24 Horas de la Pasion de Nuestro Senor Jesucristo
Era Viernes Santo en las calles empedradas de San Miguel de Allende, con el aire cargado del aroma dulzón del copal quemándose en las procesiones. Las campanas de la parroquia repicaban lúgubres, marcando cada hora de la 24 horas de la pasión de nuestro señor Jesucristo. Yo, Ana, había dejado la vigilia en la iglesia con el corazón latiendo fuerte, no por penitencia, sino por la promesa que le había hecho a Marco esa mañana. "Neta, mi amor", me dijo él con esa sonrisa pícara, "vamos a honrar esas 24 horas, pero a nuestra manera, con pasión de la buena, la que quema el cuerpo y el alma".
Nos escabullimos hasta la hacienda rentada en las afueras, un lugar chido con paredes de adobe blanco, velas parpadeando en los rincones y una cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. El sol se ponía tiñendo el cielo de rojo sangre, como un presagio. Marco me tomó de la mano, su piel áspera de tanto trabajar en el taller de talabartería, y me jaló hacia él. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a tequila reposado y a ese jabón de sándalo que tanto me gustaba.
¿Qué pendejada es esta?, pensé. Toda la vida oyendo misas y ahora aquí, lista para pecar como nunca. Pero órale, si la pasión de Cristo fue por amor, ¿por qué no la nuestra?
Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, como una caricia. El beso se profundizó, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. Gemí bajito, sintiendo cómo mi cuerpo respondía, los pezones endureciéndose bajo la blusa de encaje. Él deslizó las manos por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. "Estás rica, Ana, como un tamal recién hecho", murmuró, y yo reí, empujándolo hacia la cama.
Nos desvestimos despacio, saboreando el momento. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, brillaba a la luz de las velas. Yo admiraba su verga ya semierecta, gruesa y venosa, palpitando por mí. Él se arrodilló, besando mi vientre, bajando hasta mi concha húmeda. El olor a mi propia excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Su lengua lamió mis labios mayores, abriéndolos con ternura, encontrando el clítoris hinchado. ¡No mames! Las chispas subían por mi espina, mis muslos temblando. Gemí su nombre, agarrando su cabello negro y revuelto.
Pero era solo el principio. Las horas pasaban lentas, marcadas por el reloj de pared que daba las campanadas lejanas de la iglesia. Comimos frutas frescas –mango jugoso que chorreaba por mi barbilla, y él lo lamía– y sorbos de mezcal ahumado que nos calentaba la garganta. Hablamos de todo: de cómo nos conocimos en la fiesta de los danzantes, de los hijos que queríamos algún día, de esta locura santa que nos ataba más.
En la segunda hora, la tensión creció. Marco me puso de rodillas, imitando una oración pagana. "Ruega por mí, mi reina", dijo juguetón. Tomé su verga en la boca, saboreando el precum salado, chupando con devoción. Él jadeaba, sus caderas moviéndose rítmicas, el sonido húmedo de mi saliva llenando la habitación. Me sentía poderosa, empoderada en mi entrega mutua. Él no me forzaba; era yo quien lo devoraba, guiando sus manos a mis tetas plenas, pidiéndole que las amasara.
La noche avanzaba, el viento susurrando fuera, trayendo ecos de saetas cantadas en la distancia. Sudábamos, nuestros cuerpos pegajosos, el olor a sexo crudo mezclándose con el incienso que se colaba por la ventana. En la sexta hora, me montó como una yegua en celo. Su verga entró despacio en mi panocha empapada, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón! El roce era fuego puro, cada embestida tocando ese punto profundo que me hacía arquear la espalda. Nuestros gemidos se sincronizaban, piel contra piel, slap-slap rítmico como un tambor azteca.
Esto es nuestra vigilia, pensé, 24 horas de la pasión de nuestro señor Jesucristo, pero sin clavos ni espinas, solo placer infinito.
Descansamos un rato, acurrucados, sus dedos trazando círculos en mi nalga. Me contó de su abuela devota, cómo ella rezaba toda la noche, y reímos bajito. "Somos unos herejes chidos", dije, besando su hombro salado. El hambre volvió con la medianoche. Probamos posiciones nuevas: yo de espaldas, él penetrándome profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. El orgasmo me rompió primero, un tsunami que me dejó temblando, gritando su nombre al techo. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su gruñido animalesco vibrando en mi pecho.
Pero no paramos. El alba trajo luz rosada filtrándose por las cortinas. Tomamos un baño tibio, jabonoso, donde nos lavamos mutuamente. Sus manos en mi culo, mis uñas arañando su espalda. Salimos, pieles arrugadas como pasas, pero listos para más. En la cama, ahora con aceite de coco que olía a paraíso tropical, me masajeó las piernas, subiendo hasta mi entrepierna. Introdujo dos dedos, curvándolos, mientras su pulgar jugaba con mi ano. ¡Qué rico, wey! La doble estimulación me llevó a otro clímax, squirteando sobre las sábanas.
Las horas del día se estiraban calurosas, el sol calentando las piedras afuera. Comimos tacos de carnitas preparados por el ama de llaves –crujientes, con cilantro fresco y limón que picaba la lengua–. Hablamos de miedos: el mío a la rutina, el suyo a no ser suficiente. Nos unía esta maratón erótica, fortaleciendo el lazo. Por la tarde, en el patio sombreado por jacarandas violetas, me folló contra la pared de piedra fresca. El contraste del calor de su cuerpo con la frialdad de la pared me volvía loca. Sus embestidas eran feroces, posesivas, pero siempre preguntando: "¿Quieres más, mi vida?". "¡Simón, no pares!", respondía yo, clavando uñas en su carne.
El atardecer marcaba la decimoctava hora. Exhaustos pero extasiados, nos tendimos en la cama. Él lamió mi sudor de las tetas, yo mordí su cuello, dejando marcas rojas. La penetración final fue lenta, íntima, mirándonos a los ojos. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro de mí, mi concha contrayéndose en espasmos. El orgasmo compartido fue eterno, olas y olas de placer que nos dejaron jadeantes, unidos en un charco de fluidos.
Las últimas horas las pasamos abrazados, escuchando las campanas finales de la vigilia. El aire olía a jazmín nocturno y a nosotros, satisfechos. Marco me besó la frente. "Gracias por estas 24 horas de la pasión de nuestro señor Jesucristo, pero en versión carnal". Reí, mi cuerpo dolorido pero vivo, el alma en paz.
Al final, no era pecado. Era amor puro, consentido, ardiente como el sol mexicano.
Nos vestimos al amanecer del Sábado de Gloria, prometiendo repetir cada año. La hacienda quedaba atrás, pero la memoria de esas horas –sudor, gemidos, olores entrelazados– perduraría para siempre en nuestra piel.