Relatos
Inicio Erotismo La Pasión del Señor (1) La Pasión del Señor (1)

La Pasión del Señor (1)

7347 palabras

La Pasión del Señor

En las calles empedradas de San Miguel de Allende, donde el sol besa las fachadas coloridas y el aroma a mole y jazmines flota en el aire, María caminaba con el corazón latiéndole fuerte. Era una tarde de fiesta patronal, con mariachis tocando rancheras que retumbaban en su pecho como un tambor. Llevaba un huipil bordado que realzaba sus curvas generosas, y su piel morena brillaba bajo el sol poniente. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y esa noche buscaba algo más que un trago de tequila.

Ahí lo vio por primera vez: el Señor Javier, un hombre de unos cuarenta, alto, con ojos negros profundos como pozos de obsidiana y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Era dueño de una hacienda cercana, conocido en el pueblo como el señor, no por arrogancia, sino por esa aura de autoridad natural que hacía que las mujeres se mordieran los labios. Vestía una guayabera blanca impecable, pantalón de lino y botas de charro pulidas. Cuando sus miradas se cruzaron en la plaza, María sintió un cosquilleo en el vientre, como si el aire se hubiera cargado de electricidad.

Órale, qué bonita luces con ese vestido, mamacita —le dijo él, acercándose con un vaso de tequila en la mano. Su voz era grave, ronca, como el eco de un trueno lejano.

María rio, sintiendo el calor subirle por las mejillas.

¿Qué me pasa con este wey? Neta, parece que me lee el alma con esos ojos
, pensó, mientras aceptaba el trago. El líquido quemaba su garganta, dulce y ahumado, despertando sensaciones dormidas.

Hablaron de todo: del mole poblano que se comía en la kermés, de las fiestas que duraban hasta el amanecer, de cómo la vida en México siempre tenía ese sabor picante. Javier la invitó a bailar un son, y cuando su mano grande y cálida tomó la de ella, María sintió la aspereza de su palma contra su piel suave. El sudor de la pista de baile los unía, sus cuerpos rozándose al ritmo de las trompetas. Olía a él: colonia fresca mezclada con hombre, tierra y deseo contenido.

La noche avanzaba, y la tensión crecía como una tormenta. Javier la llevó a un rincón apartado del jardín de la plaza, bajo un sauce llorón cuyas ramas susurraban con la brisa. La pasión del señor empezaba a manifestarse en sus toques sutiles: un dedo rozando su cintura, el aliento caliente en su oreja mientras le susurraba: —Ven conmigo a la hacienda, María. Quiero mostrarte mis jardines privados.

Ella asintió, el pulso acelerado.

Esto es loco, pero qué chido se siente. Quiero más de esa mirada que me deshace
.

Acto dos: la escalada

La hacienda era un paraíso: muros de adobe blanco, patios con fuentes borboteantes y un jardín de bugambilias rojas que chorreaban como sangre viva. Javier la guió por senderos iluminados por antorchas, el aire cargado de nochebuena y tierra húmeda después de una llovizna. Entraron a su habitación, una suite amplia con cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio, velas parpadeando y un balcón abierto al cielo estrellado.

Se sentaron en la cama, compartiendo una botella de mezcal ahumado. Javier le contó de su vida: viudo hace años, enfocado en su rancho de agaves, pero solo en las noches. María abrió su corazón: maestra de baile en el pueblo, anhelando pasión verdadera, no los ligues rápidos de los fines de semana. Sus rodillas se tocaban, y el roce enviaba chispas por su espina dorsal.

Eres fuego puro, María. Me tienes loco desde que te vi —murmuró él, inclinándose. Sus labios rozaron los de ella, suaves al principio, probando como un tequila añejo. María respondió con hambre, sus lenguas danzando, saboreando el mezcal y el salado de sus pieles. Manos explorando: las de él subiendo por sus muslos bajo el huipil, fuertes pero gentiles, arrancándole gemidos ahogados.

Se desvistieron despacio, saboreando cada revelación. La piel de Javier era bronceada, musculosa por el trabajo en el rancho, con vello oscuro que María recorrió con las yemas de los dedos, sintiendo el calor irradiar. Él besó su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus pechos plenos. Qué ricas tetas, tan firmes y suaves, pensó él, succionando un pezón endurecido, haciendo que ella arqueara la espalda.

¡Ay, Dios! Su boca es puro paraíso. Siento que me derrito, que mi pasión del señor se enciende como fogata en noche de Día de Muertos
, internalizó María, mientras sus uñas se clavaban en sus hombros anchos.

La intensidad subía. Javier la recostó, besando su vientre tembloroso, inhalando su aroma almizclado de excitación. Sus dedos hábiles encontraron su centro húmedo, resbaladizo, y ella jadeó: —¡Sí, Javier, ahí, cabrón! No pares. Él sonrió, esa sonrisa lobuna, y la penetró con los dedos primero, lento, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. El sonido de sus cuerpos era obsceno y delicioso: chapoteos húmedos, respiraciones entrecortadas, el crujir de las sábanas.

María lo volteó, queriendo tomar control. Se montó sobre él, frotando su sexo contra su erección dura como palo de escoba. Neta, qué verga tan chingona, gruesa y venosa, pensó, guiándolo dentro de ella. El estiramiento fue exquisito, llenándola por completo. Cabalgó con ritmo de cumbia, sus caderas girando, pechos rebotando. Javier gruñía, manos amasando sus nalgas redondas: —¡Muévete así, reina! Me vas a matar de gusto.

El clímax se acercaba como avalancha. Cambiaron posiciones: él encima, embistiendo profundo, piel contra piel sudorosa, el slap-slap de sus cuerpos resonando. María clavó las uñas en su espalda, oliendo su sudor masculino mezclado con el jazmín del jardín.

Esto es la pasión del señor, pura y ardiente, me consume entera
.

Acto tres: el éxtasis y el eco

El orgasmo los golpeó como relámpago. María se convulsionó primero, paredes internas apretando su miembro, un grito gutural escapando: —¡Me vengo, Javier! ¡Ay, qué rico!. Oleadas de placer la barrieron, visión nublada, gusto a sal en la boca. Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes, cuerpo temblando sobre el de ella.

Se derrumbaron, entrelazados, respiraciones sincronizándose. El aire olía a sexo crudo, semen y esencia femenina. Javier besó su frente, suave: —Eres increíble, María. Quédate esta noche, y las que quieras.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

Jamás imaginé que la pasión del señor sería tan real, tan mía. No es solo carne, es alma conectada
. Durmieron abrazados, con el canto de grillos y el viento nocturno como arrullo.

Al amanecer, el sol tiñó sus cuerpos dorados. Desayunaron en el patio: chilaquiles rojos humeantes, café de olla y frutas frescas. Hablaron de futuro: visitas al rancho, bailes eternos. María se fue caminando, piernas flojas pero corazón pleno, sabiendo que había encontrado su fuego.

En San Miguel, las fiestas siguen, pero para ella, la verdadera celebración era esa pasión del señor que ahora ardía en su interior, lista para más noches de éxtasis.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.