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La Pasión Según Berenice Reparto Íntimo

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La Pasión Según Berenice Reparto Íntimo

Berenice caminaba por el set de grabación en Polanco, con el corazón latiéndole fuerte bajo el vestido ceñido que resaltaba sus curvas. El aire olía a café recién molido y a las luces calientes que iluminaban cada rincón del estudio. Era la protagonista de La Pasión Según Berenice, una telenovela que prometía ser el hit del año, y el reparto era de lujo: actores guapos, carismáticos, todos adultos con experiencia en el medio. Pero hoy, sus ojos no se despegaban de Rodrigo, el galán que interpretaba a su amante en la trama. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que hacía que sus rodillas flaquearan.

¿Por qué carajos me pongo así con este wey? pensó Berenice mientras se acomodaba en el sofá del camerino. Recordaba la escena de ayer: un beso ensayado que se había prolongado demasiado, sus labios rozándose con una electricidad que no era solo actuación. El olor de su colonia, mezcla de madera y cítricos, aún le rondaba la nariz. Quería más, pero el director andaba de pendejo exigiendo profesionalismo.

Rodrigo entró sin tocar, cerrando la puerta con un clic suave. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando piel bronceada. —Neta, Berenice, esa escena de hoy va a estar cabrona. ¿Ensayamos? Su voz grave vibró en el aire confinado, y ella sintió un cosquilleo en la piel de los brazos.

Se levantaron, marcando los pasos. Sus cuerpos se acercaron, pechos rozándose levemente. El sudor de la tensión perló su frente, y Berenice inhaló su aroma masculino, que se mezclaba con el perfume floral que ella usaba. Esto no es ensayo, es pura pasión, se dijo, mientras sus manos subían por su espalda, memorizando cada músculo.

El roce se volvió intencional. Rodrigo la miró a los ojos, oscuros y llenos de deseo. —Berenice, no aguanto más. Desde el primer día en el reparto, te quiero así, de verdad. Ella no respondió con palabras; en cambio, lo jaló hacia sí, besándolo con hambre. Sus lenguas danzaron, saboreando el dulzor de su saliva y el leve sabor a menta de su chicle.

Acto uno: la chispa. Así lo sentía Berenice. Sus dedos temblorosos desabotonaron su camisa, sintiendo la calidez de su pecho bajo las yemas. Él gimió bajito, un sonido ronco que le erizó la piel. El camerino se llenó de jadeos suaves, el zumbido del aire acondicionado como fondo a su acelerado pulso.

La levantó en brazos, depositándola en el sofá. Sus manos expertas subieron por sus muslos, arrugando la falda hasta la cintura. Berenice arqueó la espalda, sintiendo el roce áspero de su barba en el cuello. Qué rico, wey, no pares, pensó, mientras él besaba su clavícula, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al instante.

Pero se detuvieron, jadeantes. —No aquí, no con el equipo afuera, murmuró ella, riendo nerviosa. Rodrigo asintió, ojos brillantes. —Vamos a mi depa, está cerca. Solo nosotros, como en la novela.

Salieron disfrazados con gorras y lentes oscuros, riendo como chiquillos. El tráfico de la Ciudad de México rugía a su alrededor, cláxones y vendedores ambulantes gritando, pero dentro del Uber, sus manos entrelazadas ardían.

En el departamento de Rodrigo, en la Roma, el ambiente cambió. Luces tenues, velas que él prendió rápido, oliendo a vainilla y jazmín. Música de fondo, un bolero suave que invitaba a lo lento. Acto dos: la escalada. Berenice se quitó el vestido despacio, revelando lencería negra que abrazaba sus senos plenos y caderas anchas. Él se acercó, desnudo ya, su verga erecta palpitando visiblemente.

Es perfecto, neta. Quiero devorarlo entero.
Sus labios capturaron un pezón, chupando con succión suave, lengua girando. Berenice moaned, un sonido gutural que escapó de su garganta. El placer se extendió como fuego líquido por su vientre, humedeciendo su panocha. Sus uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas que él recibía con gruñidos de aprobación.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra su piel febril. Rodrigo bajó besos por su ombligo, inhalando el aroma almizclado de su excitación. —Estás riquísima, mamacita, susurró antes de separar sus piernas. Su lengua encontró el clítoris, lamiendo con círculos precisos, saboreando sus jugos salados y dulces. Berenice se retorcía, caderas elevándose, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación.

Pero no era solo físico. En su mente, Berenice revivía el reparto de La Pasión Según Berenice: las miradas robadas en lecturas de guión, las risas compartidas en catering. Esto es real, no ficción. Con él, me siento viva, poderosa. Lo jaló arriba, montándolo. Su verga gruesa la llenó de golpe, estirándola deliciosamente. Empezó a cabalgar, pechos rebotando, sudor perlando sus cuerpos. El slap-slap de piel contra piel, sus gemidos sincronizados: ¡Ay, cabrón! ¡Más duro!

Él la volteó, embistiéndola desde atrás, manos en sus caderas. El espejo de la pared reflejaba su unión: ella con cabello revuelto, labios hinchados; él con músculos tensos, ojos fijos en los suyos. Olía a sexo puro, a sudor y fluidos mezclados. La tensión crecía, ovillos en su bajo vientre a punto de estallar.

Inner struggle: ¿y si el reparto se entera? ¿Y si arruina la novela? Pero el placer lo ahogaba todo. Rodrigo aceleró, su aliento caliente en su oreja: —Vente conmigo, Berenice. Déjate ir. Ella gritó, orgasmos explotando en olas: contracciones pulsantes alrededor de él, visión borrosa, gusto metálico en la boca.

Él se derramó dentro, caliente y abundante, colapsando sobre ella. Acto tres: el afterglow. Yacían enredados, respiraciones calmándose. El cuarto olía a ellos, íntimo y embriagador. Rodrigo trazaba círculos en su espalda, besos suaves en la sien.

—Esto fue mejor que cualquier escena de La Pasión Según Berenice, dijo él, riendo bajito. Berenice sonrió, sintiendo una paz profunda. No es solo sexo, es conexión. Con el reparto, todo puede ser así de intenso, pero esto es nuestro secreto.

Se ducharon juntos, agua caliente cascando sobre pieles sensibles, jabón espumoso deslizándose. Rieron de tonterías, planeando el próximo ensayo con picardía. Al vestirse, ella lo miró: —No pares, Rodrigo. Quiero más de esta pasión.

De regreso al set, el sol de la tarde teñía el cielo de naranja. Berenice caminaba con paso seguro, el cuerpo aún zumbando de placer residual. El reparto los recibió con chismes y cafés, ajenos a su secreto. Pero en cada mirada compartida con Rodrigo, ardía la promesa de más noches así: consensual, ardiente, empoderadora.

En su camerino, sola un momento, Berenice se miró al espejo. Mejillas sonrosadas, ojos brillantes.

La pasión según Berenice no es solo la novela. Es esto: yo, tomando lo que quiero, con quien quiero.
Sonrió, lista para la siguiente toma. La vida, como el reparto, era un escenario perfecto para el deseo.

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