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La Pasión de Cristo Resurrección (1)

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La Pasión de Cristo Resurrección

En el pueblo de San Miguel, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso y a copal quemado, mezclado con el dulzor de las flores de cempasúchil que adornaban las calles empedradas. Yo, Ana, una morra de veintiocho años que trabajaba en la tiendita de mi tía, sentía el calor pegajoso del sol de abril calándome hasta los huesos. Cada año veía la obra de La Pasión de Cristo: Resurrección, pero este vez, algo andaba diferente. El Jesús que subía al calvario no era el flaco de siempre; era un vato alto, moreno, con ojos que brillaban como carbones encendidos y un cuerpo marcado por el sol, como si el desierto lo hubiera esculpido a puro golpe.

Desde mi puesto junto a la iglesia, lo vi clavar las manos en la cruz falsa, sudando a chorros, el torso desnudo reluciendo bajo las luces de los reflectores. Órale, qué chulo, pensé, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. La gente gritaba y lloraba, pero yo solo oía mi pulso acelerado, como tambores de guerra. Cuando lo bajaron y lo envolvieron en la sábana blanca para la resurrección, sus ojos se cruzaron con los míos. Neta, fue como un rayo. Me sonrió de lado, una sonrisa pícara que no pegaba con el santo.

Después de la función, mientras la plaza se vaciaba y el olor a elotes asados flotaba en el viento nocturno, me quedé recogiendo las veladoras apagadas. De repente, una voz grave me sacó del trance: "Mamacita, ¿me das una mano con esto?" Era él, Jesús en persona, o sea, Marco, como supe después. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba cada músculo, y olía a sudor limpio, a hombre de campo. Le ayudé a cargar el atavío hasta la casa parroquial, y en el camino, platicamos. "¿Qué te pareció la obra?" me preguntó, con esa voz ronca que me erizaba la piel.

"Intensa, como siempre. Pero tú... tú la hiciste viva", le dije, sintiendo las mejillas ardiendo. Reímos, y de pronto, su mano rozó la mía al pasar una caja. Fue eléctrico, un fuego que me subió por el brazo hasta el pecho. ¿Qué chingados me pasa? Soy una devota, no una cualquiera, me regañé, pero mi cuerpo no escuchaba.

En mi mente, revivía la resurrección: él saliendo de la tumba, desnudo y glorioso, viniendo por mí. La pasión no era solo dolor; era deseo puro, carnal.

Al día siguiente, Domingo de Resurrección, el pueblo bullía de cohetes y música de banda. Marco me buscó en la tiendita. "Vente a la procesión, Ana. Quiero que veas el final de verdad", me dijo guiñando el ojo. Fui, con el corazón en la garganta. Después, en la penumbra del atrio, me jaló hacia un rincón detrás del altar. El aroma a jazmín silvestre nos envolvía, y el eco lejano de las campanas marcaba el ritmo de nuestras respiraciones.

Sus labios rozaron mi oreja: "Desde que te vi, no pienso en otra cosa. Eres mi María Magdalena". Mi piel se puso de gallina al sentir su aliento caliente. Lo empujé suave contra la pared de adobe, aún fresca por la noche. "¿Y si nos cachan, pendejo?" susurré, pero mis manos ya trepaban por su pecho, sintiendo el latido fuerte bajo la camisa. Se rio bajito, un sonido gutural que me mojó al instante.

Me besó entonces, un beso hambriento, con lengua que sabía a tequila y a menta. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretándome contra su verga dura como piedra. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por el bullicio de la fiesta. "Ven conmigo", murmuró, y lo seguí a su cuarto en la casa vecina, un lugar sencillo con sábanas blancas y velas parpadeantes.

Afuera, los cohetes estallaban como clímax lejanos, pero adentro, la tensión crecía lenta, como una tormenta. Me quitó la blusa con dedos temblorosos, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Olía mi cuello, inhalando profundo: "Hueles a mujer en celo, a miel y a pecado". Sus labios bajaron a mis pechos, chupando los pezones hasta ponérmelos duros como balas. Yo arqueaba la espalda, clavándole las uñas en los hombros, sintiendo el salado de su sudor en la lengua.

Esto es la resurrección, carnal, pensé mientras él me bajaba los jeans, exponiendo mi panocha empapada. Lamía mis muslos internos, subiendo lento, torturándome con el roce de su barba incipiente. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité bajito, un "¡Ay, cabrón!" que se perdió en mi garganta. Me comía como si fuera el maná del desierto, chupando, metiendo la lengua adentro, saboreando mis jugos con gemidos de placer.

Lo volteé, queriendo devorarlo yo. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con vida. La tomé en la mano, sintiendo el calor vivo, el pulso acelerado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. "Así, mi reina, trágatela", jadeó él, enredando los dedos en mi pelo. La chupé profunda, hasta la garganta, oyendo sus gruñidos roncos que me vibraban en el cuerpo.

Pero quería más. Lo empujé a la cama, montándome encima. Su mirada era pura lujuria santa, como el Cristo resucitado reclamando su trono. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome hasta el fondo. "¡Qué rica verga tienes, Marco!" exclamé, empezando a mover las caderas. El slap de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y el olor almizclado del sexo.

Él me agarraba las tetas, pellizcando los pezones, mientras yo cabalgaba más rápido, el sudor chorreándonos por igual. Mi clítoris rozaba su pubis con cada embestida, enviando chispas de placer por mi espina. Esto es la pasión verdadera, no cruces ni espinas, sino carne devorando carne. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en el vientre.

"Vente conmigo, Ana, resucítame", rugió él, clavándome los dedos en las caderas. Aceleré, follando con furia, hasta que exploté. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus bolas. Él se tensó debajo, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes que me quemaban por dentro. Colapsamos juntos, pegajosos, temblando en el afterglow.

Nos quedamos así, enredados, con el pecho subiendo y bajando al unísono. Afuera, el pueblo celebraba la resurrección con mariachis y risas. Marco me besó la frente: "Fuiste mi salvación, morra". Yo sonreí, sintiéndome renacida, libre de culpas. La pasión de Cristo no era solo historia; era esto, un fuego que quema y revive.

Desde esa noche, cada Semana Santa, revivo La Pasión de Cristo: Resurrección en mi piel, en mis sueños húmedos. Marco y yo seguimos viéndonos, en secreto, follando como posesos bajo las estrellas mexicanas. Neta, qué chingón renacer así.

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