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Alfonsina Abismo de Pasion

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Alfonsina Abismo de Pasion

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo contra la playa como un susurro constante que invitaba a perderse. Marco caminaba por la malecón, con el calor pegajoso de la brisa tropical rozando su piel morena, cuando la vio. Alfonsina. Estaba recargada en la barandilla, su silueta curvilínea recortada contra las luces neón de los bares. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus caderas anchas y sus pechos generosos, como si el tela misma estuviera enamorado de ella. Su cabello negro caía en ondas hasta la cintura, y cuando volteó, sus ojos oscuros lo atraparon como un imán.

Órale, carnal, esta morra es puro fuego, pensó Marco, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a su entrepierna. Se acercó con esa confianza de chilango que se muda a la costa para olvidar el estrés de la ciudad. “¿Qué onda, reina? ¿Sola en esta locura de luces?” le dijo, con una sonrisa pícara.

Ella lo miró de arriba abajo, midiendo su torso atlético bajo la camisa guayabera entreabierta. “Neta, güey, necesitaba aire. ¿Y tú? ¿Buscando aventuras o nomás paseando?” Su voz era ronca, como miel quemada, con ese acento tapatío que hacía que cada palabra sonara a promesa.

Charlaron de la vida, de cómo ella era chef en un restaurante de mariscos, de sus sueños de viajar por la Riviera Maya. El tequila fluía en shots helados que sabían a limón y picante, y pronto sus manos rozaban al pasar los vasos. El roce de sus dedos era eléctrico, suave como seda húmeda. Marco inhaló su perfume, una mezcla de vainilla y coco que lo mareaba más que el alcohol. Alfonsina, abismo de pasión, se le escapó en la mente, como si ya supiera que ella lo arrastraría a lo profundo.

La tensión crecía con cada risa compartida. Ella se inclinó, y su aliento cálido le rozó la oreja: “¿Sabes? Esta playa es perfecta para perderse. ¿Vienes conmigo?” Marco asintió, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. Caminaron descalzos por la arena tibia, las olas lamiendo sus pies como lenguas juguetona.

El medio del abismo

En su cabaña junto a la playa, el aire estaba cargado de humedad y deseo. Alfonsina encendió velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes de adobe. “Quítate la camisa, Marco. Quiero verte sudar”, murmuró, mientras se desabrochaba el vestido con lentitud tortuosa. La tela roja cayó al suelo como una cascada de sangre, revelando su cuerpo desnudo, piel canela brillante bajo la luz ámbar, pezones oscuros endurecidos por la brisa marina.

Marco se acercó, su corazón tronando como tambores huicholes. La besó con hambre contenida, sus labios suaves y salados probando a tequila y mar. Sus lenguas se enredaron en un baile húmedo, chupando, mordiendo suave.

Chingado, qué rico sabes, Alfonsina”, jadeó él contra su boca.
Ella rio bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho. Sus manos exploraron el torso de él, uñas arañando leve la piel, bajando hasta desabrochar su pantalón. Su verga saltó libre, dura como piedra, palpitando al aire caliente.

No puedo creer esto, neta es un sueño. Pero se siente tan real, su calor quemándome, pensó Marco mientras la recostaba en la cama de sábanas blancas revueltas. Sus pechos se mecían con cada respiración agitada, y él los devoró con la boca, lamiendo los pezones hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo: “¡Ay, cabrón, no pares! Muerde más fuerte”. El sabor de su piel era salado dulce, como mango maduro chupado bajo el sol.

Alfonsina lo volteó con fuerza juguetona, montándose a horcajadas. Sus caderas anchas se mecían sobre él, el calor de su coño rozando su polla sin penetrar aún. “Te voy a volver loco, pendejo guapo”, susurró, mientras bajaba la cabeza y lo tomaba en su boca. La succión era perfecta, lengua girando alrededor del glande, saliva tibia chorreando. Marco gruñó, manos enredadas en su cabello, el olor almizclado de su arousal llenando la habitación, mezclado con el jazmín de afuera.

La tensión subía como marea alta. Él la levantó, piernas de ella envolviéndolo, y la penetró de pie contra la pared. Entró despacio al principio, sintiendo las paredes calientes y húmedas apretándolo como un puño de terciopelo. “¡Sí, así, métemela toda!”, gritó ella, uñas clavadas en su espalda. Empujaba con ritmo creciente, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus cuerpos. El sonido de sus jadeos se mezclaba con las olas, un coro primitivo.

Internamente, Marco luchaba: Esto es demasiado intenso, como caer en un abismo sin fondo. Pero qué chido, no quiero salir nunca. Ella lo guiaba, empoderada, mordiendo su hombro mientras cabalgaba sus embestidas. Cambiaron posiciones, ella de rodillas en la cama, culo redondo alzado invitando. Él la tomó por detrás, manos en sus caderas, hundiéndose profundo. El slap-slap de carne era hipnótico, su clítoris frotándose contra sus dedos mientras la follaba.

La intensidad psicológica ardía: recuerdos de amores pasados pálidos ante esta pasión cruda. Alfonsina volteó, ojos en llamas: “Mírame, quiero verte gozar conmigo”. Se unieron en misionero, piernas entrelazadas, besos fieros. Su coño se contraía, ordeñándolo, y él sintió el orgasmo subir como volcán.

El clímax y el eco

El release llegó como tormenta. Alfonsina se tensó primero, un grito ronco escapando: “¡Me vengo, chingado, me vengo!” Su cuerpo convulsionó, jugos calientes empapando sus muslos. Marco la siguió, corriéndose dentro con un rugido gutural, chorros calientes llenándola mientras su verga palpitaba. Colapsaron juntos, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

En el afterglow, yacían abrazados, el ventilador zumbando suave sobre ellos. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el salitre de la playa. Alfonsina trazaba círculos en su pecho con un dedo: “Neta, güey, fuiste increíble. Como si hubieras leído mi alma”. Marco sonrió, besando su frente húmeda. Alfonsina, abismo de pasión. Caí y no me arrepiento. Esto es vida pura, sin máscaras.

Hablaron bajito de volver a verse, de escapadas a cenotes escondidos. El amanecer tiñó el cielo de rosa, olas susurrando promesas. Marco se fue con el cuerpo adolorido pero el alma plena, sabiendo que había tocado el fondo de algo eterno. Alfonsina se quedó en la puerta, desnuda y radiante, un faro en la costa.

Desde esa noche, cada brisa marina le recordaba su piel, cada shot de tequila su boca. Había encontrado su abismo, y lo abrazaba con gusto.

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