Pasion y Poder Capitulo 124 La Noche de Dominio
En el corazón de Polanco, con las luces de la Ciudad de México titilando como estrellas caídas a mis pies, me encontraba en mi penthouse, rodeada de cristales y mármol que gritaban poder. Yo, Alejandra Vargas, la reina de los negocios inmobiliarios, acababa de cerrar un trato millonario que me ponía un paso más cerca de aplastar a mi eterno rival. O eso pensaba hasta que sonó el timbre. Sabía quién era antes de abrir. Diego Salazar, el cabrón más guapo y ambicioso que había conocido, con su sonrisa de tiburón y ojos que prometían tormentas.
Lo dejé entrar, vestida solo con una bata de seda negra que rozaba mi piel como una caricia prohibida. El aire olía a jazmín de mi jardín vertical y al tequila reposado que había servido en copas de cristal. Órale, pensé, este wey siempre llega en el momento justo para joderme la cabeza.
Esto es como Pasion y Poder Capitulo 124, donde la villana se rinde al héroe, pero en mi versión, yo soy las dos cosas.
—Alejandra, mi reina —dijo él con esa voz grave que me erizaba la piel, acercándose con pasos felinos. Su colonia, un aroma amaderado con toques de cuero, invadió el espacio, mezclándose con el calor que ya subía por mi cuerpo.
—Diego, pendejo, ¿qué haces aquí? Acabamos de pelear en la junta por ese terreno en Santa Fe —le respondí, cruzando los brazos para no mostrar lo mucho que lo deseaba. Pero mis pezones ya se marcaban bajo la seda, traicionándome.
Él se rio, un sonido ronco que vibró en mi pecho. Se acercó más, su mano grande rozando mi cintura. El tacto era eléctrico, como si su piel quemara la mía a través de la tela. —Vine a reclamar lo que es mío. Tú y yo sabemos que el poder verdadero no está en papeles, sino aquí —murmuró, presionando su palma contra mi vientre bajo.
Mi pulso se aceleró, el corazón latiendo como tambores en una fiesta de pueblo. Lo empujé contra la pared de vidrio, las luces de la ciudad reflejándose en sus ojos oscuros. Nuestros labios chocaron en un beso feroz, lenguas batallando por dominio. Sabía a tequila y a victoria, su barba incipiente raspando mi barbilla suave. Neta, este hombre me deshace, pensé mientras mis manos se colaban bajo su camisa, sintiendo los músculos duros de su abdomen, calientes y tensos.
Acto primero cerrado. La tensión era un nudo en mi estómago, un fuego lento que pedía más.
Lo arrastré al sofá de piel italiana, donde caímos enredados. Sus dedos desataron mi bata con maestría, exponiendo mis senos al aire fresco del acondicionado. El contraste me hizo jadear; mis pezones se endurecieron como piedras preciosas. Diego los miró con hambre, lamiéndose los labios. —Mamacita, estás más rica que un mole poblano —gruñó, bajando la cabeza para capturar uno en su boca caliente.
¡Ay, Dios! La succión fue perfecta, su lengua girando en círculos que enviaban chispas directo a mi entrepierna. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes altas. Mi mano se enredó en su cabello negro, tirando suave para guiarlo. No pares, cabrón, suplicaba en silencio. El olor de mi propia excitación empezó a flotar, almizclado y dulce, mezclándose con su sudor fresco.
Pero yo no era de las que se rinden fácil. Lo volteé, quedando a horcajadas sobre él. Desabroché su pantalón, liberando su verga dura, gruesa y palpitante. La piel era suave como terciopelo sobre acero, y un hilo de líquido preseminal brillaba en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo las venas latir bajo mis dedos. —Ahora yo mando —le dije, apretando lo justo para hacerlo gruñir.
Él rio, pero sus ojos eran puro fuego. —Muéstrame tu poder, Alejandra. Hazme tuyo.
Deslicé mi lengua por su longitud, saboreando la sal de su piel. Lo chupé lento al principio, girando la cabeza, escuchando sus jadeos roncos que eran música para mis oídos. Qué rico verte perder el control, wey. Aceleré, mi boca húmeda envolviéndolo entero, garganta relajada para tomarlo profundo. Sus caderas se alzaron, follándome la boca con cuidado, pero intenso. El sonido era obsceno: succiones, saliva, gemidos.
La intensidad subía como la marea en Acapulco. Mis bragas estaban empapadas, el calor entre mis muslos insoportable. Me quité la bata del todo, quedando desnuda, mi piel olivácea brillando bajo las luces tenues. Diego me levantó como si no pesara nada —puro poder masculino— y me llevó a la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca.
Allí, en el medio, me tendió bocarriba, besando un camino desde mi cuello hasta mi ombligo. Sus manos separaron mis piernas, exponiéndome. Sentí su aliento caliente en mi clítoris hinchado antes de que su lengua lo tocara. ¡Madre santa! Fue un rayo de placer, lamiendo lento, chupando suave, luego rápido. Mis jugos lo cubrían, y él los bebía como néctar, gruñendo de gusto. —Sabes a gloria, mi amor —murmuró contra mi carne sensible.
Esto es pasion y poder en su máxima expresión, capítulo 124 de nuestra historia privada, donde el control se disuelve en éxtasis.
Me retorcía, uñas clavándose en las sábanas, caderas alzándose para más. El orgasmo se acercaba, un tsunami building. Pero él se detuvo, subiendo para penetrarme de un solo empujón. Lleno, estirándome perfecto. Gritamos juntos, el sonido crudo y animal. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida rozando mi punto G, enviando ondas de placer.
—Más fuerte, Diego, ¡chinga más duro! —exigí, arañando su espalda ancha. Él obedeció, acelerando, piel contra piel en palmadas rítmicas. Sudor nos cubría, goteando, salado en mi lengua cuando lo besé. Olía a sexo puro, a nosotros fusionados. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras su verga palpitaba dentro.
La tensión era insana, psychological y física. En mi mente, flashes de nuestras peleas en juntas, convertidas en esta danza erótica. Yo tengo el poder, pero contigo lo comparto gustosa. Él me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas, penetrando profundo. El ángulo era brutal, golpeando justo donde dolía de placer. Grité su nombre, el mundo reduciéndose a su cuerpo sobre el mío, su aliento en mi nuca.
—Ven conmigo, Alejandra —jadeó, una mano bajando a frotar mi clítoris. Fue el detonante. Exploto en oleadas, mi coño convulsionando alrededor de él, jugos chorreando. Él se corrió segundos después, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. Rugió como león, colapsando sobre mí.
Quedamos jadeando, enredados en sábanas revueltas. El aire olía a sexo y satisfacción, nuestros cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Diego me besó la sien, suave ahora. —Eres mi todo, mi pasion y mi poder.
Yo sonreí, trazando su pecho con un dedo. Capítulo 124 cerrado con broche de oro. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en este nido de lujo, habíamos encontrado nuestro equilibrio. Poder compartido, pasión eterna. Mañana volveríamos a la batalla, pero esta noche, éramos invencibles juntos.