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La Pasión de Jesús Según San Juan

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La Pasión de Jesús Según San Juan

La noche de Jueves Santo caía pesada sobre la antigua hacienda en las afueras de Guanajuato. El aire olía a jazmín fresco y a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, y las velas parpadeaban en el altar improvisado del patio central. Jesús, con su piel morena curtida por el sol de los campos, se recargaba en la mecedora de madera tallada, hojeando un viejo libro de oraciones. Tenía treinta y dos años, cuerpo atlético de quien doma caballos y siembra maíz, pero en su pecho latía un fuego que la iglesia nunca había sabido apagar. Neta, wey, ¿por qué carajos esta pasión de Jesús según San Juan siempre me revuelve las tripas?, pensó, mientras sus dedos rozaban las páginas amarillentas.

Juan llegó como un suspiro caliente, su silueta recortada contra la luz de la luna. San Juan para los amigos del pueblo, por su devoción fanática a las procesiones, pero para Jesús era solo Juan: alto, delgado, con ojos negros que prometían pecados sin confesión. Venía de la ciudad, con una botella de mezcal bajo el brazo y esa sonrisa pícara que hacía que el corazón de Jesús galopara como potro salvaje. "Órale, carnal, ¿ya estás rezando solo? ¿O me extrañabas?", dijo Juan con voz ronca, dejando la botella en la mesa de piedra y sentándose a su lado. El olor de su colonia, mezclado con sudor fresco, invadió las fosas nasales de Jesús, despertando un hormigueo en su entrepierna.

Se sirvieron un trago. El mezcal quemaba la garganta como fuego bendito, y hablaron de la misa del día, de las vírgenes llorando y los nazarenos arrastrando cruces. Pero los ojos de Juan se clavaban en los labios de Jesús, en el movimiento de su pecho bajo la camisa blanca entreabierta. "Lee eso que tanto te gusta, la pasión de Jesús según San Juan", murmuró Juan, acercándose tanto que sus rodillas se rozaron. Un escalofrío subió por las piernas de Jesús.

¿Y si esta vez no paro? ¿Y si lo jalo y le digo que lo quiero desde chavos?
Tomó el libro, su voz grave recitando: "Pilato dijo: ¿Yo soy judío? La nación tuya y los pontífices te han entregado a mí..." Cada palabra salía cargada, como si el sufrimiento de aquel Jesús bíblico se transmutara en deseo carnal.

El patio se llenaba de sonidos: el crujir de las hojas secas bajo el viento, el lejano ladrido de un perro, el latido acelerado de sus corazones. Juan puso su mano en el muslo de Jesús, un toque casual que no lo era. "Sigue, wey, tu voz me pone...", susurró. Jesús sintió el calor de esa palma a través del pantalón de mezclilla, el pulgar trazando círculos lentos. Su verga se endureció al instante, presionando contra la tela. Chingado, esto es el paraíso prohibido. Continuó leyendo, pero su mente volaba: el beso de Judas como preludio a besos húmedos, la flagelación como caricias ardientes.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Juan se inclinó, su aliento cálido en el cuello de Jesús. "Esa pasión... neta que me prende fuego, carnal. Como si fueras tú el que carga la cruz, y yo el que te la quita". Sus labios rozaron la oreja, enviando ondas de placer por la espina dorsal. Jesús dejó caer el libro. Sus manos temblorosas desabotonaron la camisa de Juan, revelando un torso liso, pectorales firmes con vello oscuro que bajaba en flecha hacia el ombligo. Olía a hombre puro: sal, mezcal, deseo. Se besaron con hambre de lobos, lenguas enredándose, sabores de gusano y humo de tabaco mezclados en saliva caliente.

Acto seguido, Juan lo empujó suave contra la mecedora, arrodillándose entre sus piernas abiertas. "Déjame verte, Jesús", ronroneó, bajando el zipper con dientes. La verga de Jesús saltó libre, gruesa y venosa, goteando ya pre-semen cristalino. Juan la lamió desde la base, lengua plana y juguetona, hasta la cabeza hinchada. Jesús gimió, arqueando la espalda, el sonido gutural rebotando en las paredes de adobe. ¡Madre santísima, su boca es el cielo! El roce húmedo, el succionar rítmico, el cosquilleo en las bolas... todo lo volvía loco. Agarró el cabello negro de Juan, guiándolo más profundo, mientras el aire se llenaba del slap-slap de carne contra labios.

Pero querían más. Se levantaron tambaleantes, besos mordiendo cuellos y hombros, quitándose ropa a tirones. Desnudos bajo la luna, piel contra piel, Jesús sintió el pecho peludo de Juan frotando su torso, pezones endurecidos rozándose como chispas. Caminaron al interior, a la recámara con cama de roble y sábanas de algodón crudo. Juan lo tumbó boca arriba, untando aceite de oliva en sus manos –sacado de la cocina– y masajeando cada músculo. Dedos resbalosos bajaron por el abdomen, circundando el ano contraído de Jesús. "Relájate, mi San Juan te cuida", bromeó, y un dedo entró lento, abriéndose paso en calor apretado. Jesús jadeó, placer punzante irradiando desde adentro, mientras Juan lo chupaba de nuevo, sincronizando embestidas digitales con mamadas voraces.

La intensidad subía. Jesús volteó a Juan, devorando su verga larga y curvada, saboreando el gusto salado-musgoso, bolas pesadas en su palma.

Esto es nuestra pasión, no la del libro. Nuestra, carnal, chingona.
Se posicionaron en 69, mutuo festín de lenguas y dedos, gemidos ahogados en carne. Sudor perlando cuerpos, olor a sexo crudo impregnando la habitación, sábanas enredadas como sudarios.

Finalmente, el clímax. Juan se colocó encima, lubricado con más aceite, y Jesús guió esa polla palpitante a su entrada. "Entra, wey, hazme tuyo", gruñó. La penetración fue lenta, ardiente: cabeza abriéndose paso, venas rozando paredes sensibles, hasta llenarlo por completo. Se movieron en ritmo antiguo, caderas chocando con palmadas húmedas, Jesús clavando uñas en glúteos firmes. "¡Más duro, cabrón!", pedía Juan, y Jesús lo montaba ahora, rebotando, verga meneándose contra abdomen ajeno. El placer acumulaba como ola: contracciones en próstata, pulsos en venas, testículos apretados.

Explotaron juntos. Jesús primero, semen caliente salpicando pecho de Juan en chorros espesos, grito ronco rasgando la noche. Juan lo siguió, inundando interior con leche ardiente, cuerpo convulsionando. Colapsaron enredados, respiraciones jadeantes calmándose, pieles pegajosas enfriándose al viento que entraba por la ventana.

En el afterglow, Juan trazaba círculos en el pecho de Jesús. "Nuestra pasión de Jesús según San Juan, ¿no? Mejor que cualquier sermón". Jesús rio bajito, besando su frente. Esto es fe de verdad, la que quema y sana. Afuera, la hacienda dormía en paz, jazmines testigos mudos de su unión. Mañana volverían a la procesión, pero esta noche, eran santos en su propio evangelio de carne y alma.

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