Pasión y Poder Capítulo 106 Fuego Incontrolable
Daniela se miró en el espejo del elevador privado que subía al penthouse en Polanco. Su vestido rojo fuego ceñía sus curvas como una segunda piel, el escote profundo dejaba ver el valle entre sus senos firmes. Neta, esta noche voy a romper todas las reglas, pensó mientras se pasaba los dedos por el cabello negro suelto. Hacía meses que jugaba este juego de pasión y poder con Arturo, el cabrón más guapo y ambicioso de todo el mundo corporativo mexicano. Rival en los negocios, pero en la cama, eran puro fuego.
El elevador se abrió con un ding suave y ella salió a la terraza infinita, donde la ciudad de México brillaba como un mar de luces. Arturo estaba ahí, de pie junto a la barra de mármol, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho moreno. Sostenía un vaso de tequila reposado, el aroma fuerte y terroso flotando en el aire cálido de la noche. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo.
—Órale, Daniela, ¿vienes a negociar o a rendirte? —dijo él con esa voz grave que le erizaba la piel.
Ella se acercó contoneando las caderas, el taconeo resonando en el piso de cristal. Este wey sabe cómo encenderme. Tomó el vaso de su mano y dio un trago largo, el líquido quemándole la garganta como una promesa de lo que vendría. El sabor ahumado se mezcló con su perfume de jazmín y vainilla.
—Ni lo uno ni lo otro, Arturo. Esta noche es capítulo 106 de nuestra historia. Pasión sin límites, poder compartido.
Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en el pecho de ella. La tomó por la cintura, sus manos grandes y cálidas presionando la tela delgada del vestido. Daniela sintió el calor de su cuerpo irradiando hacia el suyo, el roce de sus dedos trazando la curva de su cadera. La tensión entre ellos era eléctrica, como siempre después de una junta donde se lanzaban dardos verbales en la sala de juntas de Las Lomas.
Se besaron entonces, lento al principio, labios suaves explorando. El gusto salado de su boca, mezclado con el tequila, la mareó. Ella enredó los dedos en su cabello corto, tirando un poco para dominarlo. Arturo gruñó contra su boca y la apretó más, su erección dura presionando contra su vientre. Chingao, qué rico se siente, pensó ella mientras su lengua danzaba con la de él, húmeda y posesiva.
Acto uno completado: la chispa prendida. Ahora, el fuego iba a devorarlos.
Entraron al penthouse de la mano, la puerta cerrándose con un clic suave. El lugar olía a cuero nuevo y a las velas de cera de abeja que parpadeaban en las mesas de obsidiana. Arturo la empujó contra la pared de vidrio, desde donde se veía el Ángel de la Independencia iluminado. Sus besos se volvieron fieros, dientes rozando su cuello, chupando la piel sensible hasta dejar marcas rojas. Daniela jadeó, el sonido ahogado por la música de fondo: un bolero suave de Armando Manzanero que hablaba de amores imposibles.
Quiero que me folles como si fuera la última vez, le susurró ella al oído, mordiéndole el lóbulo. Él respondió bajando la cremallera de su vestido, el metal frío contrastando con el calor de sus nudillos rozando su espalda desnuda. La tela cayó al suelo como una cascada roja, dejándola en lencería negra de encaje, las tetas altas y los pezones duros asomando.
Arturo se arrodilló, besando su ombligo, bajando más. Sus manos subieron por sus muslos, abriendo las piernas. El aire fresco de la AC le erizó los vellos púbicos bajo el tanga.
—Estás chingona, mi reina. Tu concha ya está mojada para mí —murmuró, inhalando su aroma almizclado de excitación.Daniela tembló cuando su lengua lamió por encima de la tela, el roce húmedo mandando chispas a su clítoris hinchado. Ella se arqueó, las uñas clavándose en su nuca.
La levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionales bajo la camisa. La llevó al sofá de piel italiana, donde se quitó la ropa rápido: pantalón cayendo, revelando la verga gruesa y venosa, apuntando al techo. Madre santa, esa cosa me va a partir en dos y lo voy a amar. Ella se lamió los labios, gateando hacia él para tomarla en la mano. La piel sedosa sobre el acero duro, el pulso latiendo contra su palma. Lo masturbó lento, viendo pre-semen perlar la punta, y lo lamió, salado y amargo en su lengua.
Él la volteó bocabajo, azotando suave su culo redondo. ¡Ay, cabrón! El escozor delicioso se mezcló con placer cuando separó sus nalgas y hundió la cara ahí. Su lengua en su ano, lamiendo círculos, mientras dedos gruesos frotaban su clítoris. Daniela gritó, el placer subiendo en oleadas.
—No pares, wey, neta que me vas a hacer venir ya.
Pero él paró, juguetón. La puso a cuatro patas, la verga rozando su entrada empapada. Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándola. El ardor dulce la llenó, sus paredes contrayéndose alrededor de él. Empezaron a moverse, ritmo creciente: plaf plaf de piel contra piel, sudor perlando sus cuerpos. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, mezclado con su colonia de sándalo.
Internamente, Daniela luchaba: Es mi rival, pero en este capítulo 106 de pasión y poder, soy suya y él mío. No hay jefes aquí, solo cuerpos en llamas. Él la jalaba del cabello, arqueándola, penetrando más profundo. Ella empujaba hacia atrás, cabalgándolo, controlando el ángulo para que rozara su punto G. Gemidos roncos de él, suspiros agudos de ella, el sofá crujiendo bajo ellos.
La tensión escalaba: orgasmos pequeños la sacudían, pero él la frenaba, prolongando. Cambiaron posiciones, ella encima, montándolo como amazona. Sus tetas rebotando, pezones rozados por las manos de él. El roce de su pubis contra el de ella, clítoris estimulado. ¡Ya casi, chingado!
Acto dos en su pico: la intensidad psicológica y física al límite.
Arturo la volteó de nuevo, misionero profundo, ojos en ojos. Sudor goteando de su frente al pecho de ella, salado en su piel.
—Córrete conmigo, Daniela. Dame todo tu poder.Ella envolvió las piernas en su cintura, uñas arañando su espalda. El orgasmo la golpeó como tsunami: paredes convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos. Él rugió, verga hinchándose, llenándola de semen caliente, pulso tras pulso.
Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas sincronizadas. El afterglow era puro: piel pegajosa, corazones martilleando al unísono. Él la besó suave, labios hinchados. En este mar de poder corporativo, esto es lo real, pensó ella mientras él la acunaba.
Se quedaron así, mirando las luces de la ciudad.
—Pasión y poder, capítulo 106 completado. ¿Lista para el 107?Ella sonrió, dedo trazando su mandíbula. Siempre, mi rey.
La noche los envolvió en calma, promesas de más batallas y rendiciones dulces. En México, donde el amor y el deseo se entretejen como hilos de maguey, su historia continuaba imparable.