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El Productor de la Pasión de Cristo Desnuda Mi Alma

7114 palabras

El Productor de la Pasión de Cristo Desnuda Mi Alma

Estaba en esa fiesta en Polanco, rodeada de luces tenues y el olor a tequila reposado que flotaba en el aire como una promesa pecaminosa. La música ranchera moderna retumbaba suave, con ese ritmo que te hace mover las caderas sin querer. Yo, Daniela, periodista de espectáculos, había ido a cubrir el evento por un tip anónimo: el productor de la pasión de cristo estaría ahí, ese hombre legendario que había revuelto el mundo con su película controvertida. Decían que era un tipo intenso, con ojos que te atraviesan el alma, y neta, no me decepcionó.

Lo vi desde el otro lado de la sala, alto, con el cabello entrecano peinado hacia atrás y una camisa negra que se le pegaba al pecho como si quisiera revelar todos sus secretos. Hablaba con un grupo de productores, gesticulando con pasión, y su risa grave resonaba por encima del bullicio. Mi corazón dio un brinco. ¿Qué carajos me pasa? pensé, mientras me acercaba con mi copa de margarita en la mano, el hielo tintineando como mis nervios.

—Hola, soy Daniela, de Revista Caliente —le dije, extendiendo la mano con una sonrisa coqueta que no pude evitar—. He oído tanto de ti, el productor de la pasión de cristo. ¿Es cierto que rodaste escenas que el Vaticano no aprobaría?

Él tomó mi mano, su piel cálida y áspera contra la mía, y me miró fijo, como si ya supiera lo que yo no admitía. —Alejandro —se presentó, con esa voz ronca que olía a cigarros caros y noches largas—. Y sí, nena, la pasión no se filma con guantes de seda. ¿Quieres que te cuente los detalles... en privado?

Su aliento rozó mi oreja cuando se inclinó, y sentí un escalofrío que me bajó por la espalda hasta las piernas. El deseo inicial era como una chispa: su colonia amaderada mezclada con el sudor sutil de la noche, el roce accidental de su brazo contra mi cintura. Acepté su invitación a salir a la terraza, donde el viento fresco de la Ciudad de México nos envolvió, trayendo olores de jacarandas y asfalto caliente.

¿Estoy loca? Este wey es famoso, podría ser un pendejo arrogante. Pero sus ojos... ay, wey, sus ojos prometen fuego.

Allá afuera, charlamos de la película, de cómo había capturado el sufrimiento y el éxtasis en cada cuadro. Pero la plática viró rápido a lo personal. Me contó de sus noches en Jerusalén, rodando bajo la lluvia, sintiendo la arena en la piel como un castigo divino. Yo le hablé de mis sueños de escribir algo que doliera y excitara al mismo tiempo. Sus manos rozaban las mías al gesticular, y cada toque era electricidad pura, haciendo que mi piel se erizara.

La tensión crecía como una tormenta. Volvimos adentro, pero ya no había vuelta atrás. Me invitó a su suite en el hotel de al lado, y subí con él en el elevador, el silencio cargado, mi pulso latiendo en las sienes. Olía a su excitación contenida, a hombre que sabe lo que quiere.

En la habitación, las luces de la ciudad se colaban por las cortinas, pintando su rostro de sombras doradas. Se acercó despacio, su mano en mi nuca, y me besó. Madre santa, qué beso. Sus labios firmes, con sabor a whiskey y menta, devorándome la boca mientras su lengua exploraba, juguetona, dominante pero tierna. Gemí bajito, mis manos en su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa.

—Daniela, eres fuego puro —murmuró contra mi cuello, su aliento caliente haciendo que mi clítoris palpitara—. Quiero producir tu pasión esta noche.

Me quitó la blusa con dedos expertos, como si filmara una escena perfecta. Su boca bajó a mis pechos, lamiendo los pezones hasta que se pusieron duros como piedras, chupando con esa succión que me hacía arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que llenaba la habitación, mezclado con su sudor salado. Mis uñas se clavaron en su espalda, rasguñando suave mientras él me cargaba a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente.

Esto es mejor que cualquier guion. Neta, este productor de la pasión de cristo sabe dirigir el cuerpo como nadie.

Acto dos de nuestra película privada: la escalada. Me desvistió completo, besando cada centímetro de mi vientre, bajando hasta mis muslos. Sus dedos abrieron mis piernas, y sentí su aliento en mi sexo húmedo, palpitante. —Estás chorreando, mamacita —dijo con esa voz juguetona, y metió la lengua, lamiendo lento, saboreándome como si fuera el mejor tequila del mundo. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, el sonido de mi humedad contra su boca obsceno y delicioso. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, mientras chupaba mi clítoris con maestría. El placer subía en oleadas, mi mente nublada por el olor a sexo, el tacto de su barba raspándome las piernas internas.

Pero no era solo físico; había profundidad. En medio del foreplay, paramos un segundo, jadeantes. —Alejandro, ¿por qué yo? Eres el productor de la pasión de cristo, has visto de todo —le pregunté, vulnerable, mi mano en su mejilla áspera.

—Porque en ti veo la redención, el éxtasis verdadero. No dolor, sino placer puro —respondió, y me besó con ternura, sus ojos brillando. Ese momento emocional me derritió más que cualquier caricia. Lo volteé, quité su pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en la boca, saboreando su salado, chupando profundo mientras él gruñía, sus manos en mi cabello guiándome sin forzar. —¡Qué chido, Daniela! ¡Sigue así, carnala!

La intensidad subía: lo monté despacio al principio, sintiendo cómo me llenaba, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El roce de su pubis contra mi clítoris, el slap slap de piel contra piel, sus manos amasando mis nalgas. Aceleramos, yo cabalgándolo como una diosa, sudando, oliendo nuestro sexo mezclado. Cambiamos posiciones: él atrás, embistiéndome fuerte, su pecho contra mi espalda, mordisqueándome el hombro mientras sus dedos frotaban mi clítoris. —¡Ven, wey, dame todo! —grité, y él obedeció, su verga hinchándose dentro de mí.

El clímax llegó como un terremoto. Sentí la ola rompiéndome, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer saliendo mientras gritaba su nombre. Él se corrió segundos después, caliente, profundo, gruñendo como un animal liberado, su semen llenándome hasta rebosar. Colapsamos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas, el aire cargado de nuestro aroma íntimo.

En el afterglow, yacimos enredados, su mano trazando círculos en mi vientre. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro solo paz. —Gracias por esta noche, productor de la pasión de cristo —susurré, besando su pecho salado.

—No fue una producción, Daniela. Fue real. Y quiero secuela —rió bajito, y supe que esto no acababa aquí. Me fui al amanecer con el cuerpo dolorido pero el alma plena, sabiendo que había vivido mi propia pasión, dirigida por el maestro.

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