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Carlos Gascon Desata la Pasion de Gavilanes

7501 palabras

Carlos Gascon Desata la Pasion de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Gavilanes, en las afueras de un pueblito ranchero en el Bajío mexicano. El aire olía a tierra seca, a zacate recién cortado y a ese calor que se pega a la piel como una promesa ardiente. Sofia acababa de llegar, con su maleta en la mano y el corazón latiéndole fuerte por la emoción de un nuevo comienzo. Había aceptado el puesto de administradora en esa finca legendaria, sin imaginar que el dueño, Carlos Gascon, era el hombre que desataba sus fantasías más ocultas desde que vio esa telenovela que la tuvo clavada al televisor: Carlos Gascon Pasion de Gavilanes, como le decían los chismes del pueblo.

Él salió a recibirla montado en un caballo negro azabache, su camisa blanca pegada al torso musculoso por el sudor, los jeans ajustados marcando cada curva de sus muslos fuertes. "¡Bienvenida, Sofia! Soy Carlos Gascon, el patrón de estas tierras", dijo con esa voz grave que vibraba en el pecho de ella como un tambor. Sus ojos cafés la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en la blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de sus pechos bronceados. Ella sintió un cosquilleo en el estómago, un calor que subía desde su entrepierna. Órale, qué chulo está este wey, pensó, mordiéndose el labio.

La llevó de tour por la hacienda, explicándole los cultivos de maíz y agave, pero cada roce accidental —su mano en la cintura de ella al ayudarla a subir a un tractor, el roce de su aliento en su oreja al susurrarle un secreto del rancho— hacía que el aire se cargara de electricidad. El olor a su colonia mezclada con sudor masculino la mareaba, y el sonido de sus botas contra la tierra resonaba como un pulso compartido. Al atardecer, sentados en el porche con unas chelas frías, la tensión era palpable. "Aquí en Gavilanes, la pasión corre por las venas como el mezcal", dijo él, mirándola fijo. Sofia rio nerviosa, sintiendo sus pezones endurecerse bajo la tela fina.

¿Y si le digo que lo deseo desde el primer vistazo? Neta, este Carlos Gascon es la pasión de Gavilanes hecha hombre.

La noche cayó como un manto caliente, con grillos cantando y el viento trayendo el aroma de jazmines silvestres. Sofia no podía dormir; su cuerpo ardía, imaginando las manos callosas de él explorándola. Salió al corral, donde lo encontró despojándose de la camisa bajo la luz de la luna. Sus abdominales marcados brillaban con sudor, el vello oscuro bajando hasta la cintura de sus pantalones. "No puedes dormir tampoco, ¿verdad, preciosa?", murmuró él, acercándose con pasos lentos, felinos.

Ella negó con la cabeza, el corazón retumbándole en los oídos. Carlos la tomó por la nuca, suave pero firme, y la besó. Sus labios eran calientes, con sabor a cerveza y a hombre puro, la lengua invadiendo su boca con hambre contenida. Sofia gimió contra él, sus manos hundiendo en su pecho duro, sintiendo el latido acelerado bajo la piel. "Te quiero desde que te vi bajar del camión, mamacita", gruñó él, bajando las manos a sus nalgas, apretándolas con posesión. Ella arqueó la espalda, presionando su sexo contra la dureza que crecía en los jeans de él. El roce era delicioso, un fuego que lamía su clítoris a través de la ropa.

La llevó a su habitación en la casa principal, una estancia amplia con cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio, iluminada por velas que parpadeaban sombras sensuales. El olor a madera de cedro y a su excitación llenaba el aire. Carlos la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba: el cuello perfumado, los hombros suaves, lamiendo el valle entre sus senos hasta chupar un pezón rosado, endurecido como una cereza madura. Sofia jadeaba, sus uñas clavándose en sus hombros. ¡Qué rico se siente su boca, pendejo delicioso!, pensó, mientras él bajaba por su vientre plano, inhalando el aroma almizclado de su arousal.

"Eres tan mojada ya, Sofia... neta, me vuelves loco", susurró contra su monte de Venus, separando sus muslos con manos expertas. Su lengua trazó la raja húmeda, saboreando el néctar salado que brotaba de ella. Ella gritó de placer, las caderas elevándose para follarle la boca. El sonido de sus lengüetazos obscenos, mezclado con sus gemidos roncos, era música erótica. Carlos metió dos dedos gruesos en su panocha apretada, curvándolos para masajear ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su pulgar frotaba el botón hinchado de su clítoris. Sofia se retorcía, el sudor perlando su piel, el placer acumulándose como una tormenta.

Pero él se detuvo, queriendo más. Se puso de pie, desabrochando sus jeans para liberar su verga gruesa, venosa, coronada de un glande púrpura brillante de precúm. "Tócala, chula... es tuya esta noche". Sofia la tomó, sintiendo el calor pulsante en su palma, el grosor que apenas cabía en su mano. La masturbó despacio, embadurnándose los labios con la gota salada de la punta, antes de metérsela a la boca. Él gruñó, enredando dedos en su cabello. "¡Así, mami, chúpamela hasta el fondo!". Ella lo hizo, saboreando la piel salada, el olor a macho puro invadiendo sus fosas nasales, sus bolas pesadas golpeando su mentón.

La tensión crecía, insoportable. Carlos la volteó sobre la cama, colocándose detrás en cucharita. "Dime si quieres que te coja, Sofia. Dime que lo deseas tanto como yo". "¡Sí, Carlos, métemela ya, cabrón! ¡Fóllame como en tus Gavilanes de pasión!", suplicó ella, empinando las nalgas. Él la penetró de un solo empujón, su verga abriéndose paso en su coño empapado, estirándola deliciosamente. El sonido de carne contra carne llenó la habitación, chapoteos húmedos y jadeos entrecortados. Sus embestidas eran profundas, golpeando su cervix con cada arremetida, sus manos amasando sus tetas, pellizcando pezones.

Es enorme, me llena toda... qué chingón se siente este Carlos Gascon, la pasión viva de Gavilanes, pensó ella en éxtasis, mientras él aceleraba, el sudor goteando de su pecho a su espalda. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona, sus caderas girando, sintiendo cada vena de su polla rozando sus paredes internas. El olor a sexo impregnaba todo, el slap-slap de sus cuerpos uniéndose era hipnótico. Carlos la volteó a misionero, besándola con fiereza mientras la martilleaba sin piedad. "¡Me vengo, Sofia! ¡Córrete conmigo!". El orgasmo la alcanzó como un rayo, su panocha contrayéndose en espasmos, ordeñando su verga mientras él rugía, llenándola de semen caliente que desbordaba por sus muslos.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Carlos la abrazó, besando su frente húmeda. "Esto apenas empieza, mi reina. En Gavilanes, la pasión no se acaba con una noche". Sofia sonrió, sintiendo su verga semi-dura aún dentro, el afterglow envolviéndolos como una manta tibia. El viento nocturno traía cantos de coyotes lejanos, y en su mente, Carlos Gascon Pasion de Gavilanes ya no era solo un recuerdo de tele, sino su realidad palpitante.

Al amanecer, mientras el sol pintaba el cielo de rosas y naranjas, se amaron de nuevo, más lento, explorando cada rincón con ternura. Sus cuerpos encajaban perfectos, como si el destino los hubiera moldeado en la misma tierra ardiente de la hacienda. Sofia sabía que había encontrado su lugar, en los brazos de ese hombre que desataba fuegos inextinguibles.

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