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Minas de Pasion Capitulo 57 Completo Fuego en las Entrañas

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Minas de Pasion Capitulo 57 Completo Fuego en las Entrañas

El sol del mediodía caía a plomo sobre las colinas de Zacatecas, tiñendo de oro las entradas de la mina que yo, Ana, había heredado de mi abuelo. No era cualquier hoyo en la tierra; era Mi Corazón de Plata, un laberinto de vetas brillantes y cristales que relucían como joyas ocultas. Hoy, con el corazón latiéndome como tambor de fiesta, bajé al socavón más profundo con Diego, mi capataz y el wey que me quitaba el sueño desde hace años. Habíamos sido amantes en secreto, pero una bronca tonta nos separó. Ahora, con la excusa de buscar una nueva veta, el aire entre nosotros vibraba de algo más que polvo mineral.

"Neta, Ana, ¿estás segura de meterte tan hondo sin el equipo completo?", me dijo Diego con esa voz ronca que me erizaba la piel, mientras ajustaba su casco con lámpara. Sus ojos cafés me recorrían como caricias, deteniéndose en el escote de mi blusa ajustada, empapada ya por el calor.

Le sonreí, sintiendo el pulso acelerarse. "Chíngate, Diego, si no confías en mí, ¿pa' qué vienes?" Respondí juguetona, sabiendo que el desafío lo encendía. Bajamos por la escalerilla metálica, el clang-clang de nuestros pasos resonando en las paredes húmedas. El olor a tierra mojada y metal oxidado nos envolvió, mezclado con el sudor fresco de nuestros cuerpos. Cada peldaño era un paso hacia lo inevitable; lo sentía en el cosquilleo entre mis piernas.

Al fondo, la galería se abría en una cámara amplia, iluminada por nuestras lámparas. Cristales de cuarzo centelleaban como estrellas caídas, y una brisa tibia subía del suelo, cargada de minerales. Nos quitamos los cascos, el silencio roto solo por el goteo lejano de agua. Me acerqué a él, mi mano rozando su brazo musculoso, curtido por años de picar roca.

¿Y si esta vez no lo dejo ir? Su olor, ese mezcle de hombre trabajado y jabón de lavanda, me marea. Quiero saborearlo todo.

"Ana...", murmuró él, girándose. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, sus manos grandes sujetándome la cintura. Gemí contra su boca, el sabor salado de su lengua invadiendo la mía, dulce como tequila reposado. Nos devoramos, el calor de su pecho contra mis tetas endureciéndome los pezones bajo la tela fina.

Acto primero cerrado, el deseo ya ardía. Pero esto era solo el principio de Minas de Pasion Capitulo 57 Completo, como si estuviéramos viviendo nuestra propia telenovela, llena de pasión prohibida en las profundidades.

Nos separamos jadeantes, pero sus dedos ya desabotonaban mi blusa, exponiendo mi piel bronceada al aire fresco de la mina. "Eres una diosa, pinche Ana", gruñó, lamiendo mi cuello, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina. Yo tiré de su camisa, rasgando botones, revelando su torso velludo y marcado por cicatrices de trabajo honesto. Mis uñas arañaron su pecho, sintiendo los latidos furiosos bajo mi palma. Olía a él, puro macho mexicano, sudor y tierra, un afrodisíaco que me mojaba más.

Caímos sobre una manta que había traído "por si acaso", el suelo firme pero suave bajo nosotros. Sus besos bajaron a mis senos, chupando un pezón con hambre, el sonido húmedo ecoando en la cueva. "¡Ay, wey, qué rico!", exclamé, arqueándome, mis caderas frotándose contra su verga dura que presionaba sus jeans. El roce era eléctrico, tela contra tela, prometiendo más.

Esto no es solo sexo, es liberación. Después de meses de extrañarlo, cada toque borra el coraje. Quiero que me haga suya aquí, donde nadie nos juzga.

Le quité el cinturón, liberando su miembro grueso, palpitante, con venas marcadas que lo hacían parecer una herramienta perfecta para excavar placer. Lo tomé en mi mano, suave piel sobre acero, y lo masturbe lento, viendo cómo su rostro se contraía de gusto. "Así, mija, no pares", jadeó, sus caderas empujando. Bajé la cabeza, oliendo su esencia almizclada, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen. Él gimió fuerte, el eco multiplicando su placer, sus dedos enredados en mi pelo negro.

Me volteó, quitándome los pantalones con urgencia. Mis bragas estaban empapadas, el olor de mi excitación flotando en el aire confinado. "Mírate, toda mojadita por mí", dijo con picardía, metiendo dos dedos en mi concha resbaladiza. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mientras sus dedos me follaban lento, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El jugo chorreaba por mis muslos, cálido y pegajoso.

La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Pero quería más, lo necesitaba dentro. "Cógeme ya, Diego, no aguanto". Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada, lubricada y lista. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. "¡Qué chingón te sientes!", rugió, empezando a bombear.

Nos movíamos al ritmo de la mina, embestidas profundas sincronizadas con el goteo del agua. Sudor perlando nuestras pieles, resbalando, mezclándose. El slap-slap de carne contra carne, mis tetas rebotando, sus bolas golpeando mi culo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis caderas girando, sintiendo cómo me rozaba el clítoris con cada bajada. Él pellizcaba mis pezones, tirando suave, el dolor placentero sumándose al éxtasis.

Soy la reina de esta mina, y él mi rey. Cada thrust cava más hondo en mi alma, desenterrando pasiones olvidadas.

La intensidad subía, mis uñas clavadas en su pecho, su aliento entrecortado en mi oído. "Vente conmigo, Ana, déjate ir". El orgasmo me golpeó como derrumbe, olas de placer convulsionándome, chillidos ahogados en su boca. Él se tensó, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos, goteando fuera.

Colapsamos, entrelazados, el aire pesado con olor a sexo crudo, tierra y satisfacción. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. El afterglow nos envolvía como niebla tibia, pulsos calmándose al unísono con el silencio de la cueva. Besé su hombro salado, saboreando la paz.

"Esto fue mejor que cualquier capítulo de esas novelas", murmuró riendo bajito. Yo asentí, recordando cómo en mi mente lo había bautizado como Minas de Pasion Capitulo 57 Completo, el clímax perfecto de nuestra historia.

Nos vestimos lento, robándonos besos, promesas en los ojos. Subimos a la superficie, el sol besándonos la piel enrojecida, pero el verdadero tesoro lo llevábamos adentro: una veta de pasión inagotable. Desde ese día, la mina ya no era solo plata; era nuestro fuego eterno, listo para más capítulos ardientes.

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