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El Color de la Pasión Capítulo 10

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El Color de la Pasión Capítulo 10

Valeria se recargó en el balcón de su amplio departamento en Zapopan, con la brisa nocturna de Guadalajara acariciando su piel morena como un amante impaciente. El sol se había puesto hacía rato, dejando el cielo teñido de un rojo intenso, el color de la pasión, pensó ella, mientras sorbía un sorbo de su tequila reposado. Llevaba un vestido negro ceñido que marcaba sus curvas generosas, los pechos firmes presionando contra la tela fina, y el aroma de su perfume de jazmín flotando en el aire cálido. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal de toda la vida, el wey que la hacía temblar con solo una mirada.

El timbre sonó, y su corazón dio un brinco. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que ella tanto amaba recorrer con las yemas de los dedos. ¡Órale, qué chulo estás! exclamó Valeria, tirándose a sus brazos. Sus cuerpos chocaron con un calor inmediato, el olor a su colonia masculina mezclándose con el sudor ligero de la noche.

—Neta, mami, te extrañé un chorro —murmuró Marco contra su cuello, inhalando su esencia como si fuera oxígeno puro. Sus labios rozaron la piel sensible, enviando chispas por su espina dorsal. Valeria sintió su verga endureciéndose contra su vientre, y un jadeo se le escapó.

Esto es lo que necesitaba, su cuerpo fuerte contra el mío, su aliento caliente prometiendo lo que viene.

La llevó adentro, cerrando la puerta de un golpe. Sus bocas se encontraron en un beso voraz, lenguas danzando con urgencia, saboreando el tequila en la suya y el dulce de sus labios. Las manos de Marco bajaron por su espalda, apretando sus nalgas redondas bajo el vestido, mientras ella enredaba los dedos en su cabello negro y revuelto.

Se separaron un segundo, jadeantes, mirándose a los ojos. —Vamos a la recámara, cabrón —dijo ella con voz ronca, jalándolo por la camisa. El pasillo parecía eterno, con el eco de sus pasos y el latido acelerado de sus pulsos resonando en el silencio. Al entrar, la luz tenue de las velas que ella había encendido pintaba sombras sensuales en las paredes blancas, el aroma a vainilla envolviéndolos como una caricia.

Marco la empujó suavemente contra la cama king size, sus rodillas hundiéndose en el colchón mullido. Le subió el vestido hasta las caderas, revelando las bragas de encaje negro empapadas. —Mira nomás cómo estás de mojada por mí, Valeria —gruñó él, su voz grave vibrando en el aire. Ella arqueó la espalda, sintiendo el roce áspero de sus callos en la piel suave de sus muslos. El sonido de la tela rasgándose ligeramente la hizo gemir, y el fresco de la noche contrastó con el fuego entre sus piernas.

Le quitó las bragas con dientes, besando el interior de sus muslos, lamiendo despacio hasta llegar a su centro palpitante. El sabor salado de su excitación lo enloqueció; su lengua exploró cada pliegue, chupando el clítoris hinchado con maestría. Valeria se aferró a las sábanas de satén, el crujido del tejido bajo sus uñas, mientras oleadas de placer la recorrían. ¡Ay, wey, no pares! ¡Qué rico! gritó, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca hambrienta. El olor almizclado de su arousal llenaba la habitación, mezclado con el sudor que perlaba sus cuerpos.

Es como si me estuviera comiendo viva, su lengua sabe exactamente dónde tocar, me tiene al borde ya.

Pero Marco se detuvo, subiendo para besarla de nuevo, dejándola probarse en su boca. —Todavía no, mi reina. Quiero que me sientas todo —dijo, quitándose la camisa con un movimiento fluido. Sus músculos abdominales se contrajeron bajo la luz danzante, el tatuaje de un águila en su pectoral brillando con sudor. Valeria lo jaló hacia abajo, lamiendo su pecho, mordisqueando los pezones duros, bajando hasta desabrocharle el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La envolvió con la mano, sintiendo el calor y la dureza, el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada.

—Chúpamela, mami —suplicó él, y ella obedeció con gusto, tragándosela hasta la garganta. El sabor salobre de su pre-semen la excitó más, el sonido húmedo de succión llenando el cuarto junto con sus gemidos roncos. Marco se arqueó, sus manos en su cabeza guiándola, pero sin forzar, solo disfrutando. —¡Simón, así! Eres la mejor, Valeria.

La tensión crecía como una tormenta, sus cuerpos sudados resbalando uno contra el otro. Él la volteó boca abajo, besando su espalda desde las hombros hasta las nalgas, masajeándolas con fuerza. El tacto de sus dedos fuertes aliviaba y encendía a la vez. Luego, se posicionó detrás, frotando la punta de su verga contra su entrada húmeda. —Dime que la quieres, amor —jadeó.

—¡Sí, chíngame ya, Marco! ¡No aguanto más! —rogó ella, empujando hacia atrás.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El sonido de carne contra carne empezó suave, luego se aceleró, el slap-slap resonando como un tambor primitivo. Valeria sentía cada embestida profunda, su verga golpeando ese punto perfecto dentro de ella, enviando descargas eléctricas por todo su ser. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, sus pechos rebotando con cada thrust, el roce de las sábanas contra sus pezones endurecidos.

Marco la giró para mirarla a los ojos, penetrándola misionero, sus cuerpos fundidos en sudor. —Eres mía, Valeria, el color de la pasión en mi vida —susurró, besando su cuello mientras aceleraba. Ella clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, gimiendo alto, el placer acumulándose como una ola gigante.

¡Dios, esto es capítulo 10 de nuestra historia, donde todo explota en llamas incontrolables! Su mirada me quema, su verga me llena por completo.

Los movimientos se volvieron frenéticos, sus respiraciones entrecortadas mezclándose. Valeria sintió el orgasmo acercarse, un nudo apretándose en su vientre. —¡Me vengo, cabrón! ¡Ay! —gritó, su concha contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. El placer la cegó, estrellas explotando detrás de sus párpados, el sabor metálico en su boca de tanto morderse el labio.

Marco la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes. Su cuerpo se tensó, luego colapsó sobre ella, sus corazones galopando al unísono. Permanecieron así, unidos, el sudor enfriándose en su piel, el aroma residual de sus fluidos envolviéndolos en una nube íntima.

Después, se deslizaron a un lado, él aún dentro de ella, acariciándose perezosamente. Valeria trazó círculos en su pecho con el dedo, sintiendo la paz post-orgásmica como un bálsamo. —Neta, Marco, cada vez es mejor. Esto es el color de la pasión capítulo 10, ¿no? Donde el fuego no se apaga.

Él rio bajito, besando su frente. —Simón, mi amor. Y hay más capítulos por venir. Tú y yo, contra el mundo.

Se acurrucaron bajo las sábanas suaves, el sonido distante de la ciudad filtrándose por la ventana entreabierta. Valeria cerró los ojos, satisfecha, el cuerpo lánguido y el alma plena. En ese momento, nada más importaba: solo ellos, su pasión eterna, pintada en rojos intensos y calientes como el tequila que aún sabía en su lengua.

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