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Honda CRV Rojo Pasión

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Honda CRV Rojo Pasión

El sol del atardecer teñía el cielo de Guadalajara con tonos naranjas y rosados, mientras yo manejaba mi Honda CRV rojo pasión por la carretera hacia Chapala. Ese carro era mi orgullo, mi escape, con su interior de cuero negro que olía a nuevo y a aventuras pendientes. Lo había bautizado así porque cada vez que lo encendía, sentía un cosquilleo en el estómago, como si prometiera algo salvaje. Hoy, esa promesa se hacía realidad con Marco a mi lado.

Marco era ese tipo que conocí en una fiesta la semana pasada, alto, moreno, con ojos que te desnudaban sin decir palabra. Neta, wey, desde que lo vi supe que íbamos a encajar como piezas calientes, pensé mientras lo veía de reojo, con su camisa ajustada marcando los músculos del pecho. Él ponía la mano en mi muslo, subiendo despacio la falda corta que me había puesto a propósito. El aire acondicionado zumbaba suave, pero el calor entre nosotros era otro pedo.

"Órale, Ana, este carro tuyo es una chulada", dijo él con esa voz ronca que me erizaba la piel. "Rojo pasión, como tú". Reí bajito, sintiendo cómo sus dedos rozaban el borde de mis panties. El motor ronroneaba constante, vibrando bajo nosotros, y el olor a su colonia mezclada con el mío, dulce y almizclado, llenaba el espacio. Aceleré un poco, dejando que el viento entrara por la ventana entreabierta, revolviendo mi cabello largo.

Llegamos al mirador de la carretera, un spot chido con vista al lago, semioculto por árboles. Apagué el motor y el silencio cayó como una caricia. Marco se giró hacia mí, su mirada fija en mis labios.

"¿Sabes qué? No aguanto más verte manejar así, toda sexy y mandona"
, murmuró, y antes de que respondiera, su boca estaba en la mía. Beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a menta y deseo. Sus manos subieron por mis piernas, abriéndolas suave, y yo gemí contra su boca, el cuero del asiento crujiendo bajo mi peso.

El beso se profundizó, sus dientes mordisqueando mi labio inferior, enviando chispas por mi espina. Pinche Marco, me vas a volver loca. Le quité la camisa de un jalón, mis uñas arañando su espalda morena, oliendo a sudor fresco y hombre. Él bajó los tirantes de mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco del atardecer. Sus labios bajaron al cuello, lamiendo la sal de mi piel, chupando hasta dejar marcas rojas que dolían rico.

"Qué ricas estás, Ana", gruñó, mientras yo desabrochaba su chamarra y bajaba el zipper de sus jeans. Su verga saltó dura, palpitante, caliente en mi mano. La apreté suave, sintiendo las venas gruesas, el calor que irradiaba. Él jadeó, empujando contra mi palma, y yo lamí la gota de precum de la punta, salada y adictiva. El carro se mecía leve con nuestros movimientos, el vidrio empañándose rápido por nuestros alientos agitados.

Me recargué en el asiento del copiloto, abriendo más las piernas. Marco se arrodilló en el espacio angosto, su cabeza entre mis muslos. Sí, cabrón, hazme tuya ya. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo lento al principio, círculos que me hacían arquear la espalda. El olor a mi excitación llenaba el Honda CRV rojo pasión, almizcle dulce y húmedo. Gemí fuerte, agarrando su cabello, empujándolo más adentro. Él chupaba con hambre, metiendo dos dedos gruesos en mi coño empapado, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas.

"¡Ay, wey, no pares!", supliqué, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido era obsceno: succiones húmedas, mis jugos chorreando por sus dedos, mis jadeos rebotando en las ventanas cerradas. El sudor nos pegaba la piel, el cuero pegajoso bajo mis nalgas. Sentía el pulso en mi clítoris, latiendo fuerte, el orgasmo construyéndose como una ola en el lago allá abajo.

Pero no quería venirme todavía. Lo jalé arriba, besándolo con mi propio sabor en sus labios. "Fóllame, Marco. Aquí mismo, en mi carro". Él sonrió pillo, ese gesto que me mojaba más. Se acomodó en el asiento del conductor, jalándome a horcajadas sobre él. Mi falda arremangada, panties a un lado, su verga rozando mi entrada resbalosa. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Ambos gemimos al unísono, el carro temblando con el impacto.

Empecé a moverme, subiendo y bajando, mis tetas rebotando frente a su cara. Él las atrapó con la boca, mamando los pezones duros, mordiendo suave. El roce era eléctrico, su pubis frotando mi clítoris con cada embestida. El olor a sexo crudo nos envolvía, sudor, fluidos, pasión pura. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, cada vez más rápido, más duro. "¡Sí, Ana, cabalga esa verga como reina!", rugió, y yo aceleré, sintiendo el orgasmo acechando.

El Honda CRV rojo pasión se convertía en nuestra cama salvaje, los asientos reclinados al máximo, el espacio angosto volviéndose perfecto para este frenesí. Sus dedos encontraron mi culo, presionando el ano con un dedo húmedo, y eso me mandó al borde.

Me vengo, pinche delicioso
, pensé, mientras explotaba. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, jugos chorreando por sus bolas. Él gruñó profundo, embistiendo una, dos veces más, y se vino dentro, chorros calientes llenándome, goteando fuera.

Colapsamos jadeando, cuerpos pegajosos, el corazón latiendo como tambores. El sol se había escondido, dejando la cabina en penumbras rosadas. Marco me besó la frente, suave ahora, tierno. "Eres fuego, Ana. Este carro va a oler a nosotros por días". Reí, aún montada en él, sintiendo su verga ablandarse dentro. El lago brillaba afuera, testigo mudo de nuestra pasión.

Nos vestimos despacio, caricias perezosas, promesas susurradas. Salí del carro, el aire nocturno fresco besando mi piel enrojecida. Marco me abrazó por atrás, su aliento en mi oreja. Esto no termina aquí, supe en ese momento. Encendí el motor, el ronroneo familiar vibrando de nuevo, cargado ahora de nuestros recuerdos. Mientras manejábamos de vuelta, con su mano en mi pierna otra vez, sentí que mi Honda CRV rojo pasión había cobrado vida de verdad.

En casa, bajo la ducha caliente, el agua lavaba el sudor pero no el eco de sus gemidos en mi mente. Me toqué suave, recordando cada roce, cada embestida. Marco me mandó un mensaje: "¿Cuándo repetimos, reina?". Sonreí al espejo empañado. Pronto, wey. Muy pronto. La pasión no se apaga así nomás.

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