Eres Mi Pasión
El sol del atardecer en Playa del Carmen teñía el cielo de tonos naranjas y rosados, como si el mar Caribe supiera que esa noche sería especial. Yo, Sofia, estaba en la terraza de nuestra cabaña rentada, con el viento salado revolviéndome el pelo y el aroma a coco de mi loción mezclándose con el olor fresco del océano. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba un poquito a mi piel por el bochorno, y mis pies descalzos sentían la madera tibia del piso. Hacía meses que no veía a Marco, mi amor de la universidad, el wey que me hacía vibrar con solo una mirada. ¿Vendrá de verdad? me preguntaba, mientras sorbía un sorbo de mi michelada helada, el limón picante en la lengua y la espuma refrescante bajando por mi garganta.
De repente, oí el motor de su camioneta Jeep acercándose por el camino de arena. Mi corazón dio un brinco, como si estuviera en una de esas telenovelas cursis pero neta emocionantes. Bajé las escaleras corriendo, el vestido ondeando contra mis muslos, y ahí estaba él, bajándose con esa sonrisa pícara, su camisa de lino azul abierta un par de botones, dejando ver el vello oscuro de su pecho bronceado. Olía a mar y a esa colonia suya, madera y especias, que siempre me ponía la piel de gallina.
—Órale, Sofia, qué chida te ves, mi reina —dijo con esa voz grave, abrazándome fuerte. Sus brazos musculosos me envolvieron, y sentí su calor contra mi cuerpo, el latido de su corazón acelerado igual que el mío. Lo abracé de vuelta, enterrando la cara en su cuello, inhalando profundo.
Es él, eres mi pasión, el único que me hace sentir viva así, pensé mientras mis manos bajaban por su espalda, apretando un poco esa nalga firme que tanto extrañaba.
Subimos a la terraza, riéndonos de tonterías del pasado, como aquella vez que nos escapamos de una fiesta en Cancún para tirarnos al mar a medianoche. Cenamos tacos de mariscos que pedí de un puestito cercano —el camarón fresco, jugoso, con salsa picosa que nos hacía jadear y reír—, y el sonido de las olas rompiendo abajo era como un ritmo que nos iba calentando el ambiente. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, y cada roce era eléctrico, como chispas en mi piel sensible.
La noche cayó suave, las estrellas salpicando el cielo negro, y pusimos música ranchera suave en el Bluetooth, un Mariachi digital que llenaba el aire con guitarras y trompetas. Marco me tomó de la mano y me jaló a bailar, sus caderas pegadas a las mías, moviéndose lento, sensual. Sentí su dureza presionando contra mi vientre, y un calor líquido se extendió entre mis piernas. Qué rico se siente esto, murmuré contra su oreja, mordisqueándola suave. Él gruñó bajito, sus manos bajando a mis caderas, apretando.
—No sabes cuánto te extrañé, Sofia. Eres mi pasión, wey, no hay otra como tú —susurró, y esas palabras me derritieron por dentro. Lo besé entonces, con hambre, nuestras lenguas enredándose, saboreando la sal del mar y la cerveza en su boca. Sus manos subieron por mi espalda, bajando la cremallera del vestido con dedos temblorosos de deseo. El vestido cayó al piso, dejándome en brasier y tanga, mi piel expuesta al aire fresco de la noche, pezones endureciéndose al instante.
Entramos a la habitación, la cama king size con sábanas blancas crujiendo bajo nosotros. Marco me recostó suave, sus ojos devorándome como si fuera el postre más chido del mundo. Besó mi cuello, lamiendo despacio, y bajé hasta mis pechos, chupando un pezón con esa succión que me hacía arquear la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! gemí, mis uñas clavándose en su pelo. Olía a sudor limpio y excitación, ese musk masculino que me volvía loca. Sus manos exploraban mi cuerpo, dedos gruesos trazando mi cintura, bajando a mi concha ya húmeda, resbalosa.
Lo empujé para arriba, queriendo devolvérsela. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando por el abdomen definido hasta el bulto en sus shorts. Lo desabroché, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la dureza de terciopelo, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Marco jadeó, —Pinche Sofia, eres una diosa, y me metí más, chupando con ritmo, mi lengua girando alrededor del glande mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados.
Pero no quería que terminara tan pronto. Lo subí a la cama y me subí encima, frotando mi panocha mojada contra su verga, lubricándola con mis jugos.
Eres mi pasión, repetí en mi mente, mientras lo montaba despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte cuando estuve toda adentro, mis paredes apretándolo, pulsando. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce en mi clítoris hinchado, el slap slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos y el rumor del mar.
Marco me agarró las nalgas, guiándome más rápido, sus caderas subiendo para clavarse más hondo. Sudábamos, el olor a sexo llenando la habitación, intenso, animal. Me volteó de repente, poniéndome a cuatro patas, y volvió a entrar, esta vez duro, profundo. ¡Chíngame, mi rey, más fuerte! le rogué, y él obedeció, embistiéndome con fuerza, sus bolas golpeando mi clítoris, sus manos pellizcando mis pezones. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre, mis muslos temblando.
—Me vengo, Sofia, ¡eres mi pasión! —gruñó él, y eso me empujó al borde. Exploté primero, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer sacudiéndome, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco. Él se corrió segundos después, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar, su cuerpo colapsando sobre el mío, pesados, satisfechos.
Nos quedamos así un rato, respirando agitados, su peso reconfortante. Luego rodó a un lado, jalándome a su pecho. El sudor se enfriaba en nuestra piel, el mar cantando arrullo afuera. Besé su hombro, saboreando la sal.
—Neta, Marco, eres mi pasión. No te vayas nunca más —le dije bajito, trazando círculos en su piel con el dedo.
Él sonrió, besando mi frente. —Y tú la mía, mi vida. Esto es solo el principio.
Nos dormimos envueltos uno en el otro, el amanecer tiñendo el cielo de promesas, con el sabor de nosotros mismos aún en los labios y el eco de la noche resonando en cada fibra de mi ser.