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Pasion Por El Sexo Irresistible

6958 palabras

Pasion Por El Sexo Irresistible

La noche en la colonia Roma bullía de vida. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas llenas de cuates riendo y chelas heladas sudando en las manos. Yo, Ana, acababa de salir de mi chamba en una galería de arte, con el cuerpo todavía vibrando de la adrenalina del día. Llevaba un vestido negro ceñido que me hacía sentir chida, como si cada paso gritara órale, mírenme. No buscaba nada en particular, pero esa pasion por el sexo que me quema por dentro siempre anda al acecho, lista para encenderse con una mirada.

Entré a un bar con terraza, el aire cargado de humo de cigarros y olor a tacos al pastor que venían de la calle. Me pedí un mezcal con sal y limón, el líquido ahumado bajando por mi garganta como fuego lento. Ahí lo vi: Luis, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "neta, sé lo que quiero". Estaba con unos compas, platicando de fútbol, pero sus ojos se clavaron en mí como si ya me conociera de toda la vida. Me guiñó un ojo y levantó su chela.

"¿Qué onda, güey? ¿Vienes sola o traes escolta?"
gritó desde su mesa, con esa voz ronca que me erizó la piel.

Me acerqué, sintiendo el pulso acelerarse en mis venas. Este wey me va a volver loca, pensé, mientras el calor entre mis piernas empezaba a despertar. Charlamos de tonterías: el tráfico de la Reforma, lo padísimo que está el reggaetón nuevo, pero debajo de cada risa había un roce accidental, un dedo que rozaba mi brazo, su aliento con olor a cerveza y menta rozando mi oreja. Su mano grande y callosa –seguramente de tanto gym– se posó en mi cintura un segundo de más. Pura pasion por el sexo, me dije, recordando cómo esa hambre siempre me ha guiado, como un imán que no se apaga.

La tensión crecía con cada trago. Él me contaba de su curro en una constructora, yo de mis pinturas eróticas que vendo en la galería. ¿Le contaría que mis lienzos están llenos de cuerpos entrelazados, sudados, gimiendo? No hizo falta. Sus ojos bajaron a mis labios, hinchados por el calor de la noche, y murmuró:

"Neta, Ana, tienes unos ojos que matan. Me late invitarte a otro lugar, ¿o qué?"
Asentí, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo zacatecano. Salimos tomados de la mano, el bullicio de la calle envolviéndonos: cláxones, risas, el aroma dulce de churros fritos mezclándose con su colonia masculina, terrosa y especiada.

Acto dos: la escalada

Terminamos en su depa en la Condesa, un lugar chulo con ventanales que daban a los árboles iluminados. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Beso hambriento, tongues danzando con sabor a mezcal y deseo puro. Sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza que me sacó un gemido ahogado. ¡Qué rico se siente esto! Mi pasion por el sexo ardiendo como chile en nogada, pensé mientras lo empujaba contra la pared, mordiendo su cuello salado por el sudor.

Nos quitamos la ropa con urgencia, pero sin prisa. Él desabrochó mi vestido, dejando que cayera al piso con un susurro de tela. Mis tetas quedaron al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

"Eres una diosa, Ana. Mírate, perfecta."
Sus palabras me mojaron más, el calor líquido entre mis muslos gritando por atención. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos de su pecho tensos bajo mis uñas, el olor de su piel –sudor fresco y hombre– invadiendo mis sentidos.

Lo llevé al sillón, sentándome a horcajadas sobre él. Su verga ya dura presionaba contra mi entrepierna a través del bóxer, palpitante y caliente. Rozábamos, frotándonos despacio, el roce enviando chispas por mi espina. Quiero saborearlo todo, me dije, bajando para lamer su torso, bajando por el ombligo hasta esa línea de vello que lleva directo al paraíso. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo:

"¡No mames, güey, qué chido! Sigue así."
Tomé su miembro en la boca, grueso y venoso, saboreando la sal de su pre-semen, chupando con hambre mientras él gemía ronco, caderas empujando suave.

Pero no quería acabar tan rápido. Me levanté, guiándolo al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas oliendo a suavizante de lavanda. Nos tumbamos, cuerpos enredados. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando círculos perfectos que me hacían arquear la espalda. ¡Ay, cabrón, sabe exactamente dónde! El placer subía en olas, mi coño chorreando jugos que él lamía con deleite, lengua experta explorando pliegues húmedos, succionando hasta que grité su nombre. Olía a mí, a sexo puro, almizclado y dulce.

La intensidad crecía. Internalmente luchaba:

¿Me rindo del todo o lo hago rogar más?
Pero mi pasion por el sexo ganaba, empoderándome. Lo volteé, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué estirón tan delicioso! Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, sus manos en mis caderas guiándome. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, gemidos mezclándose con el zumbido del aire acondicionado.

Aceleramos. Él me volteó a perrito, embistiéndome fuerte, profundo. Cada thrust mandaba ondas de placer que me nublaban la vista. Sudábamos, cuerpos brillantes, olor a sexo impregnando el aire. Esto es vida, wey. Pura pasion por el sexo sin frenos. Me tocaba el clítoris mientras me cogía, y el orgasmo me golpeó como tsunami: piernas temblando, coño contrayéndose alrededor de él, gritando ¡Sí, Luis, no pares!

Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo mi nombre. Colapsamos, exhaustos, piel pegajosa y sonrisas tontas.

Acto tres: el eco del placer

Despertamos enredados, el sol filtrándose por las cortinas. Su cabeza entre mis tetas, mi mano en su verga semi-dura. No hablamos mucho; el sexo habla por sí solo. Me besó suave, labios hinchados rozando mi piel sensible.

"Neta, Ana, eso fue lo mejor en mucho tiempo. Tienes una pasion por el sexo que enciende todo."
Reí, sintiéndome poderosa, deseada.

Nos duchamos juntos, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Manos explorando de nuevo, pero tiernas, caricias que prometían más. Salimos a desayunar en un cafecito cercano, huevos rancheros humeantes, café de olla negro y dulce. Platicamos de todo: sueños, viajes a la playa en Cancún, lo chido que sería repetir.

Al despedirnos en la puerta de su depa, un beso largo, profundo, con promesa de noches futuras. Caminé por la Condesa, piernas flojas pero alma llena. Esa pasion por el sexo no se apaga; solo espera el próximo fuego. Y yo, lista para arder de nuevo.

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