Relatos
Inicio Erotismo Jesús de Nazaret Despierta la Pasión de Cristo Jesús de Nazaret Despierta la Pasión de Cristo

Jesús de Nazaret Despierta la Pasión de Cristo

6761 palabras

Jesús de Nazaret Despierta la Pasión de Cristo

Era una noche calurosa en mi depa de la Roma, con el ventilador zumbando como loco y el olor a jazmín del balcón colándose por la ventana. Yo, Ana, estaba recargada en el pecho de mi carnal, Jesús –sí, se llama así el pendejo, y no sabes lo chistoso que es–, mientras el plasma escupía las imágenes de Jesús de Nazaret la pasión de Cristo. Habíamos puesto la peli clásica de la tele abierta, esa que pasa cada Semana Santa, con el Roberto Benigni o quien sea sufriendo en la cruz. Pero esta vez, algo andaba raro. El sudor de su piel contra la mía me erizaba la piel, y cada latigazo en la pantalla hacía que mi pulso se acelerara.

"Mira cómo lo azotan, nena", murmuró Jesús en mi oreja, su aliento caliente oliendo a tequila reposado y chiles en nogada que cenamos antes. "Ese wey aguanta todo por amor".
Sus dedos jugaban perezosos en mi muslo, subiendo despacito por debajo de la shortcita de algodón. Yo sentía el calor subiendo desde mi entrepierna, como si la pasión de Cristo se hubiera colado en mi cuerpo. Lo volteé a ver: ojos cafés intensos, barba recortada, pelo ondulado que le caía como al Nazareno. Coincidencia cabrona, pensé, pero mi chucha ya palpitaba.

La escena del vía crucis empezó. Jesús de Nazaret cargando la cruz, tropezando en las piedras, la sangre chorreando. El sonido de los clavos, los gemidos ahogados, me ponían la piel de gallina. Mi Jesús –el mío, el de carne y hueso– apretó mi nalga con fuerza, y yo solté un jadeo. ¿Qué nos pasa? me pregunté, pero no paré su mano. Al contrario, la guíe más arriba, hasta que rozó mi tanguita húmeda.

"Estás mojada como puta, Ana", me dijo con voz ronca, ese tono que me deshace. "La pasión te prende, ¿verdad?". Yo asentí, mordiéndome el labio, mientras en la tele el Nazareno caía de rodillas. Mi mano bajó a su piyama, sintiendo su verga dura como piedra, latiendo contra la tela. La apreté, y él gruñó bajito, como un animal en celo.

Apagué la tele con el mute, pero las imágenes seguían en mi cabeza: el cuerpo marcado, el sudor, el sacrificio por placer. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Nuestros besos eran fieros, lenguas enredadas con sabor a sal y deseo. Le quité la playera, oliendo su pecho varonil, ese aroma a jabón y macho que me volvía loca. Mis tetas rozaban su piel, pezones duros como balas.

Acto primero: el despertar. Así empezó todo, con la pantalla testigo muda de nuestra propia pasión. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis chichis. Las mamó con hambre, chupando los pezones hasta que gemí fuerte, arqueando la espalda. "¡Ay, Jesús, no pares, cabrón!", le supliqué, clavando las uñas en su espalda. Él reía entre lamidas, "Soy tu Jesús de Nazaret, nena, y esta es la pasión de Cristo en tu panocha".

El calor del depa nos envolvía como una manta pesada, sudor perlando nuestras frentes. Bajé su piyama, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de precum. La tomé en la boca, saboreando su gusto salado, esa esencia pura de hombre. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome despacio, gimiendo "¡Qué rica chupas, puta mía!". Lamí desde la base hasta la punta, sintiendo cómo palpitaba en mi lengua, el olor almizclado subiéndome por la nariz.

Pero no quería acabar así. Lo empujé de nuevo, quitándome la short y la tanga de un jalón. Mi concha depiladita brillaba de jugos, hinchada de ganas. Me senté en su cara, y su lengua invadió mi clítoris como un rayo. ¡Madre santísima! Las chupadas eran divinas, succionando mis labios, metiendo la lengua adentro como si quisiera beberme entera. Yo me mecía, restregándome contra su boca barbuda, el roce raspándome delicioso. "¡Más, pendejo, hazme venir!", gritaba, mientras el orgasmo me sacudía como un terremoto, jugos chorreando por su barbilla.

Él se lamió los labios, sonriendo como el diablo. "Ahora te voy a follar como Cristo en la cruz", prometió. Me volteó boca abajo en el sofá, abriéndome las nalgas. Sentí la punta de su verga en mi entrada, resbalosa y lista. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué estirón tan rico! El dolor placer mezclado, como la pasión en la peli.

Acto segundo: la escalada. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida sacándome gemidos guturales. El sonido de piel contra piel, chapoteando mis jugos, llenaba el aire. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, olor a sexo crudo y jazmín. "¡Más duro, Jesús, rómpeme!", le rogaba, empujando mi culo contra él. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, manos apretando mis caderas morenas.

En mi mente, flashes de Jesús de Nazaret la pasión de Cristo: el cuerpo tenso, músculos contraídos, entrega total. Mi Jesús era igual, gruñendo como poseído, verga hinchándose más dentro de mí. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, sintiendo cada vena rozando mis paredes. "¡Estás apretadísima, nena, me vas a ordeñar!", jadeaba él, ojos en blanco de puro gozo.

El clímax se acercaba, tensión en el vientre como un resorte. Lo volteé de nuevo, misionero, piernas en sus hombros. Me penetraba profundo, besándome feroz, lenguas batallando. "Te amo, Ana, eres mi Virgen María cachonda", murmuró. Yo reí entre gemidos, "Y tú mi Cristo con verga bendita". El ritmo frenético, camas –sofá– crujiendo, mis uñas arañando su espalda hasta dejar marcas rojas, como los latigazos.

De repente, explotó todo. Su verga latió, chorros calientes inundándome, gritando mi nombre. Yo lo seguí, concha contrayéndose en espasmos, olas de placer cegándome. "¡Sí, cabrón, lléname!", aullé, mordiendo su hombro, gusto a sal en la boca.

Acto tercero: el éxtasis y la calma. Nos quedamos pegados, jadeando, su semen goteando de mi concha al sofá. El ventilador secaba nuestro sudor, el jazmín ahora mezclado con olor a corrida y panocha follada. Lo abracé, sintiendo su corazón galopando contra el mío.

"¿Ves? La pasión de Cristo no es solo sufrir", dijo él, besándome la frente. "Es esto, entregarse al otro".

Yo sonreí, trazando sus marcas con el dedo. Jesús de Nazaret la pasión de Cristo había sido el detonante perfecto para nuestra noche de fuego. Nos levantamos despacio, ducha juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, besos suaves bajo el agua. En la cama, envueltos en sábanas frescas, me acurruqué en su pecho. El deseo satisfecho, pero sabiendo que volvería. Porque con él, cada noche es una pasión eterna, carnal y divina.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.