Relatos
Inicio Erotismo Como Encontrar Una Pasion Ardiente Como Encontrar Una Pasion Ardiente

Como Encontrar Una Pasion Ardiente

7623 palabras

Como Encontrar Una Pasion Ardiente

Estaba en esa fiesta en la playa de Puerto Vallarta, con el sol poniéndose como una bola de fuego sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas y el dulce aroma de las flores de bugambilia que trepaban por las palapas. La música de cumbia rebeldía retumbaba desde los bocinas, haciendo que la arena vibrara bajo mis pies descalzos. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel sudada, sentía que la vida me había puesto en pausa. Neta, ¿cuánto tiempo más iba a seguir así, trabajando en esa oficina chafa en Guadalajara, saliendo con tipos que no me movían ni un pelo?

Entonces lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés como el mezcal añejo. Estaba recargado en una barra improvisada, con una cerveza fría en la mano, charlando con unos cuates. Su camisa de lino abierta dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y sus jeans ajustados marcaban lo suficiente para que mi pulso se acelerara. Me acerqué, fingiendo pedir un michelada, pero órale, el wey me miró de arriba abajo como si ya supiera todos mis secretos.

¿Cómo encontrar una pasión así de golpe? Pensé en ese artículo que leí en la net, "como encontrar una pasión" que te cambia la vida. ¿Sería él?

Mamacita, ¿vienes a bailar o nomás a verte rica? —me dijo con voz ronca, ese acento jaliciense puro que me erizó la piel.

Reí, sintiendo el calor subir por mi cuello. —Pendejo, vengo a ver si hay algo que valga la pena aquí. ¿Tú qué traes?

Charlamos un rato, el ruido de las olas rompiendo de fondo, el sabor salado de la michelada en mis labios, y sus dedos rozando los míos al pasarme la lima. Me contó de su vida como surfista, cómo las olas le daban esa adrenalina que yo andaba buscando. Yo le hablé de mis días grises, de cómo extrañaba sentirme viva, deseada. Sus ojos no se apartaban de los míos, y cada vez que se reía, su aliento cálido con olor a cerveza y menta me llegaba directo al estómago, despertando un cosquilleo entre mis piernas.

La noche cayó como un manto estrellado, y la fiesta se puso más intensa. La banda tocaba reggaetón ahora, ritmos que te meten en las caderas. Me jaló a la pista de arena compacta, sus manos fuertes en mi cintura, guiándome. Sentí su cuerpo pegado al mío, el calor de su piel a través de la tela fina, su dureza presionando contra mi vientre. Chingao, qué delicia. Bailamos así, sudando, el sudor suyo mezclándose con el mío, oliendo a hombre, a mar, a deseo crudo.

—Ven, vamos a caminar —me susurró al oído, su aliento caliente haciendo que se me pusieran los vellos de punta.

Nos alejamos de la multitud, siguiendo la orilla donde las olas lamían la arena con susurros suaves. La luna llena iluminaba todo, plata sobre el agua negra. Nos sentamos en una roca lisa, aún caliente del sol del día. Sus dedos trazaron mi brazo, enviando chispas por mi espina. Lo miré, y ahí estaba esa conexión, como si nos conociéramos de siempre.

Mi reina, desde que te vi, supe que eras fuego —dijo, inclinándose para besarme.

Su boca fue suave al principio, labios carnosos probando los míos, sabor a sal y tequila. Luego se profundizó, su lengua explorando, danzando con la mía en un ritmo que me dejó jadeante. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su cabello húmedo, tirando un poco para oírlo gemir bajito. ¡Qué rico! El sonido de su garganta vibró contra mi pecho, y sentí mis pezones endurecerse, rozando el vestido.

Esto es lo que buscaba, cómo encontrar una pasión que te quema por dentro. No lo sueltes, Ana.

La tensión crecía como una ola gigante. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con firmeza, amasándolo mientras me subía a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura como piedra contra mi concha ya mojada, el calor palpitante separando mis labios a través de la tela. Gemí en su boca, moviéndome despacio, frotándome contra él, el roce enviando descargas de placer que me hacían arquear la espalda.

Te quiero ya —murmuró, mordisqueando mi cuello, dejando un rastro húmedo que olía a su colonia especiada.

—Sí, carnal, fóllame —le respondí, voz ronca, perdida en el deseo.

Me quitó el vestido con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al verlas, y bajó la cabeza, chupando un pezón con avidez, la lengua girando, dientes rozando lo justo para doler rico. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, se mezclaba con mi jadeo y el chapoteo lejano de las olas. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que traiciona al cuerpo.

Me recostó en la arena tibia, quitándome la tanga con dientes, gruñendo de hambre. Sus dedos abrieron mis pliegues, resbalosos de jugos, y metió dos de golpe, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. —Estás empapada, puta rica —dijo, y yo solo pude arquearme, clavando uñas en sus hombros mientras me follaba con los dedos, el pulgar en mi clítoris hinchado, círculos rápidos que me tenían al borde.

Ahora tú —jadeé, empujándolo para que se recostara.

Le bajé los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum que lamí con la lengua plana, sabor salado y amargo que me volvió loca. La chupé despacio al principio, labios sellados, succionando la cabeza mientras mi mano la pajeaba. Él gruñó, caderas subiendo, follándome la boca con empujones controlados. El sonido era puro porno: slurps húmedos, sus gemidos guturales, mi garganta relajándose para tomarlo más hondo.

No aguanté más. Me subí encima, guiando su pija a mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! El placer era abrumador, su grosor pulsando dentro, mis paredes apretándolo como guante. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, manos en su pecho peludo, uñas arañando. Él me agarraba las caderas, guiando el ritmo, embistiéndome desde abajo con fuerza que hacía slap-slap contra mi piel.

El olor a sexo nos envolvía, sudor, jugos, arena pegada a nuestros cuerpos resbalosos. Oía mi propia voz gritando obscenidades —¡Más duro, cabrón! ¡Fóllame como puta! —, sus gruñidos respondiendo, el viento carrying nuestros jadeos. El clímax se acercaba, tensión enroscada en mi vientre, cada embestida rozando mi G, mi clítoris moliéndose contra su pubis.

—Me vengo —avisó él, voz tensa.

—Dentro, lléname —supliqué.

Explotó primero, chorros calientes bañando mis entrañas, el pulso de su corrida empujándome al abismo. Mi orgasmo me destrozó, olas de placer convulsionando mi cuerpo, gritando su nombre mientras me apretaba alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota. Colapsé sobre su pecho, corazones latiendo al unísono, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas.

Nos quedamos así un rato, el mar cantando nuestra canción, estrellas testigos. Me besó la frente, suave ahora, tierno.

Así se encuentra una pasión, en la arena, bajo la luna, con un desconocido que se siente como destino.

Al amanecer, caminando de regreso, tomados de la mano, supe que esto era solo el principio. La pasión no se busca, te encuentra cuando estás lista. Y yo, neta, estaba más que lista.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.