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La Bebida de Fruta de la Pasion que Enciende el Alma

7592 palabras

La Bebida de Fruta de la Pasion que Enciende el Alma

Ana se recargó en la barandilla del rooftop bar en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces a sus pies. El aire cálido de la noche de verano traía el aroma mezclado de jazmines del jardín vertical y el humo ligero de los cigarros electrónicos que flotaba entre la gente. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a su piel sudada por el calor, y sus tacones altos resonaban contra el piso de madera cuando se movía. Qué chido este lugar, pensó, mientras sorbía su martini, pero algo le faltaba esa noche. Quería más que solo vistas y música electrónica pulsando en el fondo.

Entonces lo vio. Diego, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando un poco de vello oscuro y piel bronceada por el sol de Acapulco, donde había crecido. Se acercó al bar, pidiendo con voz grave y segura: "Órale, carnal, dame una bebida fruta de la pasion, bien fría, con un toque de tequila y limón". El bartender asintió, machacando las pulpas amarillas y moradas de la fruta, exprimiendo el jugo que goteaba como néctar dulce. Ana sintió un cosquilleo en el estómago al verlo lamerse los labios en anticipación. Neta, ese wey tiene algo que me prende, se dijo, girándose un poco para que él la notara.

Diego levantó la vista, sus ojos cafés oscuros chocando con los de ella. Sonrió con esa picardía mexicana que hace que el corazón lata más rápido. "¿Te late una bebida fruta de la pasion?" le preguntó, señalando su vaso helado, cubierto de gotas de condensación que resbalaban por sus dedos fuertes. Ana se acercó, oliendo su colonia fresca con notas de madera y cítricos. "Sí, pendejo, me late. Pero hazla doble", respondió ella juguetona, su voz ronca por la emoción creciente.

Se sentaron en una mesa apartada, con velas parpadeando y la brisa revolviendo su cabello negro largo. La bebida llegó en vasos altos, el color vibrante de la fruta de la pasión reluciendo bajo las luces neón. Ana tomó un sorbo: el sabor ácido y dulce explotó en su lengua, fresco como un beso en la playa, con el tequila quemando suave la garganta. "Esto está de poca madre", murmuró, lamiendo el borde del vaso donde se había quedado un rastro púrpura. Diego la observaba, su mirada bajando por su cuello hasta el escote, donde su piel brillaba con un leve sudor.

Hablaron de todo y nada: de cómo el tráfico en Reforma era un desmadre, de tacos al pastor en la esquina que valían la pena, de sueños locos como escaparse a la Riviera Maya. Cada risa compartida acortaba la distancia entre ellos. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque eléctrico que envió chispas por las piernas de Ana.

¿Por qué carajos me siento así? Como si esta bebida me hubiera inyectado fuego en las venas
, pensó ella, mientras su mano rozaba accidentalmente la de él al alcanzar el vaso.

La música cambió a un ritmo más lento, sensual, con saxofones que gemían como amantes. Diego se levantó, extendiendo la mano. "Baila conmigo, reina". Ana no dudó. Sus cuerpos se pegaron en la pista improvisada, el calor de su pecho contra sus senos, el roce de sus caderas al compás. Olía a él: sudor limpio, tequila y esa fruta dulce pegada a su aliento. Sus manos bajaron por su espalda, deteniéndose en la curva de sus nalgas, apretando suave. Ella jadeó, sintiendo su dureza presionando contra su vientre. Qué rico se siente esto, wey.

La tensión crecía como una tormenta de verano. Ana lo miró a los ojos, mordiéndose el labio. "Vamos a otro lado", susurró, su voz temblando de deseo. Diego pagó la cuenta con rapidez, su mano en la parte baja de su espalda guiándola al elevador. Dentro, solos, se devoraron. Sus labios chocaron, húmedos y urgentes, lenguas danzando con el sabor residual de la bebida fruta de la pasion. Él la levantó contra la pared, sus muslos envolviéndolo, mientras sus dedos se clavaban en su cabello.

Salieron tambaleantes al pasillo del hotel contiguo, riendo como chavos traviesos. La habitación era amplia, con sábanas blancas crujientes y una terraza con vista al mismo skyline. Se desnudaron con prisa, pero sin rudeza: él desabrochó su vestido, besando cada centímetro de piel expuesta, inhalando su aroma a vainilla y excitación. Ana tiró de su camisa, arañando suave su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo sus uñas. "Te quiero ya, cabrón", gimió ella, mientras caían en la cama.

El medio acto se desplegó en una sinfonía de sensaciones. Diego besó su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus pechos donde succionó sus pezones endurecidos, haciendo que Ana arqueara la espalda con un gemido gutural. Sus manos exploraron: él acarició sus muslos internos, rozando su humedad creciente, mientras ella lo masturbaba lento, sintiendo las venas pulsantes en su verga dura como piedra. Esto es puro vicio, pero qué chingón vicio, pensó Ana, mientras él separaba sus piernas y hundía la cara entre ellas.

Su lengua era mágica, lamiendo su clítoris con círculos precisos, chupando el néctar que fluía de ella, ácido y dulce como la fruta que habían bebido. Ana gritó, sus caderas moviéndose solas, agarrando las sábanas hasta arrugarlas. El sonido de su succionar húmedo llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y el zumbido lejano de la ciudad. Olía a sexo: almizcle, sudor, su esencia íntima. Él metió dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su boca no paraba.

Ana lo volteó, queriendo devolverle el favor. Se arrodilló entre sus piernas, admirando su miembro erecto, grueso y venoso. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, luego lo engulló profundo, sintiendo cómo él gruñía y enredaba los dedos en su pelo. "¡Qué mamada tan rica, amor!", exclamó Diego, su voz ronca. Ella aceleró, succionando con hambre, hasta que él la jaló arriba.

Se unieron en un movimiento fluido, consensual y ardiente. Él entró despacio, llenándola centímetro a centímetro, sus paredes apretándolo como un guante caliente. Ana sintió cada vena, cada pulso, mientras él la embestía profundo. Se movieron al unísono: ella encima primero, cabalgándolo con furia, sus senos rebotando, uñas en su pecho. El slap slap de piel contra piel, sus gemidos sincronizados, el olor a sexo intensificándose. Cambiaron posiciones: él atrás, jalando su cabello suave, mordiendo su hombro mientras la penetraba con fuerza controlada.

La intensidad subió: sudaban profusamente, la cama crujiendo bajo ellos, el aire cargado de sus alientos jadeantes. Ana sintió el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago hasta el clítoris. "¡No pares, pendejo, ya vengo!", gritó. Él aceleró, su mano en su clítoris frotando, y explotaron juntos. Ella convulsionó, chorros de placer mojando las sábanas, él gruñendo mientras se vaciaba dentro, caliente y abundante.

En el afterglow, se derrumbaron entrelazados, pieles pegajosas, corazones latiendo desbocados. Diego la besó suave en la frente, trazando círculos en su espalda. Ana sonrió, oliendo la mezcla de sus jugos y la fruta persistente en su aliento.

Esta noche, esa bebida fruta de la pasion no solo refrescó, nos prendió el alma entera
. Afuera, la ciudad seguía viva, pero ellos flotaban en una burbuja de satisfacción. Se durmieron así, prometiendo más noches como esta, con el sabor de la pasión en la piel y el corazón.

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