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Condón Kondo Pasión al Precio Irresistible

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Condón Kondo Pasión al Precio Irresistible

Estaba en mi depa en la Condesa, con el calor de la noche pegándome en la piel como una promesa sucia. El ventilador zumbaba pendejo arriba del techo, pero ni madres refrescaba el fuego que me ardía entre las piernas. Hacía semanas que no me echaba un buen revolcón, y esa noche neta que mi cuerpo gritaba por atención. Ya valió, voy a llamar a Marco, pensé, mientras me pasaba la mano por el ombligo, bajando despacito hasta rozar el encaje de mis calzones. Marco, ese wey alto y moreno que conocí en un antro de Polanco, con ojos que te desnudan antes de que abras la boca.

Me levanté de la cama, el colchón crujiendo suave bajo mis pies descalzos. El espejo del clóset me devolvió la imagen de mi cuerpo: curvas listas para el pecado, pechos firmes que pedían manos ansiosas. Me puse un shortcito ajustado y una blusa suelta, sin bra, para que todo fluyera natural. Pero antes de marcarle, recordé: condones. No tenía ni uno, y no iba a dejar que la pasión se jodiera por eso. Bajé al OXXO de la esquina, el aire nocturno oliendo a tacos de la taquería cercana y a gasolina de los coches que pasaban zumbando.

Adentro, las luces fluorescentes me cegaron un chingo, pero mis ojos fueron directo al anaquel de farmacia. Ahí estaban, brillando como un puto tesoro: Condón Kondo Pasión Precio. La caja roja con letras doradas prometía "sensaciones intensas a precio de ganga". Treinta piezas por doscientos varos, neta un robo. Tomé dos cajas, sintiendo el cartón fresco en mis manos, imaginando ya cómo se deslizarían sobre la verga dura de Marco. La cajera, una morra de unos treinta con sonrisa pícara, me cobró sin preguntar pendejadas.

"¿Vas a armar desmadre esta noche, carnala?"
me dijo guiñando. Reí bajito, el corazón latiéndome fuerte en el pecho.

Volví al depa volando, el paquete crujiendo en mi bolsa. Le mandé un whats a Marco: "Ven ya, tengo sorpresas". No pasaron ni quince minutos cuando tocaron la puerta. Ahí estaba él, con camisa negra pegada al torso musculoso por el sudor de la calle, pantalón de mezclilla que marcaba paquete generoso. Olía a colonia barata mezclada con hombre, ese aroma que te hace mojar al instante.

Acto uno chido, ahora a escalar, me dije mientras lo jalaba adentro. Nuestros labios chocaron en la entrada, besos hambrientos, lenguas enredándose con sabor a cerveza y deseo puro. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, levantándome contra la pared. Sentí su erección presionando mi monte de Venus, dura como piedra, y gemí bajito contra su boca. "Qué rico hueles, nena", murmuró él, mordisqueándome el lóbulo de la oreja. El sonido de su voz ronca me erizó la piel, vellos de punta.

Lo llevé al sillón, empujándolo para que se sentara. Me arrodillé entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas. Desabroché su cinturón con dedos temblorosos de anticipación, el metal tintineando como música erótica. Bajé el zipper despacio, oliendo ya el almizcle de su excitación. Saqué su verga, gruesa y venosa, latiendo en mi palma caliente. Pinche maravilla, pensé, lamiéndome los labios. La besé en la punta, saboreando la gota salada de precum, mientras él gruñía y me enredaba los dedos en el pelo.

Pero paré ahí, juguetona. Me levanté y saqué las cajas de kondo pasion precio de la bolsa, agitándolas frente a su cara.

"Mira lo que conseguí, papi. Kondo Pasión al precio de un sueño"
. Él rio, esa risa grave que vibra en el pecho. "Eres una chingona, Ana. Pon uno, que ya no aguanto". Elegí el sabor fresa, rasgando el paquetito con los dientes, el olor dulce invadiendo el aire. Desenrollé el condón sobre su pija con maestría, sintiendo cómo se tensaba la látex delgado, listo para la acción. Sus ojos me devoraban, pupilas dilatadas de pura lujuria.

La tensión crecía como tormenta. Me quité la blusa, dejando que mis tetas saltaran libres, pezones duros como balas. Él se incorporó, mamándomelas con hambre, succionando fuerte hasta que arqueé la espalda gimiendo. Su lengua es fuego líquido. Sus manos bajaron mi short y calzones en un jalón, dedos hurgando mi coño empapado. Estaba chorreando, clítoris hinchado pidiendo roce. Me metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el spot que me hace ver estrellas. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba la sala, mezclado con nuestros jadeos pesados.

Lo empujé al sillón de nuevo, montándolo a horcajadas. Su verga enfundada en el Kondo Pasión rozó mi entrada, resbaladiza y caliente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. "¡Ay, wey, qué grande!" grité, el estiramiento delicioso quemándome por dentro. Empecé a moverme, caderas girando en círculos lentos, frotando mi clítoris contra su pubis peludo. Él me agarraba las caderas, clavándome las uñas, guiando el ritmo que aceleraba como tambores de cumbia.

El sudor nos pegaba, piel resbalosa chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo crudo, a feromonas y fresa del condón. Sus bolas rebotaban contra mi culo con cada embestida, y yo cabalgaba más fuerte, tetas brincando frente a su cara. No pares, no pares, rogaba en mi mente, mientras él me chupaba un pezón y me pellizcaba el otro. La presión subía, coño contrayéndose alrededor de su pija, nervios en llamas.

Cambié de posición, queriendo más. Me puse en cuatro sobre el sillón, culo en pompa, invitándolo. Él se paró atrás, manos separándome las nalgas, admirando mi ano rosado y coño abierto. "Estás preciosa así, mojada pa' mí". Escupió en su mano, lubricando extra aunque no hacía falta, y se hundió de un golpe. El placer me atravesó como rayo, grito ahogado saliendo de mi garganta. Me taladraba profundo, verga golpeando mi cervix con ritmo salvaje, huevos azotándome el clítoris.

La intensidad escalaba. Mis piernas temblaban, visión borrosa por el sudor que me chorreaba en los ojos. Él gruñía como animal,

"Me vengo, nena, aprieta esa panocha"
. Yo estaba al borde, frotándome el botón con furia. El orgasmo me estalló primero, olas convulsionando mi cuerpo, chorros calientes salpicando sus muslos. Él rugió, clavándose hasta el tope, llenando el condón con su leche espesa. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas.

Caímos al sillón exhaustos, él aún dentro de mí, el látex caliente conteniendo su carga. Lo besé suave, saboreando el sudor salado de su cuello. Pinche kondo pasion precio valió cada peso, pensé riendo por dentro. Nos despegamos despacio, él quitándose el condón con cuidado, el olor a sexo intensificándose. Lo até en nudo y lo tiré, luego nos acurrucamos desnudos, pieles frescas ahora por el aire nocturno.

Marco me acariciaba el pelo, murmurando "Eres increíble, Ana. Volvemos a repetir, ¿va?". Asentí, corazón lleno de esa calidez post-sexo, cuerpo saciado pero ya soñando con la próxima. La noche se cerraba con promesas, el ventilador zumbando como aplauso lejano. En ese momento, supe que el verdadero precio de la pasión no era el del condón, sino el valor de dejarse llevar sin frenos.

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