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La Pasion de Cristo de Que Trata

6455 palabras

La Pasion de Cristo de Que Trata

Entras al bar en el corazón de la Condesa, con el bullicio de la noche mexicana envolviéndote como un abrazo caliente. El aire huele a tequila reposado y a jazmín de los puestos callejeros, mezclado con el sudor ligero de la gente que baila al ritmo de cumbia rebajada. Tus tacones chasquean contra el piso de madera gastada, y sientes el vestido rojo ceñido rozando tus muslos, despertando esa cosquilla que te recorre la piel. Has venido sola, buscando algo que te saque de la rutina, algo que te haga sentir viva.

Ahí lo ves, recargado en la barra, con una camisa negra entreabierta que deja ver el vello oscuro de su pecho. Se llama Cristo, te dice cuando te acercas, con una sonrisa pícara que ilumina sus ojos cafés intensos. "¿Cristo? ¿En serio, carnal?" le preguntas riendo, mientras pides un paloma. Él se ríe, una carcajada grave que vibra en tu pecho como un tambor.

"Sí, güey, mis jefes me pusieron así. Pero no te preocupes, no vengo a salvar al mundo... solo a pasarla chido contigo."
Su voz es ronca, con ese acento chilango puro que te eriza la nuca.

Charlan un rato, las copas se vacían rápido. Él te cuenta de su vida como fotógrafo freelance, capturando la esencia de la ciudad: las luces neón de Reforma, los tacos al pastor humeantes en la esquina. Tú le hablas de tu trabajo en una galería de arte, de cómo extrañas esa chispa que te hacía latir el corazón. Cada vez que se ríe, su mano roza la tuya accidentalmente, y sientes el calor de su piel, áspera por el trabajo, contra la suavidad de tus dedos. El deseo empieza a bullir bajo tu piel, lento como el hielo derritiéndose en tu trago.

La conversación gira sensual. "Oye, Cristo, la pasion de cristo de que trata, ¿eh? ¿Es como esta noche, pura intensidad?" le sueltas juguetona, guiñando un ojo. Él se acerca más, su aliento con olor a limón y tequila rozando tu oreja.

"Para mí, la pasión es esto: mirarte y querer devorarte entera, poquito a poco."
Tus pezones se endurecen bajo el encaje del bra, y aprietas las piernas, sintiendo el pulso acelerado entre ellas.

Ya en la calle, el viento fresco de la medianoche acaricia tu rostro, pero el fuego dentro de ti no se apaga. Caminan tomados de la mano hacia su departamento en la Roma, riendo de tonterías. Suben las escaleras, y en el rellano del tercer piso, no aguantas más: lo jalas hacia ti y lo besas. Sus labios son firmes, con sabor a sal y deseo, su lengua invade tu boca con urgencia consentida. Esto es lo que necesitaba, piensas mientras sus manos grandes recorren tu espalda, bajando hasta apretar tus nalgas con fuerza juguetona.

Entran al depa, la luz tenue de una lámpara de lava ilumina la habitación desordenada pero acogedora, con posters de Frida Kahlo y el olor a café molido y sándalo flotando. Te quita el vestido despacio, sus ojos devorando cada centímetro de tu cuerpo desnudo. "Estás de loca, preciosa. Mira cómo me pones." Su erección presiona contra tu vientre a través del pantalón, dura y caliente. Tú desabrochas su camisa, lamiendo el sudor salado de su cuello, bajando por su pecho hasta el ombligo. Él gime bajito, un sonido gutural que te moja más.

Se tumban en la cama king size, las sábanas frescas contra tu piel ardiente. Cristo te besa el interior de los muslos, su barba incipiente raspando deliciosamente.

"Déjame probarte, nena. Quiero saber a qué sabes."
Su lengua encuentra tu clítoris, lamiendo con maestría, chupando suave al principio, luego más fuerte. Gritas de placer, tus manos enredadas en su cabello negro, el olor almizclado de tu excitación llenando el aire. No pares, pendejo, no pares, ruegas en silencio mientras tus caderas se arquean, ondas de placer recorriéndote como electricidad.

Pero quieres más, lo volteas, dominándolo con una sonrisa traviesa. Le bajas el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocas, sientes su calor en tu palma, el pre-semen salado en la punta que lames con deleite. "¿Quieres que te la chupe, Cristo? Dime." Él asiente, jadeando: "Sí, mija, hazme lo que quieras." La engulles, saboreando su esencia masculina, tu lengua girando alrededor del glande mientras él gruñe y empuja suave en tu boca. El sonido húmedo de la succión llena la habitación, mezclado con sus ¡ay, cabrona! extasiados.

La tensión crece, insoportable. Te subes encima, guiando su verga a tu entrada húmeda. Deslizas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, te llena por completo. Es perfecto, joder. Empiezas a moverte, cabalgándolo con ritmo, tus tetas rebotando, sus manos amasando tu culo. Sudor perla sus abdominales, gotea hasta mezclarse con tus jugos. Él se incorpora, chupando tus pezones duros, mordisqueando suave mientras embistes de vuelta, profundo.

El clímax se acerca como una tormenta. Cambian posiciones: él atrás, penetrándote con fuerza consentida, su vientre chocando contra tus nalgas en palmadas rítmicas. "¡Más duro, Cristo! ¡Dame todo!" gritas, y él obedece, una mano en tu clítoris frotando círculos rápidos. El olor a sexo crudo impregna todo, el slap-slap de piel contra piel, tus gemidos altos convirtiéndose en alaridos. La pasion de cristo de que trata? Esto, puro fuego, pura entrega, pasa por tu mente en un flash.

Explotas primero, tu coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, olas de éxtasis que te dejan temblando, lágrimas de placer en los ojos. Él te sigue segundos después, gruñendo tu nombre –o lo que sea que hayas dicho al principio–, llenándote con chorros calientes que sientes palpitar dentro. Colapsan juntos, jadeantes, su peso reconfortante sobre ti.

Después, en la afterglow, yacen enredados, el ventilador zumbando suave sobre sus cuerpos sudorosos. Él te acaricia el cabello, besando tu frente.

"¿Ves? La pasión no es solo sufrimiento, es esto: conexión, placer puro."
Tú sonríes, el corazón lleno, sabiendo que esta noche ha cambiado algo en ti. El amanecer tiñe las cortinas de rosa, y mientras duermes en sus brazos, sientes paz, satisfecha, empoderada. Mañana será otro día, pero esta pasión, esta pasión de Cristo, la llevarás siempre contigo.

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