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Las Pasionistas Desnudas

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Las Pasionistas Desnudas

En el corazón de la Condesa, donde las luces neón parpadean como promesas calientes, Carla entró al antro de salsa con el pulso acelerado. La noche olía a tequila reposado y perfume barato mezclado con sudor fresco. Neta, qué chido este lugar, pensó mientras se abría paso entre la multitud que bailaba al ritmo de cumbia rebajada. Llevaba un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas, y sus tacones resonaban contra el piso pegajoso. Hacía meses que no salía así, libre, lista para soltarse como la pasionista que era en el fondo.

Desde chava, Carla se sabía pasionista: alguien que vive por el fuego del deseo, por esos momentos en que el cuerpo manda y la razón se va al carajo. Pero el trabajo en la agencia de publicidad la tenía estresada, como un pendejo jefe gritándole por deadlines. Esa noche,

quiero sentir algo real, algo que me queme por dentro
, se juró al pedir un cuba libre en la barra.

Allí lo vio. Diego, alto, moreno, con camisa negra desabotonada que dejaba ver un pecho tatuado con un águila mexicana. Bailaba solo en la pista, moviendo las caderas con una maestría que hacía que las morras lo miraran babeando. Sus ojos se cruzaron, y él sonrió con esa picardía chilanga que dice órale, ven pa'cá. Carla sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas con alas de fuego.

¿Bailamos, mamacita? –le dijo él acercándose, su voz ronca cortando el ruido de la música.

Sólo si no me pisas los pies, wey, contestó ella riendo, extendiendo la mano.

Acto seguido, sus cuerpos se pegaron en la pista. El calor de su piel contra la de ella era eléctrico, el roce de su muslo contra el suyo enviaba chispas directas al centro de su ser. Olía a colonia masculina con un toque de tabaco, y su aliento fresco rozaba su cuello mientras giraban. La salsa los envolvía: ¡azúcar! gritaba el DJ, y Diego la hacía girar, su mano firme en su cintura baja, rozando apenas la curva de su nalga. Carla jadeaba ya, no por el baile, sino por la tensión que crecía como una tormenta.

Después de tres rolas, sudados y riendo, se sentaron en una mesa apartada. –Eres pasionista, ¿verdad? –le soltó él de repente, sirviéndole más ron.

¿Cómo lo supiste? –preguntó ella, arqueando la ceja, el corazón latiéndole en la garganta.

Se nota en cómo bailas, en cómo miras. Yo también lo soy. Vivimos para esto, para el puro desmadre del deseo.

Carla lo miró fijo.

Puta madre, este wey me lee como un libro abierto
. Charlaron de todo: de la vida loca en la CDMX, de cómo el estrés los comía vivos pero el cuerpo pedía a gritos liberación. Sus rodillas se tocaban bajo la mesa, y cada roce era una promesa. Cuando él le rozó la mano, ella sintió el pulso acelerado en sus venas, el calor subiendo por sus muslos.

¿Vienes a mi depa? Está aquí cerquita, en la Roma –propuso él, los ojos brillando con esa hambre compartida.

Chido, pero no prometo portarme bien, respondió ella, mordiéndose el labio.

Salieron tomados de la mano, el aire fresco de la medianoche contrastando con el bochorno del antro. Caminaron por calles empedradas, riendo de tonterías, pero la tensión sexual era un cable vivo entre ellos. En el elevador del edificio de Diego, ya no aguantaron: él la acorraló contra la pared, besándola con furia. Sus labios eran suaves pero exigentes, sabían a ron y menta, y su lengua exploraba la de ella como si quisiera devorarla. Carla gimió bajito, sus manos enredándose en su cabello oscuro, oliendo el shampoo de hierbas que usaba.

Adentro del depa, luces tenues y música suave de fondo –una rola de Café Tacvba–. Diego la cargó hasta el sillón, depositándola con cuidado pero con urgencia. –Eres preciosa, pasionista –murmuró mientras le bajaba el vestido por los hombros, exponiendo sus pechos. Ella arqueó la espalda, sintiendo el aire fresco en sus pezones que se endurecieron al instante.

El beso bajó por su cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando la clavícula. Carla jadeaba,

carajo, esto es lo que necesitaba, puro fuego
. Sus manos bajaron a la cintura de él, desabrochando el cinturón con dedos temblorosos. El pantalón cayó, revelando su erección dura contra los boxers. Ella lo tocó por encima de la tela, sintiendo el calor pulsante, el grosor que prometía placer.

Desnúdate para mí –le pidió ella, la voz ronca de deseo.

Él obedeció, quitándose todo. Su cuerpo era fuerte, marcado por el gym, con ese vello oscuro que bajaba hasta su miembro erecto. Carla se lamió los labios, el olor almizclado de su excitación llenando el aire. Se puso de rodillas, tomándolo en la mano, sintiendo la piel sedosa sobre la dureza de acero. Lo miró a los ojos mientras lo lamía desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen. Diego gruñó, ¡órale, qué rica!, sus caderas moviéndose involuntariamente.

Pero ella quería más. Se levantó, quitándose el vestido por completo, quedando en tanga roja. Él la tumbó en la cama king size, besando su vientre, bajando hasta el monte de Venus. El aroma de su arousal era embriagador, dulce y terroso. Diego separó sus piernas con gentileza, lamiendo sus labios mayores, saboreando su humedad. Carla gritó de placer, sus uñas clavándose en las sábanas, el sonido de su lengua chupando su clítoris enviando ondas de éxtasis por todo su cuerpo. ¡Sí, wey, así! gemía, las caderas elevándose para más contacto.

La tensión crecía como un volcán. Él metió dos dedos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras succionaba su botón hinchado. Carla sentía cada vena de sus dedos, el roce áspero contra sus paredes internas, el jugo chorreando por sus muslos.

No aguanto más, voy a explotar
. Pero él se detuvo, subiendo para penetrarla.

¿Estás lista, pasionista? –preguntó, frotando su glande contra su entrada húmeda.

¡Métemela ya, pendejo! –exigió ella, riendo entre jadeos.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. El estiramiento era delicioso, su grosor rozando cada nervio. Empezaron lento, mirándose a los ojos, sintiendo el latido compartido. El slap de piel contra piel, los gemidos mezclados con besos, el olor a sexo puro impregnando la habitación. Aceleraron, ella clavando las uñas en su espalda, él mordiendo su hombro. Carla sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su bajo vientre.

¡Me vengo! –gritó ella primero, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, chorros de placer saliendo de ella, mojando las sábanas. Diego la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con su leche caliente, pulsación tras pulsación.

Se derrumbaron juntos, sudorosos, jadeantes. El afterglow era perfecto: su peso sobre ella reconfortante, el corazón de él latiendo contra su pecho. Besos suaves ahora, caricias perezosas. –Eres la pasionista más chida que he conocido, murmuró él contra su cabello.

Carla sonrió, sintiendo una paz profunda.

Esto es vida, puro desmadre del alma
. Se quedaron así hasta el amanecer, prometiendo más noches de pasión desenfrenada en la jungla de concreto que es México.

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