Pasión Prohibida Capítulo 94 El Susurro en la Oscuridad
Estaba sentada en la orilla de la cama del hotel en Polanco, con el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta de pueblo. El aire olía a sábanas frescas y a ese perfume caro que siempre usaba él, aunque todavía no llegaba. Pasión prohibida, capítulo 94, me dije en la mente, como si nuestra historia fuera una de esas novelas eróticas que devoro en secreto. Llevábamos meses así, robándonos momentos en este mismo lugar, lejos de los ojos de mi marido y su prometida. Marco y yo, dos adultos atrapados en un deseo que no podíamos —ni queríamos— apagar.
La luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras suaves en las paredes color crema, y el sonido lejano del tráfico de Reforma se colaba por la ventana entreabierta, mezclándose con mi respiración agitada. Me acomodé el vestido negro ajustado, ese que me hacía sentir como una diosa mexicana, curvas al aire, lista para el sacrificio. Órale, Ana, cálmate, pensé, pero mi piel ya picaba de anticipación, como si su toque invisible ya me rozara.
El clic de la puerta me erizó los vellos. Ahí estaba él, Marco, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho moreno y musculoso que tanto me volvía loca. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se le escapó. Mi reina
, murmuró con esa voz grave que me derretía, cerrando la puerta con el pie. Olía a tequila reposado y a hombre sudado del gym, un combo que me hacía agua la boca.
—Wey, llegaste justo a tiempo —le dije, levantándome despacio, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela—. Pensé que tu jefa te iba a retener toda la noche.
Se acercó, su calor invadiéndome antes que sus manos. Para ti, dejo lo que sea
, respondió, tomándome la cintura con firmeza. Sus dedos se hundieron en mi carne suave, y un escalofrío me recorrió la espina. Nuestros labios se rozaron primero, un beso tentativo, probando el terreno prohibido. Sabía a menta y a deseo contenido, y yo le devolví el favor con mi lengua juguetona, explorando su boca como si fuera la primera vez.
Esto es pasión prohibida, capítulo 94, el momento en que todo explota, pensé, mientras su mano subía por mi muslo.
Acto uno de nuestra noche: el reencuentro. Nos separamos un segundo para mirarnos, jadeantes. Él me quitó el vestido con delicadeza, deslizándolo por mis hombros hasta que quedé en lencería roja, mi piel canela brillando bajo la luz. Estás de infarto, muñeca
, gruñó, sus ojos fijos en mis tetas generosas. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, oliendo su sudor fresco que me enloquecía. Nos besamos de nuevo, más hondo, mientras caíamos en la cama. Sus manos everywhere: amasando mis nalgas, pellizcando mis pezones hasta que gemí bajito.
La tensión crecía como tormenta en el desierto. Yo quería devorarlo, pero jugábamos lento, saboreando cada segundo robado. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y las venas marcadas, y él soltó un ¡Qué chido!
ronco. La lamí desde la base, probando su salado esencia, mientras él enredaba sus dedos en mi pelo negro largo. No pares, carnal, pensé, chupando más profundo, oyendo sus gemidos que rebotaban en las paredes.
Pero él no se quedaba atrás. Me volteó boca arriba, besando mi cuello, mordisqueando mi oreja. Te voy a comer viva
, prometió, bajando por mi vientre plano hasta mi conchita húmeda. El primer roce de su lengua fue eléctrico: caliente, húmeda, lamiendo mi clítoris con maestría. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, y el sonido chupeteo me ponía más caliente. Mis caderas se arqueaban solas, empujando contra su boca, mientras mis manos apretaban las sábanas. ¡Ay, Marco, sí! ¡No pares, pendejo!
grité, medio en serio medio en broma, y él rio contra mi piel, vibrando delicioso.
El medio tiempo de nuestra sinfonía: la escalada. Me penetró con dos dedos primero, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas. Gemía sin control, el cuarto lleno de nuestros sonidos: piel contra piel, respiraciones entrecortadas, el crujir de la cama. Lo jalé hacia mí, queriendo sentirlo todo. Métemela ya, wey
, le supliqué, y él obedeció, posicionándose entre mis piernas. Su verga rozó mi entrada, lubricada y ansiosa, y empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso.
¡Qué rico! Era enorme, llenándome por completo, cada embestida un choque de cuerpos sudorosos. Lo monté primero, cabalgándolo como amazona en rodeo, mis tetas rebotando, sus manos guiándome las caderas. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con nuestro jugo. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, azotándome el culo suave mientras me taladraba profundo. Eres mía, Ana, solo mía esta noche
, jadeaba, y yo respondía Siempre, cabrón, siempre
. El clímax se acercaba, mis paredes contrayéndose alrededor de él, pulsos acelerados sincronizados.
La intensidad psicológica nos golpeaba: flashes de mi vida normal, su novia sonriente en fotos del celular que vibraba olvidado en la mesa. Pero eso solo avivaba el fuego prohibido. Esto es lo que necesitamos, esta adrenalina, pensaba yo, mientras él me volteaba de nuevo, misionero íntimo, nuestros ojos clavados. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado al lamerlo. Aceleró, embistiendo fuerte, mi clítoris rozando su pubis. Vente conmigo, reina
, ordenó, y explotamos juntos: yo gritando su nombre, ondas de placer sacudiéndome entera, él gruñendo profundo, llenándome con chorros calientes.
Acto final: el afterglow. Colapsamos enredados, piel pegajosa contra piel, corazones galopando al unísono. El cuarto olía a orgasmo compartido, a paz carnal. Él me besó la frente, suave, mientras yo trazaba círculos en su espalda con las uñas. ¿Capítulo 94 terminado?
bromeó, y yo reí bajito. El mejor hasta ahora, pero ya quiero el 95
.
Nos quedamos así un rato, hablando pendejadas sobre la vida, el trabajo, sueños que no podíamos cumplir. Ningún arrepentimiento, solo satisfacción pura, empoderadora. Éramos adultos, dueños de nuestro placer. Cuando se vistió para irse, me dejó un último beso que sabía a promesas. La puerta se cerró, y yo me acurruqué en las sábanas revueltas, sonriendo. Pasión prohibida, capítulo 94: cierre perfecto, con ganas de más.
Al día siguiente, en mi rutina de ama de casa en Coyoacán, el recuerdo me hacía sonrojar. Pero sabía que volveríamos. Porque esto no era solo sexo; era nuestra escape, nuestro secreto ardiente en la jungla de la ciudad.