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Pasión Capítulo 35 El Despertar del Fuego

7217 palabras

Pasión Capítulo 35 El Despertar del Fuego

El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de encaje, tiñendo la habitación de un naranja cálido que hacía que mi piel picara de anticipación. Hacía semanas que no veía a Javier, mi chulo eterno, el wey que me volvía loca con solo una mirada. Yo, Ana, con mis curvas que él tanto adoraba, me miré en el espejo del hotel boutique frente al mar. Mi vestido rojo ceñido al cuerpo gritaba ven por mí, y el aroma de mi perfume de jazmín y vainilla flotaba en el aire como una promesa pecaminosa.

Salí a la terraza, el sonido de las olas rompiendo contra la arena me erizaba la piel. Ahí estaba él, recargado en la barandilla, con su camisa blanca desabotonada dejando ver ese pecho moreno y musculoso que tanto extrañaba tocar. Sus ojos negros me devoraron de arriba abajo, y sentí un cosquilleo entre las piernas que me hizo apretar los muslos.

Órale, Ana, no te lances como desesperada, pero joder, lo necesito ya, pensé mientras me acercaba con pasos lentos, contoneando las caderas.

Nena, murmuró con esa voz ronca que me deshacía, extendiendo los brazos. Me lancé a su pecho, inhalando su olor a sal marina y colonia masculina. Sus manos grandes me rodearon la cintura, bajando hasta mi culo para apretarlo con fuerza juguetona.

—Te extrañé tanto, carnal, le dije besándole el cuello, saboreando el sudor salado de su piel. Esta era nuestra escapada secreta, lejos del ajetreo de la Ciudad de México, solo nosotros y el mar testigo de nuestra pasión capítulo 35, como si cada encuentro fuera un capítulo más en nuestra novela ardiente.

Nos sentamos en la mesa de la terraza, con tacos de mariscos humeantes y micheladas heladas. El limón chorreaba jugo fresco, y el chile picaba en la lengua como el fuego que crecía entre nosotros. Hablábamos de tonterías, de lo chido que era Vallarta, pero sus pies rozaban los míos bajo la mesa, subiendo por mis pantorrillas. Cada roce era eléctrico, haciendo que mi corazón latiera como tamborazo en fiesta.

Después de comer, pusimos cumbia rebajada en el Bluetooth del hotel. Javier me jaló a bailar, sus caderas pegadas a las mías, moviéndose al ritmo lento y sensual. Sentía su verga endureciéndose contra mi vientre, dura y caliente a través de la tela. Mi respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando mientras sus manos exploraban mi espalda, bajando la cremallera del vestido centímetro a centímetro.

—Estás mojada ya, ¿verdad, mi reina? —susurró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo.

Sí, pendejo, contéstale con un gemido, saboreando su labio inferior. Lo besé con hambre, lenguas enredándose como serpientes, el sabor a tequila y mar en su boca me volvía loca.

Entramos tambaleándonos a la habitación, el vestido cayó al piso como una ofrenda. Quedé en tanga roja y bra, mis tetas llenas liberadas, pezones duros como piedras. Javier me miró como si fuera su diosa, quitándose la camisa con urgencia. Su cuerpo era puro músculo trabajado en el gym, vello oscuro bajando hasta esa protuberancia en sus bóxers que palpitaba por mí.

Este wey me conoce tan bien, sabe exactamente cómo hacerme arder, pensé mientras él me empujaba suave contra la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente.

Acto segundo de nuestra noche: la escalada. Javier besó mi cuello, chupando y mordisqueando hasta dejar marcas rosadas que mañana dolerían rico. Bajó a mis tetas, lamiendo un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando descargas directas a mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de mi voz mezclándose con el rugido del mar afuera.

Qué rico hueles, Ana, a mujer en calor, gruñó, inhalando profundo entre mis muslos mientras separaba mis piernas. Su nariz rozó mi tanga empapada, el aroma almizclado de mi excitación llenando el aire. Me quitó la prenda con los dientes, exponiendo mi coño depilado, labios hinchados y brillantes de jugos.

Su lengua experta lamió desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga, saboreándome como si fuera el mejor pozole del mundo. Ay, cabrón, grité, clavando las uñas en su cabeza rapada. Lamía círculos lentos, chupando mi botón con succión perfecta, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El squelch húmedo de mis fluidos era obsceno, música erótica que me hacía mojar más.

Pero yo no era pasiva. Lo volteé, montándome a horcajadas sobre su cara. Siénteme, amor, le ordené, frotando mi coño contra su boca barbuda. Él gemía vibraciones contra mí, manos apretando mis nalgas, lengua follando mi entrada. Mi sudor goteaba en su pecho, mezclándose con el suyo.

Lo bajé, besando su torso salado, lamiendo sus abdominales hasta llegar a su verga. La saqué, venosa y gruesa, cabeza morada palpitando. La tragué hasta la garganta, saboreando el pre-semen salado, mis labios estirados al máximo. Javier jadeaba, ¡Órale, nena, qué chingona!, embistiendo suave mi boca. El olor masculino de su pubis me embriagaba, bolas pesadas lamiéndolas con devoción.

La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Lo empujé a la cama, montándolo despacio. Su verga entró en mí centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico, Javier, eres tan grande! grité, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Cabalgaba lento al principio, tetas rebotando, sus manos guiando mis caderas.

Aceleramos, piel contra piel chapoteando sudor, el colchón crujiendo bajo nosotros. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo rebotaba, clítoris frotando su pubis. Internalmente luchaba:

No quiero correrme aún, alarga este placer eterno
, pero el orgasmo se acercaba como ola gigante.

Cambié a perrito, mi posición favorita. Javier embistió desde atrás, verga golpeando profundo, bolas azotando mi clítoris. Sus manos nalgueaban suave, rojo mi culo, mientras tiraba de mi pelo. ¡Más fuerte, wey, fóllame como animal! rogué, y él obedeció, gruñendo como tigre. El olor a sexo crudo impregnaba la habitación, mezclado con brisa marina.

El clímax explotó. Sentí contracciones en el vientre, jugos chorreando por sus bolas. ¡Me vengo, cabrón! chillé, cuerpo temblando, visión nublada. Él siguió bombeando, prolongando mi éxtasis hasta que rugió, llenándome de semen caliente, pulsos interminables.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas revueltas. Su verga aún dentro, semi-dura, semen goteando. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El afterglow era perfecto: piel pegajosa, corazones latiendo al unísono, mar susurrando bendiciones.

—Esta pasión capítulo 35 fue la mejor, mi amor —murmuró Javier, acariciando mi mejilla húmeda de lágrimas de placer.

—Y vendrán más, mi rey, respondí, sabiendo que nuestra historia ardía eterna. Cerré los ojos, inhalando su esencia, lista para el amanecer con él a mi lado.

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