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Pasión de Juana de Arco

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Pasión de Juana de Arco

En las tierras fértiles de Guadalajara, donde el tequila fluye como río de fuego y el aire huele a tierra mojada después de la lluvia, Juana caminaba por las calles empedradas del centro. Era una mujer de veintiocho años, de curvas generosas que el sol mexicano besaba con generosidad, cabello negro como la noche de obsidiana y ojos que ardían con un secreto inconfesable. Desde niña, había sentido esa pasión, un fuego interno que la consumía como las llamas que devoraron a la santa Juana de Arco. Pero no eran voces divinas las que la llamaban, sino un deseo carnal, un anhelo de ser tocada, poseída, liberada.

Juana trabajaba en una galería de arte, rodeada de pinturas que capturaban la esencia mexicana: mujeres con rebozos rojos, hombres de sombrero charro en posturas heroicas. Ese día, mientras acomodaba un lienzo titulado Pasión de Juana de Arco, una obra erótica inspirada en la mártir pero con toques profanos —la santa con el cuerpo desnudo, llamas lamiendo sus senos en éxtasis—, entró él. Mateo, alto, moreno, con manos callosas de quien doma caballos en las afueras de la ciudad y una sonrisa que prometía pecados deliciosos.

Órale, este wey me trae loca de un vistazo —pensó Juana, sintiendo un cosquilleo entre las piernas—. Neta, parece salido de mis sueños húmedos.

Qué chido cuadro, carnala —dijo Mateo, acercándose tanto que Juana olió su colonia mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que eriza la piel—. La pasión de Juana de Arco... ¿tú crees que la santa sentía esto?

Juana se mordió el labio, el pulso acelerado como tambores de mariachi. —Yo creo que sí, wey. Todos tenemos nuestro fuego adentro. Sus palabras salieron roncas, cargadas de invitación. Él rio, una risa grave que vibró en el pecho de ella, y así nació la chispa.

Al atardecer, lo invitó a un mezcal en la plaza. Sentados en una banca de hierro forjado, con el sol tiñendo el cielo de naranja y rosa, hablaron de todo: de las fiestas en los pueblos, de cómo el tequila quema la garganta pero aviva el alma. Mateo le contó de sus viajes por el Bajío, de noches bajo las estrellas donde el deseo se enciende solo. Juana sintió sus rodillas rozarse, un toque casual que envió descargas eléctricas por su espina dorsal. El aire olía a elotes asados y flores de cempasúchil, pero para ella, todo se reducía al calor de su muslo contra el suyo.

Si no lo beso ahora, me voy a volver loca —se dijo, el corazón latiéndole en el bajo vientre—. Este pendejo me está volviendo húmeda sin siquiera intentarlo.

La noche cayó como manto de terciopelo, y terminaron en el departamento de Juana, un rincón luminoso con vistas a los luces de la ciudad, lleno de velas y arte erótico. No hubo prisas. Mateo la miró con ojos hambrientos mientras ella servía más mezcal, el líquido ámbar goteando en sus labios. —Juana, desde que vi ese cuadro, supe que tú eras la pasión encarnada —murmuró, su voz un ronroneo que la hizo temblar.

Se besaron por primera vez en la cocina, un beso lento, exploratorio. Sus labios sabían a humo de leña y dulzor de agave, lenguas danzando como serpientes en celo. Las manos de Mateo subieron por su espalda, desatando el vestido floreado que cayó al suelo con un susurro de tela. Juana jadeó al sentir el aire fresco en sus pechos desnudos, los pezones endureciéndose como piedras preciosas bajo su mirada. Él los rozó con los pulgares, círculos suaves que la hicieron arquearse, un gemido escapando de su garganta: ¡Ay, cabrón, qué rico!

La llevó al sillón, tumbándola con gentileza. Sus besos bajaron por el cuello, mordisqueando la clavícula, lamiendo el valle entre sus senos. Juana olía su propio aroma de excitación, almizclado y dulce, mezclado con el de él, puro macho sudado. Sus dedos grandes se colaron entre sus muslos, encontrándola empapada. — —susurró, y ella rio entre jadeos, abriendo las piernas como ofrenda.

Pero no era solo carne. En su mente, Juana luchaba con el fuego interno.

Esto es mi visión, mi batalla —pensaba, mientras él chupaba un pezón, enviando ondas de placer al clítoris—. No soy santa, soy mujer, y esta pasión de Juana de Arco me pertenece.
Mateo se arrodilló, besando su vientre suave, la curva de sus caderas anchas, hasta llegar al centro de su ser. Su lengua la exploró con maestría, lamiendo pliegues hinchados, succionando el botón sensible que la hacía retorcerse. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, sus gemidos ahogados, el slap de su boca contra su carne. Juana enredó los dedos en su cabello negro, tirando fuerte: ¡Más, wey, no pares, neta que vas a hacer que me corra!

El clímax la golpeó como tormenta en el desierto, un estallido de luz detrás de los párpados, el cuerpo convulsionando, jugos brotando en su lengua. Mateo la bebió toda, gruñendo de placer. Luego, ella lo empujó al sillón, queriendo devolverle el favor. Desabrochó sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La olió primero —salado, animal— antes de lamerla desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada de presemen. Él siseó: ¡Puta madre, qué chida boca tienes! Juana lo engulló, garganta profunda, sintiendo cómo latía contra su paladar, sus bolas pesadas en la mano.

La tensión crecía, un volcán a punto de erupción. Se pusieron de pie, tambaleantes de deseo, y él la penetró contra la pared, sus embestidas profundas, rítmicas. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus gruñidos: ¡Sí, métemela toda, carnal! ¡Eres un animal! Juana clavó las uñas en su espalda, sintiendo cada vena de su polla rozando sus paredes internas, el roce en su punto G que la volvía loca. Sudaban juntos, el olor a sexo impregnando el aire, pieles resbaladizas uniéndose en frenesí.

Esto es lo que necesitaba, esta liberación —reflexionaba Juana en medio del éxtasis, piernas enredadas en su cintura—. Mi pasión de Juana de Arco, no quemada en hoguera, sino encendida en brazos de un hombre de verdad.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo en el piso alfombrado, tetas rebotando con cada bajada. Mateo las amasaba, pellizcando pezones, mientras ella giraba las caderas, moliendo su clítoris contra su pubis. El orgasmo compartido llegó como avalancha: él se hinchó dentro, eyaculando chorros calientes que la llenaron, desbordándola, mientras ella gritaba, el placer rasgando su alma en mil pedazos luminosos.

Se derrumbaron exhaustos, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos. El aire olía a ellos, a victoria carnal. Mateo la besó la frente, suave: Mi Juana, qué chingonería fuiste. Ella sonrió, el fuego apaciguado por ahora, pero sabiendo que renacería. En la quietud, con su cabeza en el pecho de él, oyendo el latido calmado de su corazón, Juana encontró paz. No era mártir, era diosa de su propio deseo, y esta noche, la pasión de Juana de Arco había encontrado su hogar en la carne viva.

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