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Hijo del Diablo Pasion de Cristo

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Hijo del Diablo Pasion de Cristo

En el corazón de Guadalajara, donde las campanas de la Catedral repican como un latido eterno, María se arrodillaba en el banco de madera pulida. El incienso flotaba pesado en el aire, un olor dulce y ahumado que le llenaba los pulmones mientras susurraba oraciones. Tenía treinta años, curvas generosas que su vestido de algodón negro apenas contenía, y un fuego interno que ninguna misa apagaba. Su marido, un contador aburrido, la tocaba como si fuera un trámite, sin pasión, sin alma. Esa noche, durante la fiesta patronal en la plaza, todo cambió.

La música de mariachi retumbaba, trompetas agudas y guitarras roncas que vibraban en su pecho. Luces de colores parpadeaban sobre la multitud bailando al ritmo del son jalisciense. María sorbía su tequila con limón, el ardor bajando por su garganta como un pecado delicioso. Entonces lo vio: alto, moreno, con tatuajes que asomaban por las mangas de su camisa negra ajustada. Sus ojos negros brillaban como brasas, y una sonrisa pícara le curvaba los labios carnosos. La gente murmuraba a su paso: "Ahí va el hijo del diablo", decían, porque Alejandro había regresado del norte con fama de romper corazones y desafiar a los santos.

Él se acercó, oliendo a colonia fuerte mezclada con sudor fresco y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. "¿Bailas, güerita?" le dijo, su voz grave ronca como un trueno lejano. María sintió un cosquilleo en la piel, sus pezones endureciéndose bajo el sostén. ¿Qué estoy haciendo? Esto es tentación pura, pensó, pero sus pies ya se movían. Sus manos grandes la tomaron por la cintura, fuertes y cálidas, presionando justo donde su cuerpo ardía. El roce de sus caderas al bailar era eléctrico, su verga semi-dura rozando su muslo por "accidente". El tequila y el ritmo la embriagaban, y cuando él le susurró al oído "Eres un pecado que quiero cometer", ella solo jadeó, su aliento caliente contra su cuello.

Se escabulleron a un callejón estrecho detrás de la plaza, donde el bullicio se oía lejano como un eco. La pared de adobe estaba áspera contra su espalda, pero las manos de Alejandro eran suaves, expertas. La besó con hambre, su lengua invadiendo su boca, saboreando a tequila y deseo. Sabe a fuego, a algo prohibido, pensó María mientras sus dedos se enredaban en su cabello negro revuelto. Él bajó los labios a su cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro húmedo que la hacía temblar. "Dime que lo quieres, nena", murmuró, su aliento cálido enviando ondas de placer directo a su entrepierna.

Sí, lo quiero. Dios mío, perdóname, pero lo quiero. Sus manos exploraron su pecho musculoso, sintiendo los latidos acelerados bajo la camisa. Él desabrochó los botones de su vestido con dedos impacientes, exponiendo sus senos llenos al aire fresco de la noche. Sus pezones rosados se erizaron al instante, y Alejandro los tomó en su boca, chupando con una succión profunda que la hizo arquearse. "¡Ay, cabrón, qué rico!" gimió ella, sorprendida de su propia voz ronca. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, se mezclaba con los mariachis lejanos, creando una sinfonía pecaminosa.

La levantó en brazos como si no pesara nada, sus muslos envolviéndolo mientras él la apoyaba contra la pared. Sus dedos bajaron su calzón de encaje, rozando la humedad que ya empapaba sus labios hinchados. Estoy chorreando por este hijo del diablo, se confesó en silencio, mientras él metía un dedo grueso dentro de ella, curvándolo para tocar ese punto que la volvía loca. El olor a sexo flotaba ahora, almizclado y dulce, su panocha oliendo a miel caliente. Ella lo masturbó por encima del pantalón, sintiendo la verga dura como hierro, palpitante bajo la tela. "Métemela ya, pendejo", le rogó, usando palabras que nunca decía en voz alta.

Alejandro rio bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho. Bajó el zipper y sacó su miembro venoso, grueso, con la cabeza brillante de precúm. La penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. María sintió cada vena rozando sus paredes internas, el placer quemándola desde adentro. Es el hijo del diablo, follándome como si fuera mi cruz, pensó, mientras él embestía más fuerte, sus pelotas golpeando su culo con palmadas rítmicas. El sudor les chorreaba por la piel, mezclándose en el choque de cuerpos. Sus gemidos se volvían gritos ahogados: "¡Más duro, hijo de puta! ¡Dame tu pasión de cristo!" exclamó ella en un arrebato, las palabras saliendo como un rezo pervertido.

Él la volteó, poniéndola de rodillas contra la pared, el adobe raspando sus palmas. Desde atrás, la penetró de nuevo, una mano en su cadera, la otra enredada en su cabello, tirando suavemente para arquear su espalda. Cada embestida era profunda, golpeando su cervix con un placer que dolía tan rico. El sonido de carne contra carne era ensordecedor en el callejón, chapoteos húmedos de su jugo corriendo por sus muslos. María sentía su clítoris hinchado rozando sus dedos mientras se tocaba, círculos rápidos que la acercaban al borde. Esto es mi pasion de cristo, sufrir y gozar en sus brazos demoníacos.

La tensión crecía como una tormenta, sus músculos tensándose, el corazón latiéndole en los oídos. Alejandro gruñía como un animal, "¡Te voy a llenar, mi santa pecadora!" Sus embestidas se volvieron frenéticas, salvajes, el olor a sudor y semen impregnando el aire. María explotó primero, un orgasmo que la sacudió entera, su panocha contrayéndose alrededor de su verga en espasmos violentos. Gritó sin pudor, "¡Sí, hijo del diablo, dame todo!", mientras chorros de placer la mojaban más. Él la siguió segundos después, eyaculando dentro de ella con rugidos profundos, su leche caliente inundándola, goteando por sus piernas.

Se derrumbaron juntos en el suelo empedrado, aún unidos, respirando agitados. El aire nocturno les enfriaba la piel empapada, y él la besó suave ahora, labios tiernos contrastando con la follada brutal. María sentía su semen adentro, un recordatorio cálido y pegajoso de su rendición. ¿Qué he hecho? Pero qué chingón se sintió, reflexionó, acurrucándose en su pecho ancho. Alejandro le acarició el cabello, "Eres mi pasion de cristo, María. Volveremos a pecar", prometió con voz ronca.

De vuelta en la fiesta, nadie notó nada, pero ella caminaba diferente, con una sonrisa secreta y el cuerpo zumbando de satisfacción. Las campanas repicaron de nuevo, llamando a vísperas, pero María ya no oraba por perdón. Ahora rogaba por más noches con el hijo del diablo, donde su pasion de cristo ardía eterna, un fuego que nadie, ni Dios ni el marido, apagaría.

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