. "¡Me vengo, carajo!" Rugió, llenándome de semen caliente, pulsación tras pulsación.
Colapsamos juntos, jadeantes, envueltos en el olor almizclado del sexo. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la sien. El mar susurraba afuera, como aplaudiendo nuestro abismo de pasión capítulo160.
Minutos después, nos duchamos bajo la regadera al aire libre, agua tibia cayendo sobre cuerpos entrelazados. Jabón de lavanda resbalaba por sus músculos, y yo lo enjaboné lento, disfrutando cada curva. Esto no es solo sexo, es nuestro mundo, pensé mientras lo besaba bajo el chorro.
Secos y envueltos en albornoz, nos sentamos en la terraza con margaritas heladas, el sol poniéndose en tonos púrpura. Hablamos de todo: del trabajo en la ciudad, de viajes soñados a las ruinas mayas, de casarnos algún día en una boda ranchera con mariachis. Sus dedos jugaban con los míos, y sentí esa paz profunda, el afterglow que hace que el alma brille.
—Eres mi todo, Ana —dijo, serio por primera vez.
—Y tú el mío, Javier. Hasta el próximo capítulo.
Me recargué en su hombro, inhalando su aroma mezclado con sal y sexo residual. El viento traía risas de turistas lejanos, pero aquí, en nuestro nido, éramos reyes.
Abismo de pasión, capítulo 160: consumado, pero con promesa de más. Y así, con el corazón lleno y el cuerpo saciado, cerramos la noche bajo las estrellas mexicanas.